Episodio I

No sabía cuantos días podía llevar allí metido. Puede que dos días, puede que siete. Había perdido la noción del tiempo hacía ya mucho tiempo, pero por las pocas provisiones que había cogido calculaba que debía llevar menos de una semana. Una pequeña rendija en una ventana tapiada desde Dios sabe cuando era lo único que le indicaba en qué momento del día estaba, no obstante hacía un tiempo indeterminado algo había tapado esa rendija (calcularlo le resultaba imposible, pues jamás en su vida se había sentido tan desorientado). Pocas cosas conectaban a Roberto con la realidad, los apoyos visuales en los que se fijaba habían desaparecido y su mente había viajado por demasiados recuerdos, muchos de ellos verídicos y otros tantos totalmente fantasiosos. Como para fiarse de ellos. Su cerebro estaba entumecido, reseco, desquiciado. Un punto menos para Roberto.

De las pocas cosas que lo habían mantenido conectado (y cuerdo) solo le quedaba la comida. Antes de que el pobre de Roberto corriera despavorido hacia su trastero, allá abajo, donde se encontraban los aparcamientos, había conseguido llenar dos bolsas con algo de pan de molde, cinco manzanas, frutos secos y una bolsa y media de patatas fritas. Obviamente, no era la comida que un experto en supervivencia hubiera elegido como primera opción, pero sí que era la primera opción que se le planteó a Roberto en aquel momento. El pobre tenía mucho más en mente el encerrarse a cal y canto en su cuarto trastero antes que seleccionar de forma exquisita la dieta para sus siguientes días de encierro voluntario.

Una vez estas bolsas de plástico quedaron bien asidas, su cuerpo se orientó hacia la puerta de entrada de su piso dispuesto a bajar a saltos los tres pisos que le separaban del aparcamiento. Pero antes de que esto pasara sintió una súbita necesidad, casi visceral, que le hizo dar la vuelta. Se dirigió raudo a su chaqueta, que permanecía tranquila en una silla del salón del piso de Roberto. Una chaqueta tipo anorak con bastantes bolsillos, impermeable y bastante cara, sobretodo para él, que no solía permitirse esos lujos, más por manía que por necesidad. “Ropa técnica, nunca sabes cuando la puedes necesitar” pensó. Rebuscó entre los bolsillos y en cuestión de segundos estaba introduciéndose el paquete de cigarrillos en el bolsillo de su pantalón junto a una pequeña caja de cartón en la que no quedarían más de seis cerillas.

Seis cerillas. Maldijo mientras bajaba como un poseso las escaleras chocando con las paredes, tropezando, sin pensar en que las bolsas quizá se rasgaran, o el asa cediera, y la comida se desparramara por el suelo, haciéndole perder un tiempo que creía no tener. Maldijo mientras en su cabeza la idea de que tenía más cigarrillos que cerillas daba aun vueltas.

Cuando llegó al aparcamiento la imagen de las cerillas ya se había esfumado de su mente. Era normal, las cosas estaban sucediendo muy rápido y él estaba como loco. Treinta metros le separaba de su cuarto trastero. Corrió. Quince metros. Muchos coches estaban aun en sus respectivos aparcamientos y se preguntó dónde estarían sus vecinos. Corrió. Cinco metros. Su mano se metió en el bolsillo y sacó el pequeño manojo de llaves. Con bastante destreza Roberto la introdujo en la cerradura y con un magistral golpe de muñeca hizo girar la llave como si ésta estuviera recién engrasada. En menos de diez segundos estaba al otro lado, girando por dos veces la llave en el sentido contrario, aislándose de la desgracia que parecía cernirse sobre esa pequeña ciudad, a veinte kilómetros de Barcelona.

No encendió la luz, tenía demasiado miedo. Lo que sí encendió fue un cigarrillo. “Efectivamente”, pensó, “seis cerillas”. Ahora ya solo le quedaban cinco. Tomó una calada y pensó en lo rápido que había conseguido abrir la cerradura. Nunca había conseguido realizar esa maniobra con tanta velocidad. Se sintió fluir, pensó. Eso le hizo sentir bien, casi eufórico. Por un momento su imaginación voló fuera de ese trastero en el que debía llevar cuatro minutos y se sintió capaz de afrontar cualquier situación gracias al hecho de haber conseguido abrir la cerradura con tal destreza. Se sintió como hacía mucho tiempo que no se sentía. Creo que la palabra era “seguro”. Luego pensó en el efecto ansiolítico del tabaco en situaciones altamente traumáticas, por eso en las guerras y sobretodo en las películas de guerra, nunca faltaba un buen Marlboro. Atribuyó a la nicotina su sensación de seguridad y tras apagar la colilla chafándola con sus zapatillas deportivas en el no poco mugroso suelo, se acurrucó en una esquina pensando en lo que había visto hacía pocas horas.

Pensó en coger su teléfono móvil y llamar a su madre, a sus amigos, a la policía. Pero tras hurgar en sus bolsillos sólo encontró algo de pelusa. La sensación de seguridad se desvaneció. Ahora se sentía patético. Pero aun así no contempló la idea de subir de nuevo al piso para buscar el teléfono que con seguridad estaría depositado en otro bolsillo de su chaqueta. En el caso de que los supervivientes volvieran y le buscaran los escucharía. Sí en caso contrario, no venía nadie, Roberto pensó que allí encerrado estaría a salvo de los descerebrados de ahí fuera.

Sigue leyendo » ;

No hay comentarios en "Episodio I"

Deja tu comentario

XHTML TAGS:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Subscribe to Comments