Había acabado su cigarrillo y había lanzado la colilla dentro de la agotada lata de cerveza. Luego estrujó la lata y la arrojó, a tientas, cerca de las latas de pintura que se habían convertido en su WC portátil. Entre las tres latas de pintura deberían de sumar unos seis litros de capacidad, sin embargo no estaban vacías, así que posiblemente ese número se reducía a cuatro o incluso tres litros. Por desgracia esos cálculos no estaban al alcance de Roberto en estos momentos. Se estaba quedando adormilado después de tener que lidiar contra su propia biología.
Fue un proceso gradual y muy lento, como cuando te sientas a descansar unos minutos y caes irremediablemente en profundo sueño. Su cerebro, en transición hacia otro estado diferente de la vigilia, empezó a inventar imágenes y sonidos extraños hasta que finalmente cayó dormido. El tiempo transcurrió raro, Roberto casi no se percató de que se había quedado dormido. Su mente viajó por sus miedos sin tomar una forma definida, como una argamasa de recuerdos e invenciones. Finalmente volvió a despertarse sin apenas percatarse de que había estado dormido por un tiempo indeterminado y con una sensación extraña de total desconcierto. Roberto, intentando dar coherencia a sus sensaciones imaginaba que detrás de la puerta había algo esperándolo ¿Por qué sino estaría tan nervioso, tan compungido? De esta forma inventó sonidos que no existían, que provenían de detrás de la puerta.
Ahora Roberto lo tenía clarísimo: Allí fuera, sus vecinos, podridos y corrompidos le olían, husmeaban su miedo y esperaban. Imaginaba que alguno de ellos habría bajado por casualidad al parking y al olerlo se había quedado allí. Luego otros habrían seguido su ejemplo, así que el parking debía de ser territorio de esas criaturas. Le aguardaban. Dependiendo de la hora que fuese sus vecinos, hambrientos por la espera, pretendían hacer del cerebro Roberto el plato principal de su desayuno, comida, merienda o cena.
Bernardo, su vecino del tercer piso, un señor de unos cincuenta años se encontraba caminado con los brazos caídos sobre los costados de su torso, dando vueltas por el aparcamiento y luego mirando la puerta con la cara inexpresiva y el color de piel similar al de su cabello, que a su edad, ya se había blanqueado bastante. A su hija y a su mujer, Roberto las veía muertas en su piso, en su cama. Habían sido el desayuno del bonachón de Bernardo. Ahora convertido en el cabronazo de Bernardo. Detrás de éste, mirando la puerta y como en un estado de latencia, Roberto se imaginaba a Teresa, su vecina de abajo, una joven muy apetecible de la edad de Roberto, recién casada, con el pijama de dos partes decorado con personajes de dibujos animados (que tan bien le sentaba a la joven según la opinión de Roberto, el cual había tenido la suerte de verla de esa guisa en alguna ocasión). Su marido, Daniel, no estaba presente en esa escena. Pero la boca y manos de Teresa estaban teñidas de rojo intenso. El tinte procedía con toda seguridad de Daniel al que el subconsciente de Roberto había otorgado una dolorosa muerte. En este momento, los contundentes pechos de Teresa no resultaban tan atractivos, tampoco sus curvas ni su negro cabello algo rizado. Sus labios se habían retraído y dejaban ver sus dientes que relucían blancos entre tanto color rojo. Si alguna vez Roberto había tenido pensamientos en los que Teresa estaba presente, éstos distaban mucho de lo que imaginaba ahora.
Cerca de Teresa y detrás también de Bernardo se encontraba el hijo de la pareja del cuarto piso, un joven de unos dieciocho años. Sus movimientos por el parking eran algo más rápidos que los de Bernardo pero sin un rumbo determinado. No estaba manchado de sangre ajena pero varios fluidos marcaban su ropa deportiva. En su imaginación Roberto no reconocía ningún conocido más pero identificó al menos cinco personas más. Algunos se mueven torpemente, otros están parados, esperando Dios sabe qué.
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