El recién incorporado y también pálido carroñero, conocido por Roberto como “bulto número 2”, se unía a la fiesta y comenzaba a rasgar y morder sobre el abdomen de su presa, el médico estiraba con sus manos los intestinos extirpando de vez en cuando trozos con la boca por la obertura lateral que había conseguido operar. Su cara no era la de un profesional, observaba con incredulidad, estiraba un poco más de intestinos y con incredulidad miraba como si aquello fuera arte de magia. Parecía la cara de un retrasado mental.
Roberto acababa de vomitar y ya no miraba aquella escena que tantas vueltas había hecho dar a su estomago. Algo de bilis había caído en el suelo y no encima de él, cosa que hubiera pasado si no se llega a levantar, desplazándose hacia atrás. Por su boca no salió demasiada cosa, no había conseguido comer. Ahora el mismo edificio de antes volvía a tapar aquel escenario. Quince segundos después de esputar aquel gargajo de ácidos estomacales corrió de nuevo hacia su puesto de trabajo. No tenía intención de volverse a poner a trabajar, iba a coger sus cosas y largarse a casa. Estaba cagado de miedo. Pensó, al igual que uno piensa cuando empieza a subirle la fiebre, que cómo en casa no estaría en ningún sitio. Empujó la puerta con más violencia de la que esperaba, pero no importaba porque allí no había nadie. “¿Soy el único gilipollas que viene a trabajar el día en que todo se va a la mierda?” se preguntó. La respuesta a esa pregunta probablemente era que sí.
Se quitó la bata y la dejó en el perchero de siempre. La chaqueta que seguía colgada en la silla fue arrastrada por su mano derecha mientras cogía su cartera del suelo con la izquierda. Palpó las llaves de su coche en el bolsillo del pantalón y consideró que lo tenía todo listo. Apretó durante unos segundo el botón de encendido de su ordenador hasta que este se apagó directamente, no tenía intención alguna de esperar a que Windows XP decidiera apagarse, cerró la puerta de su despacho y luego la puerta de su unidad con llave, como hacía todos los días. Era la costumbre.
Metió los brazos por las mangas de la chaqueta y una vez puesta cruzó su cartera bandolera sobre su pecho y espalda. Su coche estaba en dirección contraria a la puerta del hospital, donde suponía que aun deberían estar aquellos seres degustando carne humana cruda. Había muy pocos coches en el descampado donde aparcaba todo aquel que no tenía ganas de pagar el ticket de aparcamiento del hospital. Normalmente solía estar abarrotado de coches, que aparcaban en lo que a Roberto le gustaba llamar “estilo libre”.
Su coche llamaba la atención por lo solitario que se le veía. Con suerte llegarían a haber menos de veinte coches, ni un treinta por ciento de lo habitual y seguramente llevaran allí bastante tiempo porque se los veía polvorientos. Se subió a su turismo de tres puertas y puso la radio. No encendió aun el motor. Música, eso le extraño. Cambió el dial y más música. Maldijo por unos segundos y luego pensó que igual saltaba el automático en las emisoras de radio y por eso solo sonaba música. Era una suposición, pues Roberto no tenía ni idea de cómo funcionaba una emisora de radio, simplemente encendía la radio y se dedicaba a escuchar, no obstante, la idea de música sonando en automático al no haber nadie en la emisora no le pareció del todo descabellada.
Miró el móvil y hubo dos cosas que le sobresaltaron. La primera era que tenía la cobertura a tope, la segunda era que tenía dos llamadas perdidas. Siempre tenía el móvil en vibración y esto le solía pasar muy a menudo. Miró la hora de las llamadas, eran de las seis de la mañana. Las dos de su madre. Llamó. No hubo tono. Se había pasado la mañana encerrado en su despacho, simplemente no se enteró de nada. Ahora aquello estaba desierto. Todo era música en su coche. Música o silencio. Lo único que se movía ahí fuera era el polvo del suelo arrastrado por alguna ráfaga de aire. La radio también estaba desprovista de vida humana, pero por lo menos no se comía a nadie.
Volvía por la autovía, que pasaba cerca del aeropuerto del Prat del Llobregat y pudo observar que ningún avión surcaba el cielo. Eso sí que era extraño. Más incluso que viajar solo por la carretera. En un arrebato conspiranoico, Roberto llegó a la conclusión de que lo que había ocurrido podía llegar a tener influencia internacional. Iba muy rápido, por encima de la velocidad que indicaban las señales y al pasar por debajo de unos carteles informativos en los que se seguían mostrando los mensajes típicos, notó un destelló en los retrovisores. Un radar. En aquel momento dudó que le llegara la multa a casa y no se equivocaba. Durante el trayecto recibió tres o cuatro flashes más. En condiciones normales le retirarían el carné y le impondrían un correctivo digno del peor de los psicópatas, pero obviamente aquella situación no se podía considerar normal.
No se preocupó por los destellos de las cámaras de vigilancia y continuó su marcha hasta llegar al desvío que le llevaría hasta casa. Al salir de la autovía, a unos cien metros de ésta, había un coche parado a la derecha de la carretera. Allí no se podía aparcar así que Roberto se extrañó. Pese a lo sorpresivo, se propuso no mirar y continuar su marcha. No se hizo caso y miro. No vio a nadie.
Estaba a tres manzanas de su piso cuando algo distrajo su mirada. Era otro bulto semi-ocultado por los coches aparcados normalmente en la calle. Le tembló la columna vertebral y se despistó. El despiste no le permitió ver el cuerpo contra el que iba a chocar hasta que el ruido del golpe le hizo apartar la mirada de aquel familiar objeto tirado en el suelo. No iba demasiado rápido pero frenar le costó bastante goma de sus neumáticos en el asfalto. Con las manos aferradas al volante dudó entre bajar, quedarse ahí paralizado o continuar su marcha. Recordó que estaba en su vecindario y que lo que había golpeado la chapa de su automóvil podría haber sido perfectamente la persona con la que se cruzaba el fin de semana cuando iba a comprar el pan. Miró por los retrovisores para ver si podía descartar de un plumazo la hipótesis de haber atropellado a un vecino, pero no vio nada. Se armó de valor, se quitó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y saltó fuera.
Tumbada en el suelo se encontraba una mujer de unos cuarenta y tantos años. Vestía unos pantalones como de pijama y una simple camiseta de manga larga blanca e insuficiente para estar en invierno por la calle. Su espalda miraba al cielo y se desplazaba de forma muy forzada (y, todo sea dicho, muy poco exitosa) dejando un rastro leve de sangre coagulada y negruzca. Su desplazamiento, más bien su forma de reptar, era debida al choque con el coche. La cadera había quedado destrozada al golpear contra el lateral del coche. A través de sus pantalones su rodilla derecha se intuía pulverizada por la forma en que se torcía la pierna sobre sí misma. Obviamente no se movía. La pierna izquierda parecía más entera, pero su funcionalidad era nula igualmente. Se movía, pero no parecía seguir las órdenes de su cerebro. Más bien parecía un tic nervioso. El tronco se mantenía integro, pese a que tras el golpe rebotó violentamente contra los coches aparcados en el lateral de la carretera que llenaban las calles de su ciudad, antes de dar de bruces en el suelo. Ahora sus brazos intentaban agarrarse al suelo para empujar en dirección contraria a la que el coche se dirigía. Más concretamente, intentaba llegar al bulto que Roberto había visto justo quince metros atrás. Esas manos intentaban agarrarse y hacer fuerza para desplazarse, pero sus piernas poco ayudaban. Tampoco ayudaba el sobrepeso que esa mujer padecía. Sin embargo, no cesaba en su empeño y sus dedos se iban lijando bruscamente y lentamente en el asfalto. Unos dedos en los que ya no quedaban uñas y que más que sangrar abiertamente, marcaban el asfalto como un plastidecor marrón oscuro. Obviamente, aquella mujer ya estaba muerta antes de que Roberto inhabilitara su tren inferior con el morro de su turismo.
Roberto estaba de pie y la puerta del coche se mantenía abierta. Siete metros los separaban y no tenía intención de acercarse ni un centímetro más, tampoco de alejarse. Estaba sumamente excitado. El cuerpo de la mujer reptaba haciendo caso omiso de su presencia. Estaba de espaldas a Roberto en el suelo y por el ritmo al que se desplazaba, tardaría una hora o más en llegar al cuerpo tumbado metros atrás. Sin embargo seguramente no llegaría nunca. Las manos con las que intentaba hacer fuerza para moverse ya no eran más que muñones sangrantes que solo mostraban el blanco del hueso cuando rascaban lo suficiente en el suelo. Durante el tiempo que había estado en el suelo tras el golpe, el ligero rastro de sangre negra que dejaba indicaba que se había movido unos noventa centímetros. En menos de un metro el asfalto se había comido los dedos de aquella mujer que con las piernas inutilizadas, ya no conseguía desplazarse lo más mínimo.
Un golpe de viento bastó para hacer que la puerta de su coche se cerraba sola, haciendo un ruido que no pasó desadvertido por la mujer reptante. Eso pareció motivarla y empezó a aletear de nuevo en el asfalto. Intentaba girarse. La maraña de pelo negro y largo no permitía que Roberto viera la cara de esa persona. No quería verla, pensaba, pero era incapaz de apartar la mirada de la nuca de aquella mujer. Finalmente consiguió ladearse lo suficiente y girando el cuello hasta el límite (seguramente más allá) consiguió que las miradas se cruzasen. Durante unos segundos la mujer se retorció en el suelo, intentándose mover. Se retorcía con parsimonia mientras los pantalones tejanos empezaban a empaparse progresivamente, se estaba orinando encima y mientras lo hacía, diversos fluidos se mezclaban en su ropa. Cuando la mancha dejó de extenderse, la mujer empezó a bramar de forma pausada y grave. El monótono sonido sostenido solo se interrumpía cuando algún fluido subía burbujeando por su garganta y era esputado involuntariamente. Roberto volvió a sentir nauseas ante tanto fluido interno, la cara bobalicona de la mujer seguía postrada en él y empezó a pasar de la excitación al nerviosismo ansioso que hacía que su tórax fuera amartillado por el corazón desde dentro. Se giró y una arcada hizo que algo de bilis le subiera hasta la boca, no lo suficiente para considerarlo vómito. Su estomago seguía vacío.
El coche seguía encendido, abrió la puerta y condujo sin mirar atrás las tres manzanas que quedaban hasta su piso. Se estaba poniendo muy nervioso. No entendía porque se había parado a mirar como aquella mujer se mutilaba y se meaba encima. Era asqueroso. Repugnante. Y encima aquel bramido. Nada humano. Burbujeante. Monótono. Bobo. Inerte. En ese trayecto vio algún cuerpo más tirado en el suelo, dos creyó contar. Posiblemente alguno incluso ya se moviera, pero Roberto había aprendido la lección. No distrajeron su atención. En ese momento se fraguó la idea de la reclusión. Descartó su piso. La puerta de entrada no era muy resistente, los caseros debieron pensar que para un barato piso de alquiler no era necesaria una puerta maciza. La puerta del trastero era más resistente. Cogería algunos alimentos y se los llevaría abajo. Allí tenía mantas, bebida y muchos objetos inútiles. Si necesitaba algo del piso, podría subir, pensó. Sólo eran tres pisos de diferencia. Ahora solo eran tres pisos, luego serían decenas de escalones. Gigantescos escalones.
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26/11/2009 at 2:29 Permalink
Me gusta muy bueno!.