Episodio VIII

Esta era la segunda vez que Roberto se despertaba en su trastero. Esta vez menos dolorido y resacoso que la primera vez. No hubo dudas sobre si era de noche o de día ya que por la ranura de la ventana tapiada entraba una pequeña raya de luz que se reflejaba en la puerta. Ningún ruido fuera. Ni en la zona de aparcamientos ni, por lo visto, en la zona al aire libre a la que se orientaba la ventana buscando algo de claridad. Todo estaba muy tranquilo, demasiado para albergar una civilización como la de Roberto. Ni coches, ni vecinos, ni mascotas. Tampoco muertos vivientes. Quizá estaban demasiado ocupados apurando los últimos trozos de carne humana como el que apura el último trozo de pollo, pegado a los ligeros huesos de sus patas. Se estremeció un momento. En un acto nuevamente cobarde, decidió dejar el interruptor en la posición en la que estaba.

Llevaba pocos minutos despierto cuando, al dejar de centrarse en los estímulos de exterior, empezó a sentir los que demandaba su propio cuerpo. El primero era claro, potente y muy exigente. Roberto estaba muerto de hambre. No comía desde el día anterior, cuando su comida se vio truncada por la horrible visión sobre el marco de la puerta del hospital donde trabajaba. Lo único que ingirió desde que llevaba allí internado era bastante whisky y obviamente, no era suficiente. Repasó las bolsas con ansia, todo estaba muy oscuro ya que la luz que entraba era puramente testimonial. Tanteó con las manos y cogió una de las dos bolsas de pan de molde. La abrió y empezó a comer rodajas de pan solo con bastante ansia. Comió unas cinco rodajas seguidas y empezó a notar como le costaba deglutirlas sin algo de líquido para hacerlas deslizar por su garganta. El efecto del whisky en su cuerpo había provocado una reacción que reconoció rápidamente: Su boca estaba seca y carrasposa y la atravesada bola de pan y saliva bajaba más lento de lo que a Roberto le gustaría. Empujó con los músculos de su cuello y la argamasa bajó. El pan estaba bastante seco, lo cual no ayudaba demasiado. Roberto se puso a cuatro patas, y con las manos empezó a buscar algún tipo de bebida por la zona por la que se suponía que estaban los alimentos que guardaba allí abajo. Encontró dos packs de seis latas, cogió una y la cruzó con el rayo de luz que cruzaba el habitáculo creando una sombra en la puerta. Era cerveza. Repitió la operación con una lata del otro pack. Le costó de nuevo ver algo, toda la aclimatación de sus retinas a la oscuridad había desaparecido al mirar aquel pequeño haz de luz. Refresco de cola. Sus manos dejaron esa lata cerca de su cuerpo, entre las toallas que hacían de esterilla, y buscó un poco más. No encontró agua, que era lo que buscaba. Solo cerveza y refrescos de cola. Abrió la lata de cola que estaba a temperatura ambiente y volvió a beber con exceso de ansia. El dióxido de carbono en forma de espuma le brotó por la nariz, provocándole una tos sorda que duró bastantes segundos sumado a un picor agudo centrado en la zona media de su cabeza. Le goteaba la nariz y los ojos lagrimaban descontrolados. Había vuelto a dejarse llevar por la impaciencia. Roberto aprendía tropezando, tropezando muchas veces. Después de todo esto, siguió comiendo pan, acompañándolo de forma más tranquila con algún sorbo del templado refresco.

Después de saciar la necesidad de alimentarse, acabando frugalmente con prácticamente la media bolsa de pan de molde, apareció otra más crítica aun. Roberto necesitaba ir al baño. Aguas mayores. Tenía que cagar. Decidió dejar de lado su humanidad y aguantarse. Pero aquello era cuestión de tiempo. Durante aproximadamente dos horas consiguió dar esquinazo a los repetidos apretones que sus esfínteres estaban sufriendo. Centraba sus pensamientos en cualquier recuerdo que pasase por su mente. Por desgracia para él, casi todo lo que tenía entrada en su cerebro tenía algo que ver con aquellas personas que, de pronto, había empezado a merendarse a sus vecinos. Pensó en aquella señora de cuarenta años, aquella señora que destrozó sus manos rascándolas como una posesa contra el asfalto, dejando grumos de piel, músculo y uñas entremezclados con negra y espesa sangre. Roberto pensó que aquella mujer debía haber muerto hacía días, aquella sangre era prácticamente negra, pero sin embargo, no parecía tener heridas o marcas de descomposición. Solo esa tonalidad a la que se estaba acostumbrando, esa palidez que mostró aquel médico que decidió (o se vio forzado) pasarse el juramento hipocrático por sus pendientes reales y merendarse a una persona, que si no estaba muerta ya, poco le debía faltar.

Luego se preguntó que cómo era posible que el resto de la gente que habitualmente se cruzaba por la mañana; en la calle, la carretera o en el trabajo hubiera desaparecido sin más ¿Acaso él burló, de forma casual y totalmente desafortunada, alguna alerta o señal que se dio por la radio o el televisor? Lo único que sabía era que aquella mañana madrugó más de lo normal, quería llegar pronto al trabajo. Desayuno en la cocina rápidamente, no puso el televisor para ver las noticias, cosas que hacía habitualmente cuando no madrugaba tanto. No puso la radio en el coche, dejó puesto un compact disc que estaba escuchando el día anterior y que saltó automáticamente al dar al contacto de su automóvil. Eran los Judas Priest y muchos otros clásicos del Rock. Siempre tenía un mes al año en que parecía que su reloj biológico le indicaba que era hora de escuchar la potente voz de Rob Halford y sus colegas. Luego lo olvidaba prácticamente hasta el año siguiente.

Maldijo su suerte por haber sido él el que sufrió aquella cadena de desafortunadas coincidencias. Luego intentó racionalizar sus pensamientos diciéndose que después de todo, él seguía vivo, cosa que no podía decir mucha gente. Sin embargo, sus intentos por evitar verse asaltado por pensamientos catastrofistas no tenían mucho efecto. A su cabeza volvieron de nuevo las caras de sus amigos y familia. Dudaba si estarían muertos o si estarían buscándole. Pensó que posiblemente tenían ya bastantes dificultades para evitar ser devorados. Luego pensó que igual estaban demasiado ocupados intentando devorar a otra gente. Se estremeció. De repente volvieron a su mente imágenes cómo la cara de aquella mujer, que se había orinado encima mientras se retorcía. La oscuridad no ayudaba a evitar revivir aquellas imágenes de forma tan vívida. Sabía que la falta de estimulación en sus sentidos podía provocar alucinaciones, pero no llevaba el suficiente tiempo para que eso comenzara a ocurrir. Sin embargo veía, más con su cerebro que con sus ojos, a aquella mujer tumbada y de espaldas a él que se retorcía para intentar mirarle a los ojos y cuando lo conseguía, no era la cara de una desconocida la que le miraba sino la de alguna persona querida, que empezaba a emitir aquel asqueroso sonido monótono e inerte. Esas imágenes, surgidas en el caldo oscuro en el que se hallaba, se repitieron diversas veces. Con diferentes caras que iban cambiando caprichosamente.

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