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Episodio VIII

Su habitación no era más que cuatro paredes que albergaban un colchón y una mesita baja donde tenía su ropa y demás cosas personales. Ahora tendría que salir a limpiar la sal de su material de buceo y colgarlo al sol para que se secase. Luego, más tarde, se volvería a vestir con él para volver a echarse a la mar. Si podía pescar unos cuantos peces más, serían muchos los que se llevaran un trozo de pescado fresco a la boca y podría sentirse más que satisfecho. Los supervivientes se turnaban a la hora de comer alimentos frescos, a los que les tocara hoy, podrían disfrutar del hermoso mero que había cazado. Y con los restos, los de mañana se podrían llevar a la boca unas cuantas cucharadas de caldo. Aquí se aprovechaba todo.

Todo estaba muy tranquilo. La gente estaba ocupada en las diversas tareas diarias, de modo que cuando escuchó unos pasos resonando por los pasillos, supo que se dirigían hacia él.

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Episodio VII

–“¿Por qué cojones no me siento parte del grupo?” –Se había llegado a plantear en innumerables ocasiones. En el fondo, lo sabía muy bien. No eran pocas las ocasiones en que Jordi le había sacado el tema.

–Debes empezar a aceptar que tú estas aquí y él no. –Le había dicho una vez Jordi. –No creas que no me corroe la culpabilidad. Yo le mire a los ojos y me fui. Lo abandonamos allí para que muriera por nosotros. Me gustaría decirte que no fue fácil hacerlo, pero te mentiría. Fue terriblemente fácil dejarle allí.

–No sabes si está muerto. –Su respuesta había sido tan infantil… ¿Cuántas probabilidades había de escapar de allí con vida? Según Jordi, muy pocas. Jaramillas tenía un arco y su oponente un fusil. No era una pelea igualada. Cierto era que su perseguidor no los había seguido. Al lento ritmo que llevaba el grupo, éste les hubiera dado caza en cuestión de minutos. Pero no los había seguido nadie. Jaramillas tampoco. Eso para Jordi sólo podía significar dos cosas: o habían muerto los dos o el vencedor estaba tan mal herido que no podía seguirlos. Las dos venían a significar la muerte, sólo que una opción era más rápida y menos dolorosa que la otra.

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Episodio VI

Caminaron por el polvoriento camino que llevaba a la entrada de aquel mastodonte de roca y argamasa. El majestuoso pórtico de entrada estaba precedido por un puente que cruzaba el basto foso de siete metros de profundidad. Ambos lo cruzaron mientras saludaban a la persona que vigilaba a la entrada. Cuando pasó a su lado con el mero colgando su mirada se desvió hacia el animal. El recinto de la fortaleza era gigantesco, caminó hasta las salas que habían habilitado como cocinas y se encontró con María, que se le lanzó al cuello con un fuerte abrazo. Toni la tenía bastante desatendida últimamente. Desde que había empezado a ir con el grupo de abastecimiento, el muchacho babeaba como un perro detrás de Mónica. Roberto le devolvió el abrazo.

–Hoy estas muy guapa María. –Le dijo. Sus rizos castaños brillaban bajo la luz que entraba por los estrechos ventanales. La muchacha necesitaba alabanzas y Roberto lo sabía. En el fondo le caía bien. –Te hemos traído unos regalitos. –Los dos le tendieron los pescados y la muchacha empezó a refunfuñar sobre el horrible olor que se le quedaría en las manos. No le hicieron ni casi, se despidieron y se marcharon. Era un lujo ver la despensa contigua a la cocina repleta de latas de comida en conserva, agua embotellada y otros víveres. Incluso tenían bebidas alcohólicas en la cantina que casi podían consumir sin cortarse. Aquello se acabaría algún día, pero parece que a ese día aun le quedaba un tiempo.

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Episodio V

Así que, allí en la Mola, todo el mundo trabaja a destajo cavando zanjas para intentar cultivar lo que fuera en aquel peñón rocoso donde habían construido su nuevo hogar, buscando leña por los alrededores para mantener los fuegos encendidos, arreglando cualquier problema que surgiera, ya para cargar con agua para hervir o para vaciar las letrinas o para zurcir unos pantalones.

Lo único que no necesitaban allí en la Mola era un psicólogo. Allí nadie tenía depresión o ansiedad. No tenían tiempo para eso, el trabajo era la medicina para todos aquellos males. Acostarse reventado hacía que el sueño llegara rápido y acallaba cualquier molesta voz interior dispuesta a joder la marrana al personal. Así que Roberto no tuvo que preocuparse de que le ofrecieran un puesto así. Era un alivio para él. Pese a sus estudios, podía asegurar que tenía tanta experiencia tratando a pacientes, como cuidando monos titi.

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Episodio IV

Treinta y tres eran los habitantes de aquella fortaleza y se habían buscado unos a otros para formar micro-familias dentro de aquella gran familia forzosa. Allí cada uno de ellos realizaba alguna tarea. Se las iban repartiendo según gustos, pero de tal manera que todo pudiera funcionar más o menos bien. Si la tarea era importante, como mínimo se asignaban dos personas. Un experto y un aprendiz si era posible. Todo estaba pensado de manera que si uno de los dos faltaba, se perdiera el mínimo conocimiento posible. De esta manera, tenían un carpintero y un aprendiz. Un agricultor amateur y un aprendiz. Un médico y un veterinario y un aprendiz. Incluso una cocinera y su correspondiente aprendiz. Les faltaban muchos oficios por cubrir, pero de momento se tenían que apañar con lo que tenían.

De esta manera, pretendían que el poco conocimiento que tenía cada uno de ellos se pudiera mantener a pesar de que cualquiera de ellos pudiera desaparecer, llevándose un valioso conocimiento a la tumba. El mismo Roberto, conocía ahora secretos sobre el noble arte de la pesca submarina que debía de compartir con el resto para que, tras la muerte de su maestro, aquel conocimiento no se perdiera.

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Episodio III

–¿Por qué no dejas de intentar hacernos ver que sabes pescar, Jordi? –Le dijo finalmente Roberto en tono de mofa. –Lo único que estás consiguiendo es malgastar el cebo. Venga haz algo de provecho y ayúdame a cargar con los trastos ¿No ves que estoy impedido? –Levantó su mano tullida y le mostró los dedos que aún le quedaban.

–!Menudo cuento tienes! –Replicó. –Pero tienes razón, ya está bien de perder el tiempo. Vamos a llevar esa hermosura que has pescado a las cocinas a ver qué pueden hacer con él. Además Dolors ya tiene que estar a punto de plegar de la biblioteca, quiero pasar a verla antes de pasarme por la enfermería. Hoy toca inventariar lo que nos trajeron ayer los aguerridos aventureros del grupo de avituallamiento.

Metieron los peces en el cubo, junto con el resto que había podido coger Jordi con su caña y él, y se repartieron los bultos. Después de comer volvería al agua. Con suerte conseguiría que todos pudieran llevarse un trozo de pescado a la boca esa noche. Los dos se alejaron de la pequeña cala pedregosa y comenzaron a afrontar una pequeña colina repleta de arbustos regios y bajos. En cuanto llegaron a la parte más alta, la ciudad de Mahón apareció ante ellos más allá de la bahía que hendía la tierra, como si de un inmenso río se tratase. En la antigua capital balear, las casas se agolpaban sobre la empinada ladera que daba al mar, dando lugar a un puerto deportivo lleno de barcos sin uso. Algunos de auténtico lujo. Demasiado lujosos para los tiempos que corrían.

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Episodio II

Salir del agua por aquella costa tan pedregosa era una tarea costosa, incluso con los escarpines protegiendo sus pies de las rocas. De su cinturón colgaban dos sargos, una óblada y su gran trofeo; el hermoso y suculento mero, grueso y largo hasta su rodilla. Jordi, encima de un saliente de roca negra que se introducía en el mar, silbó de emoción al ver tamaña pieza. El doctor se había venido aquella mañana con él a la playa, aprovechando que tenía la mañana libre en la enfermería.

–¡Menudo espécimen! –Gritó desde su posición. –Por lo visto, hoy estamos de enhorabuena. –No faltaba cierto tono de humor en aquella frase. Entre sus manos sostenía una caña de pescar, en el cubo que tenía al lado descansaban ya bien muertos lo poco que había pescado el veterinario jubilado y una furtiva dorada que Roberto había conseguido ensartar con su arpón a primera hora.

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Episodio I

A diez metros de profundidad bajo el agua el mundo se volvía de un azul aturquesado abrumador. Delante, entre unas rocas decoradas con todo tipo de sedimentos, algas y otros seres vivos adheridos, un mero de unos cuarenta centímetros permanecía oculto entre las sombras, que contrastaban con los escasos rayos de luz que se filtraban por el agua. De fondo, un mundo de un azul intenso se extendía delante suyo, cientos de pequeños peces se arremolinaban a su alrededor con movimientos súbitos y aparentemente anárquicos. El cristal de sus gafas le permitía ver con detalle aquel maravilloso fondo marino, repleto rocas de un color gris apagado, arena blanca y danzarinas algas verdes.

Roberto no lo veía pero lo intuía. Sabía que estaba allí y también sabía que no tenía prisa por moverse. A él se le agotaría el aire tarde o temprano y debería salir a la superficie de nuevo a respirar. Su capacidad pulmonar había mejorado ostensiblemente, aun así, debía volver a la superficie y sucumbir al irresistible instinto de supervivencia. Tomaría aire y lo volvería a intentar una vez más. Tampoco él tenía prisa alguna.

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Episodio LIII

Eran ocho personas en una pequeña zodiac. El agua entraba por todos lados, pero no le importaba a nadie; sabían que toda aquella pesadilla había acabado. Sus rescatadores los habían guiado desde aquel túnel por el embarcadero hasta la lancha amarrada por un cabo al embarcadero. Era curioso ver aquella pequeña embarcación inflable con un motor de poco más de caballo de potencia rodeado por aquellos navíos gigantescos abandonados.

El sonido del motor era uniforme y penetrante, de modo que nadie hablada. Cada vez que cogían una pequeña ola, un poco de agua de mar entraba en la zodiac, de modo que todos tenían los pies mojados y la ropa empapada. Jordi aceptaba aquella agua con bastante agrado, pese a que la temperatura era bajísima al contraste con el aire. Era genial que el Padre Ramón no hubiera conseguido hundir aquel barco.

El velero crecía a medida de se acercaban saltando sobre el mar, Jordi rebotaba en el cilindro inflable sobre el que estaba sentado, agarrándose a la fina y húmeda cuerda que servía de sujeción con una mano, mientras que con la otra evitaba que el sombrero se le escapara volando. No pudo reprimirse de mirar atrás y ver la ciudad impregnada por una ligera bruma matinal. Los emblemáticos edificios iban empequeñeciendo a medida que el velero crecía.

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