Eran las 16:30 de un día cualquiera de un mes invernal cuando miró por última vez el reloj de su teléfono móvil. Aproximadamente a los 20 minutos estaba saltando escaleras con los pelos del brazo erizados. Esa era la última referencia que tenía Roberto sobre la hora. Su teléfono móvil se quedó en la chaqueta y Roberto jamás se sintió cómodo con un reloj de pulsera. “Ropa técnica” pensó. Sobre las 15:00 el pobre de Roberto vio por primera vez como un hombre se comía a otro hombre. Trabajaba a las afueras de Barcelona, en un hospital. Era psicólogo. También era cobarde, pensó más tarde.
El frío día en el que la vida de Robert cambió de forma drástica comenzó muy tranquilo, demasiado ya que llegó al trabajo más temprano de lo esperado gracias al poco (nulo) tráfico. Mucha gente debió quedarse en casa. Mucha gente debió no volverse a levantar. Rectifico: mucha gente se debió levantar para comerse a otra gente.
En el momento en el que se desplazaba a velocidad ligeramente inferior a la que marcaban los discos de máxima velocidad, Robert no pensó en el poco tráfico como algo negativo. Simplemente se dedico a conducir y a escuchar (y canturrear) joyas del Rock Clásico que había compilado en un CD para su coche. Cuando sonó Love Gun de los Kiss subió el volumen de la música, aporreó el volante con las palmas de las manos y aulló como loco mientras sonaba el estribillo. Aquel día no hubo noticias, ni tertulia política, ni especificaciones del tráfico de su ciudad (aquello era lo normal en Roberto). Durante el trayecto de su casa al trabajo solo hubo tiempo para el Rock.
Sólo cuando salió a la calle, a comer, se dio cuenta de lo solo que estaba.
La mañana fue muy tranquila. Roberto trabajaba bastante aislado del resto ya que su trabajo estaba más relacionado con los ordenadores. No veía pacientes, él investigaba e iba bastante por su cuenta. Había perdido el interés por las personas y sus problemas. Ahora Roberto se cuestionaba si alguna vez había tenido ese interés. Su ordenador, Internet, bases de datos, artículos, etc. Esa mañana tenía mucha faena con la base de datos y ya se había mentalizado que le tocaba ponerla totalmente al día, cosa que odiaba y que siempre postergaba para el último momento. Le recordaba cuando él era becario. Números, variables, columnas, filas, programas de estadística, infinidad de decimales, etc.
Sólo cuando salió a la calle, a comer, se dio cuenta de lo solo que estaba. En toda la mañana había reparado en aquella situación. En su unidad ya no quedaba nadie. En realidad no había visto a nadie en toda la mañana. Abrió la puerta al llegar ya que fue el primero y luego había estado cerca de seis horas manipulando datos, poniéndolos al día e introduciendo los últimos sujetos de su investigación. Era la hora en la que sus compañeros debían estar con el café en el comedor y pensó que con suerte aun podría disfrutar de un rato de conversación con ellos así que se puso la bata blanca (todo el mundo se ponía la bata blanca cuando iban a comer) y cruzó el desierto pasillo hacia la salida de su unidad. Tanta soledad le resultó extraña e incluso desalentadora, se obligó a pensar en que después de comer se tomaría un digno descanso, miraría sus cuentas de correo personal e incluso enviaría algún curriculum si encontraba alguna oferta de trabajo. Luego, si no se hacía muy tarde, volvería con la base, la cual ahora lucía un aspecto digno después del arduo trabajo. Salió por la puerta de su unidad contento por el trabajo bien hecho y más aun por la tarde de relajación que le esperaba sentado en su silla acolchada mirando banalidades en Internet durante un rato. “¿Acaso no me he ganado el derecho?” pensó.
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