El hospital donde trabajaba Roberto estaba ubicado en una localidad cercana a la ciudad condal, a no más de cinco kilómetros de la conocida Plaza de España. Allí a diario cientos de coches se agolpaban cada hora en los múltiples carriles coronados por semáforos que no hacían más que desvirtuar el monumento que crecía en medio de esa plaza (rotonda). Roberto ya casi no recordaba lo que le fascinaba ese monumento, comido por la polución, iluminado por la noche. Cuando no era más que un niño, su padre se había esforzado en que él pudiera disfrutar de los coloridos espectáculos acuáticos que ofrecía la famosa fuente “mágica” de Montjuic sin saber que lo que realmente fascinaba a su pequeño Roberto era la visión de la escultura que se levantaba en medio de la plaza, mientras coches y más coches la rodeaban sin cesar en su empeño.
La Ciudad Sanitaria (él lo solía acortar a Hospital) en la que Roberto ejercía su trabajo estaba compuesta por un edificio principal de unas veinte plantas, una torre que antaño impresionaba a los visitantes y que en la actualidad había quedado relegada a un segundo plano gracias a los edificios de oficinas que habían crecido del fértil suelo empresarial de la ciudad, así como otros edificios menores diseminados alrededor de unos tres kilómetros cuadrados. Entre estos últimos se encontraban también bulliciosas aulas universitarias, un heliopuerto y edificios destinados otras prácticas clínicas (como psiquiatría) y a investigación. El edificio más antiguo y bastante alejado del principal (el de psiquiatría) era en el que Roberto trabajaba. Cuando el verano era caluroso, llegaba sudado al comedor; en los inviernos más fríos, incluso cogía la chaqueta para ponerla sobre la bata. Tal era la distancia que debía recorrer.
El mencionado comedor se encontraba justo debajo del alto edificio principal y Roberto ya llevaba unos cuarenta metros de los trescientos que le separaban del comedor cuando una ambulancia que se encontraba en la entrada del hospital llamó su atención. Normalmente, él y sus compañeros cogían un pequeño atajo que les conducía por dentro del laberíntico edificio, hasta llegar al comedor, así conseguían aprovechar el aire acondicionado, ese gran invento de la humanidad. Pero esta vez variaría su ruta. “No me va de cinco minutos”, pensó.
En ese momento el pobre de Roberto aun pensaba en que iba a comer como cualquier otro día.
La ambulancia era de un color amarillo bastante chillón y líneas de un naranja que rozaba al rojo cruzaban las puertas correderas laterales. Las lunas de los laterales no existían y dejaban espacio para las pegatinas que identificaban al vehículo como lo que era. En la parte superior, un pequeño alerón repleto de pequeñas luces con forma de trampolín que dibujaba una curva ascendente, remataba el diseño del vehículo y parecía alentar al resto de conductores y peatones a andarse con cuidado. “Cuidado conciudadanos, soy una ambulancia y voy muy rápido ¡Mirad mi alerón!”. A Roberto aquellas ambulancias le parecían una versión hippie y colorida de la furgoneta del Equipo A. No obstante, en ese mismo instante no pensaba en Murdock, ni en M.A., ni en Hannibal Smith. Le inquietaban las luces que centelleaban encima del vehículo, sin el sonido de la sirena, sobretodo porque acababa de caer en que llevaban así un buen rato y ahora que estaba más cerca, parecía que la puerta del conductor estaba abierta. Continuó caminando en esa dirección. El edificio en el que se realizaban las extracciones de sangre tapaba la entrada principal del hospital, en frente de la cual se encontraba una rotonda de gran tamaño. La ambulancia quedaba en el límite de su visión y estaba totalmente a la vista por unos metros. Si hubiera estado aparcada cinco metros más adelante, también hubiera quedado parcialmente tapada por el edificio donde la gente sometía sus venas al castigo de las agujas.
Seguía caminando en dirección a la entrada. A unos veinte metros el edificio acabaría y la entrada del hospital se vería sin problemas. No estaba nervioso, sí algo expectante. No era extraño encontrar allí una ambulancia, un día normal acudían bastantes más. Extraña resultaba la calma, el silencio y la monotonía que desprendía ese día, rota exclusivamente por el centelleo de las luces de emergencia de la estática ambulancia que centraba la atención de Roberto.
Siguió caminando y alcanzó la esquina del edificio que tapaba la entrada del hospital. Durante los últimos metros se mantuvo a la expectativa pero sin duda dentro de la normalidad. Esperaba ajetreo, personas moviéndose, pacientes fumando un cigarrillo en la entrada junto a sus familiares. Sin duda eso le devolvería a su estado normal y cesaría esa activación visceral que llevaba sintiendo desde hace unos minutos. Pero allí no había más que calma, vacía y estática, truncada por los destellos de la ambulancia y sospechosos bultos en el suelo. Tres o cuatro bultos en la misma puerta electrónica del hospital, que las retinas de Roberto no se pararon a escudriñar hasta que llegó a la conclusión de que no había nadie allí al que se le pudiera considerar bípedo. Recibió el golpe. Crochet a la mandíbula y K.O. La activación de sus vísceras no cesó y además, se sumó a la fiesta su corazón que comenzó a latir desbocado. Aquello no era normal y, lo peor de todo, daba algo de miedo. El mundo se había parado y él, tonto de él, ni se había dado cuenta. Lo entendió todo (más bien entendió que la cosa no iba bien a secas) en ese mismo instante y se sintió estúpido al darse cuenta que el día había estado plagado de pequeños mensajes y él los había obviado todos. Se sintió estúpido, estúpido de cojones. Y mientras se compadecía observó el suelo, con aquellos bultos.
Desde la esquina del edificio de extracciones hasta la entrada del hospital había unos cuarenta metros. La entrada estaba compuesta por una serie de puertas metálicas de color blanco que se abrían automáticamente. Desde la posición de Roberto a la izquierda de la puerta había un enorme cenicero del tamaño de un barril y a la derecha se encontraba la entrada de urgencias (y su enorme cartel donde se vislumbraba claramente en rojo la palabra “URGENCIAS”), con sus mamparos por donde se introducían las ambulancias y se ocultaban de la mirada pública.
La atención de Roberto fue a por los bultos y no le hizo falta mucho esfuerzo para identificarlos como cadáveres. Uno vestía de colores vistosos, debía ser un conductor de ambulancia, el resto no eran diferenciables. Simplemente bultos. Cuerpos tirados que si no fuera por la estrafalaria postura, hubiera jurado que eran personas dormidas, como si se hubieran quedado allí mismo, en los brazos de Morfeo. Pero la posición de sus miembros, seguramente rígidos ya, no denotaban el mínimo atisbo de vida.
Roberto estaba paralizado, observando atónito esos cuerpos tirados allí que, por desgracia, no eran simples bultos. Esperando que en cualquier momento se movieran para poder así respirar tranquilizado. Pero no se movían. Pasaban los segundos y no se movían. Solo las luces mudas de la ambulancia y la brisa que ondeaba los árboles plantados en la rotonda que quedaba en frente de la entrada principal del hospital podían hacer diferenciar la escena de una fotografía. Pasados unos diez segundos el pestañeo de sus ojos le sobresalto, como si jamás hubiera cerrado los parpados y esa fuera su primera vez. Despertó.
Recuperada la conciencia, una neurona en su sobresaltado cerebro dio la alerta. En su retina alguna célula se había excitado. Algo allí delante se había movido, pero ¿el qué? Había que enfocarlo ya que estaba dentro del hospital y allí aun estaba oscuro. Pero daba la impresión de que avanzaba hacia fuera lentamente. Unos segundos después Roberto ya no tenía duda, sobre el arco metálico de las puertas automáticas totalmente abiertas y fuera de servicio se vislumbraron algunos detalles. Un pantalón marrón, una camisa azulada y una bata blanca. Por el momento Roberto había visto suficiente e hizo el ademán de adelantar un pie para acercarse a su colega e interrogarlo con cientos de preguntas. Pero éste volvió de nuevo a su posición original. Igual de blanca que la bata parecía la piel de aquel “colega”, que caminaba de forma lenta y calmada, cruzando definitivamente el blanco metal de la puerta con los brazos colgando y ligeramente encorvado. Se colocó justo detrás de un bulto de vivos y vistosos colores anaranjados que debía de ser un conductor de ambulancia y con la misma parsimonia flexionó sus rodillas, apoyando las manos en el suelo y bajando la cabeza. El cuerpo del hombre de la bata quedó oculto parcialmente tras el bulto vistoso. Postura que recordó a Roberto los grandes felinos salvajes cuando se aposentan tranquilos después de haber abatido a su presa a comer las partes más tiernas y sabrosas, con la diferencia de que este hombre estaba desprovisto de la gracia natural de estos animales. Sus movimientos eran torpes y forzados.
El bulto se movió, como si rebuscaran entre sus ropas. Cuando el hombre de pálida piel levantó la cabeza, Roberto cayó hacia atrás, dando con su trasero en los adoquines de la acera en la que se encontraba. De la boca surgía algo de vao de la condensación del aire caliente al chocar con el frío invernal. Y esa boca estaba ahora rodeada de un aro rojo intenso que contrastaba con la palidez de su piel.
Volvió a bajar la cabeza, quedando de nuevo oculto. Ahora parecía hurgar con más violencia. Roberto estaba demasiado centrado en las manchas escarlata que se iban sumando una tras otra a la bata de aquel médico-caníbal para darse cuenta que uno de los bultos, que debía de estar a unos siete metros del que estaba siendo devorado, empezaba a incorporarse. Cuando Roberto lo vio ya estaba a cuatro patas y su corazón latió aun más rápido. Por la cabeza le pasó la idea de correr allí y ayudar a la persona que se estaba incorporando lentamente pero su trasero se negaba a despegarse de los adoquines en los que había caído anteriormente. Estaba fundido con el suelo.
No hizo falta más de unos segundos para que el ademán de levantarse desapareciera totalmente de su cabeza. Antes de que pudiera empezar a compadecerse de sí mismo por su falta de valentía, reconoció en ese bulto incorporado, que ya estaba empezando a desplazarse en dirección al cadáver y su carroñero, ciertas características peculiares a las que se acabaría acostumbrando: Movimientos torpes y forzados.
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