Se despertó varias horas, tres cuartos de botella de whisky y dos cerillas más tarde. Estaba totalmente desorientado y le dolía la cabeza como si los huesecillos del interior de su cráneo se clavaran en sus meninges. Estaba totalmente oscuro y la desorientación se apoderó de Roberto. No sabía donde estaba pero sabía que había dormido en el suelo, porque tenía el cuerpo entumecido por la dureza del firme. Movió los brazos en busca de algún tipo de información que le despejara el embotamiento y tras unos segundos de frenesí articulatorio paró en seco. Toda la información volvió súbitamente, como un flechazo de recuerdos que acababa de clavarse en su cabeza. Ahora lo recordaba todo. Roberto se echó las manos a la cabeza y maldijo por un instante.
La pequeña rendija por la que no entraba ni la más de las ligeras hileras de luz le indicaba que era de noche, pero ¿qué hora? No tenía ni idea. Cuando entró en su refugio el tiempo que quedaba de luz solar se podía contar por minutos. No eran más de las cinco y media pero en esa época del año a las seis podía ser totalmente de noche. Luego pensó que algún objeto podría haber caído delante negándole la oportunidad de discriminar entre la noche o el día. “A veces, Roberto, piensas demasiado” se dijo para sus adentros. Su propio comentario le sobresaltó un poco. Se repuso.
Aquella ventana no había sido siempre así. No se la podía considerar ventana, era más bien un ínfimo marco con un cristal opaco que proveía de luz esos trasteros. Como éstos eran subterráneos, desde dentro las ventanitas quedaban a una altura poco menor del metro ochenta respecto al suelo del propio cuarto. Durante años el cristal opaco permaneció ahí, sin embargo, hacía alrededor de dos años, alguien consiguió reptar por una de estas ventanas rompiendo el cristal y apropiándose así de los bienes de otro. Todos los vecinos se sorprendieron por lo maleable que debía ser el cuerpo de aquel ladronzuelo para introducirse por tan minúsculo orificio, así que gran cantidad de ellos decidieron tapiar de alguna manera aquel punto débil. Por si el reptiliano ladronzuelo volvía a intentarlo. Los dueños de la casa que posteriormente Roberto alquilaría lo hicieron a la vieja usanza: con un tablón de madera y clavos. Por supuesto que Roberto no conocía esta historia, él simplemente estaba tranquilo de que aquella ventana estuviera bien tapiada, aislándolo del resto del mundo por esos momentos y evitando ser descubierto pese a la opacidad del cristal. Así se sentía más seguro en su pequeño reino, lleno de bártulos innecesarios.
Desechó la idea de que algo estuviera interponiéndose entre la luz y la pequeña rendija por la que debiera entrar, se tranquilizó pese a la jaqueca e intentó volver a dormir. Debía de ser tarde, así que pensó que dormir era lo mejor que podría hacer en esos momentos. Notaba el estomago vacío, pero le ardía del whisky que había ingerido antes de dormirse, así que intentó quitarse todos esos pensamientos de su cabeza. Lo intentó con todas sus ganas y finalmente lo consiguió. El hambre y el dolor de cabeza dieron paso al entumecimiento de sus miembros. Se tumbó acurrucado sobre su lado derecho, pero notaba como su hombro sufría contra el suelo, también su cadera. Giró hacia la izquierda adoptando la misma postura pero a los cinco minutos estaba en la misma situación que antes. Le dolían los huesos como si lo hubieran apaleado. Dio varias vueltas en el suelo, se quitó el jersey y lo usó de almohada, abrió una caja en la que creía que había ropa y la esparció por el suelo, se volvió a poner el jersey ya que tenía frío y se tumbó en el suelo, no sin antes esparcir bien la ropa. Había tenido suerte, varias toallas sirvieron para crear una esterilla y el resto de prendas le sirvieron de cojín y para tapar su cuerpo del frío. Ahora notaba que estaba en una “suite”. Seguía cansado y notó que no le costaría volver a dormir ahora, que había conseguido que sus huesos no chocaran directamente contra el suelo. La noche seguía tranquila, ningún ruido molestaba fuera del cuarto trastero. Adentro, solo se escuchaba la respiración de Roberto, que estaba empezando a quedar profundamente dormido. “Descansa Roberto, te lo has ganado” y Roberto, con un ligero hilo de baba cayendo por su boca en dirección a las toallas, movió la cabeza asintiendo de forma totalmente involuntaria.
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