Episodio IX

Primero fue la cara de su madre. Sin embargo, esas imágenes se fueron repitiendo una y otra vez en la oscuridad de su cuarto trastero. Roberto, allí tumbado sobre aquellas toallas que hacían las veces de esterilla, veía una y otra vez las imágenes de aquella mujer con las manos mutiladas y con sus piernas inutilizadas mientras la cara que se ocultaba bajo los marañosos cabellos iba cambiando. Su madre, primero, Marta, su exnovia, luego. También pasarían por su cabeza las caras de amigos, amigas y otros familiares. No importaba si eran hombres o mujeres, la imagen siempre era la misma: Esa mujer de espaldas, tumbada en el suelo, luego todo desaparecía y las caras en versión “zombi” ocupaban toda la escena. Todos ellos pálidos y con la mirada más fría que había visto jamás, esputando flemas por la boca que se deslizaban por el mentón hasta deshilacharse cayendo al suelo.

Sin lugar a dudas, Roberto estaba perdiendo la cabeza por momentos. Y así hubiera sido. Solo la imperiosa necesidad de defecar le retornó un poco a la realidad. Sufrió un apretón que le giró las entrañas, hizo fuerza para mantener sus fluidos dentro de él y tuvo un breve momento de placer al conseguirlo que pronto sería suplantado por otro apretón más fuerte que el anterior. Intentó pensar en cuanto debía llevar divagando en pensamientos de ultratumba y fue incapaz de hacerlo. Ya había perdido el sentido del tiempo. El golpe intestinal se le vino de nuevo encima y repitió la operación de apretar su esfínter y replegarse aun más sobre sí mismo. De nuevo, un alivio temporal. Intentó contar cuantos segundos tardaría en reaparecer el punzante dolor intestinal con la esperanza de que hubiera una tregua entre su cuerpo y él y sobre los cuarenta segundos apareció de nuevo, con una fuerza descomunal. Roberto ya no pensaba en muertos ni en desgracias, había tomado conciencia de que aquello era inminente y toda su atención se centró en buscar una alternativa para que aquello que tenía ahora dentro, pudiera ser depositado fuera, con las mínimas consecuencias posibles. De nuevo, otro revés. Notó como perdía cierto control sobre sí mismo y se desesperó. La única opción pasaba por encender la luz ya que, con esa presión encima, era incapaz de conjugar una idea elocuente para solucionar su problema. Y así lo hizo. Encendió la luz con cierta torpeza y mientras se incorporaba para accionar el interruptor, fue golpeado en su trasero desde dentro. Parecía que su intestino grueso golpeara su recto con un ariete. Encendió la luz y la volvió a apagar. Un segundo transcurrió en los que las ondas de luz bañaron el cuarto de colorido. Roberto tuvo suficiente. La oscuridad había vuelto pero sus manos ahora iban solas. Tres latas de pintura aguardaban debajo de la estantería donde estaban los alimentos que guardaba en el trastero, junto a las latas de bebida a temperatura ambiente. Cogió una, por el peso, aun tenía algo de pintura dentro. Al principio sintió cierta resignación pero rápidamente, mientras sus dedos se lanzaban a buscar el borde de la tapa, pensó que el intenso olor de la pintura taparía un olor mucho peor. El de la mierda acumulándose.

Sus dedos levantaron la tapa. Por un momento pensó que la resistencia de la tapa conseguiría hacer saltar sus uñas, pero no fue así y rápidamente el olor a la pintura inundó el pequeño cuarto. Sonrió aliviado pero rápidamente volvió a sentir el agónico dolor apresurado y abrumador de sus vísceras, preparándose para catapultar sus excrementos sobre sus pantalones si no conseguía evitarlo antes. Se colocó sobre la lata, que debía de estar prácticamente vacía, y mientras rezaba por no ser salpicado de pintura en sus posaderas, notó el alargado alivio que seguía a aquel doloroso tormento.

La calma pareció volver a sus intestinos y aprovechando el momento para aliviar también su vejiga, acertando con menos precisión de lo deseado en la lata. La tapó y la retornó a su posición original, debajo de la estantería donde se encontraban las latas. Sus brazos se alargaron y palparon en la oscuridad en busca de una lata de bebida, encontró antes el pack de seis cervezas y cogió una. Estaba más fresca de lo que imaginaba. Se alegró por un momento de estar en invierno. Comió dos manzanas de las que bajó de su piso y bebió algunos tragos de la cerveza. Los restos de las manzanas se reducían a las zonas más centrales de éstas, buscó de nuevo la lata de pintura y sin moverla, intentó levantar la tapa sin moverla de su posición. Sorprendentemente lo consiguió, pero de la fuerza realizada, al ceder la tapa su mano golpeó contra la parte inferior del primer estante del mueble bajo el cual se hallaban las latas. Meneó la mano como el que intenta espantar las moscas, intentando espantar también el dolor seco del golpe. Introdujo los esqueletos de manzana en la lata y golpeó la tapa de la lata con el puño cerrado para cerrarla de nuevo.

Tras deshacerse de estos desechos, Roberto pensó que sería buena idea encenderse un cigarro y acabar con la cerveza que había empezado a tomar junto a las manzanas. Palpó el área sobre el que se encontraba y encontró el paquete con las cerillas dentro. Prendió el cigarrillo con la tercera cerilla y el cuarto trastero se iluminó con un color anaranjado durante unos segundos. Había cruzado el ecuador, pensó. Le quedaban tres cerillas más. El olor del tabaco inundó el pequeño cuarto, mientras Roberto acababa el cigarro y bebía de la cerveza lentamente, pero con cierto nerviosismo. La estresante situación anterior, en la que tuvo que lidiar con sus propias defecaciones, ya había cesado totalmente y se encontraba más tranquilo. Sin embargo, en sus manos aun se notaba cierto temblor nervioso que Roberto percibía perfectamente cada vez que acercaba la lata o el cigarrillo a sus labios. Fuera la noche o el día lo que Roberto tenía por delante, iba a ser duro. Allí su carne estaba a salvo, pero su cerebro era pasto del nerviosismo, la oscuridad y de la traumática situación que debía ser asimilada. Estaba por ver cómo el pobre de Roberto salía de ésta.

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