Episodio XI

Roberto, acurrucado y con sus ojos abiertos en la oscuridad, esperaba a que sus captores se decidieran a cargar contra la puerta. Pero no lo hicieron. No cargan. No arremeten ni golpean. No pasa nada y la explicación es muy simple, sin embargo la versión más paranoica de Roberto es incapaz de entenderlo. Allí fuera no había nadie. Llevaba horas atento a los sonidos, con la mirada clavada en la oscuridad imaginando lo que había detrás de la puerta. Y es que no hay nada peor que el silencio cuando uno intenta oír algo, porque en el silencio se escucha todo lo que uno quiere (o no) escuchar. Es así como Roberto interpretó cualquier percepción, real o no, como un movimiento de los extraños que intentan devorarlo. Incluso creyó escuchar algún gruñido emitido por alguno de ellos. Así que no se atrevió a moverse ni un centímetro.

Así estuvo luchando durante más de tres horas, por no moverse ni hacer ruido. Pero pronto perdió la batalla contra el sueño y acabó dormido con la cabeza entre las dos piernas mientras seguía apoyado en sus nalgas y con los brazos agarrando sus piernas. No fue consciente del transito de la vigilia al sueño, debido a que no se podía considerar como vigilia el estado del que procedía. Estaba despierto, pero tan alterado y fuera de sí que era incapaz de discernir entre lo real y lo imaginario, con toda su capacidad atencional dirigida a los oídos, en los cuales empezaron a resonar voces sin sentido sobreponiéndose unas a otras. Decían cosas pero o no tenían sentido o Roberto era incapaz de dárselo. Luego empezó a ver leves destellos en las partes periféricas de su visión, cómo puntos de luz que se movían de un lado a otro cruzando de un lado a otro y serpenteando como cuando uno hace el pino y de golpe te sube la sangre a la cabeza. Sus miembros se inflaban y se desinflaban con un leve cosquilleo placentero, como si se viera reflejado en un río agitado, con la diferencia de que no veía nada. Notaba un vaivén continuo y muy armónico, las voces intrusas desaparecieron dejando paso a un silbidito suavizado, como de brisa marina. Roberto flotaba en otra dimensión, ya no estaba allí, sin embargo, pese a lo anormal de las sensaciones, no se preocupó por nada pues Roberto ya estaba en el otro lado.

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