Episodio XII

“Notó junto a su cuerpo, la calidez de otro. Sus manos palparon la piel y se dio cuenta que era piel fina y delicada. Era la piel de una mujer joven. Su pecho encajaba con la espalda desnuda de aquella mujer y sin demasiado esfuerzo se percató de que estaban en posición horizontal. Sin duda en una cama. Sin darse cuenta, sus dedos estaban acariciando la piel de los brazos y pegando una de sus mejillas en la parte en la que el cuello se una con la espalda, notando su calor en la cara. El cabello de la mujer, que le corría por aquella zona, se pegó a la cara de Roberto debido a unas pequeñas gotitas de sudor que eran generadas por la temperatura de ambos cuerpos unidos. Roberto estaba afeitado, bien rasurado, lo cual era poco usual en él. En ese momento notó que el pelo no era nada lacio sino más bien fuerte y algo rizado. Notaba la temperatura elevada entre los cuerpos, pero le agradaba esa sensación. Los dos sudaban ligeramente pero eso no parecía importarles. El brazo izquierdo de Roberto quedaba debajo de un bulto esponjoso y cómodo que identificó rápidamente como la almohada y encima de ella, se encontraba la cabeza de la joven con su maraña de pelo. Ambos estaban desnudos y la mano derecha agarró con suavidad el pecho de la mujer. Primero realizó una caricia sobre éste y notó erizarse el pezón, luego lo agarró enteramente con su mano y notó el tamaño exacto de éste en relación con su mano. Pronto notó como la sangre se les amontonaba en el bajo vientre, a ambos, y la temperatura subió de nuevo. Daba igual, estaba cómodo. Abrió un poco los ojos e identificó el pelo de la chica, de color oscuro, casi negro y bajo él, la espalda de color claro. Roberto era claramente más moreno.

Algo de luz entraba por una ventana cuya persiana no estaba cerrada del todo por unos veinte centímetros y la luz que transitaba por ahí hacía iluminar las sabanas blancas que tapaban los cuerpos desnudos hasta un poco por debajo de la cintura. Su mano seguía aferrada al pecho de la joven cuando la mano de ella se poso sobre la de Roberto. Con suavidad. Sus pelvis se juntaron un poco más. No había excesiva excitación sexual. Era más bien una especie de compenetración entre ambos cuerpos. Sin duda, el sexo hubiera precedido a aquella escena. El cariño, en cambio, seguía claramente en escena.

Sin duda, era uno de los sueños más placenteros que Roberto había experimentado. Si no el que más. En él, los sueños no se prodigaban detallados en exceso. Éste lo era sobremanera y, por eso, se mezclaba y se confundía con la realidad. Mientras permanecían en aquella postura Roberto estuvo seguro de conocer a la persona con la que estaba tan bien compasada. Aquella persona debía de ser Marta, la mujer con la que Roberto había tenido más confianza. Aquella con la que compartió varios años de su vida como pareja, así como muchos otros en una relación un tanto extraña de amor y odio. Roberto suponía que esa era la razón por la que le era imposible olvidarla, la misma razón que hacía insostenible una nueva relación entre ellos. El amor y el odio son como una droga y si los dos se juntan en la misma persona, el poder de atracción surgido es altísimo.

Como si hubiera escuchado los pensamientos, la persona con la que Roberto compartía cama en esos momentos se revolvió levemente, zafándose cariñosamente de la presa que éste ejercía sobre su pecho. Con cuidado, una vez liberada, se giró lentamente, como se gira uno cuando aun está dormido pero necesita cambiar de posición, quedando de frente, cara a cara con Roberto. Se dispuso a apartar el pelo que le tapaba la cara tras el cambio de orientación con la intención de plantarle un beso en los labios a Marta. Pasó la mano por delante de la cara de la joven y ésta se llevó el pelo que le caía por la cara hasta dejarla claramente a la vista. Entonces fue cuando Roberto se llevó la sorpresa pues no era Marta la persona con la que compartía cama en aquel íntimo momento. El subconsciente es caprichoso y en ese instante había decidido hacerle una pequeña jugarreta a Roberto. Sus ojos se abrieron súbitamente y la cabeza, que ya avanzaba para encontrarse con los labios de Marta, se paró en seco. La mano que había apartado el pelo y se había quedado apoyada en el cuello, justo debajo de la oreja de su compañera se separó en el acto. Pese al sobresalto, aun no se había procesado ninguna emoción cuando la joven tomó la delantera, aun con los ojos cerrados, recorriendo los pocos centímetros que quedaban entra ambas bocas, besándole lentamente.

Primero fue suave y corto. Separó la boca unos centímetros de la boca semiabierta y sobresaltada de Roberto y Teresa sonrió, aun con los ojos cerrados. Pocos segundos después Teresa volvió a besarle. Sin separar sus bocas, el beso, inicialmente suave y tierno, fue ganando fuerza. Roberto al principio no reaccionó en exceso, simplemente se dejó besar. Pronto, a medida que Teresa empezó a besarle de forma más pasional, Roberto se sumó de buen grado a compartir sus fluidos con su atractiva vecina. Sus bocas se abrían y cerraban, jugueteaban la una con la otra. Pese al sobresalto inicial, la sorpresa resultó muy estimulante. Se había echo a la idea de que estaba con su exnovia, a la que aun guardaba más que cariño. No obstante, aquella no era Marta sino Teresa, su vecina, con la que compartía edad. En ese momento Roberto no pensaba en la última vez que había pensado en su vecina. En su último pensamiento, horas atrás, Roberto la había imaginado ensangrentada, pálida, inactiva y muerta. Ahora todo eso estaba olvidado, pues era un sueño, aunque resultase tan real. Roberto se había decantado por disfrutar de los labios y la lengua de aquella mujer. Ahora parecía totalmente viva.

Roberto cerró los ojos también y se entregó a la pasión del momento. Sin duda, Teresa siempre le había resultado una mujer sumamente atractiva. Ahora, en su sueño, la estaba disfrutando de lo lindo. Ella pasó una pierna por encima de la cadera de Roberto y sus pelvis volvieron a juntarse, dejando su miembro pegado al de ella. Con los brazos se apretaban el uno al otro así que los senos de Teresa se chafaban contra el pecho de Roberto con fuerza. En sus bocas, las lenguas se cruzaban y de vez en cuando, ella le propinaba un ligero mordisco en el labio. Hacía calor. Ahora claramente sudaban.

Teresa, totalmente pegada al cuerpo de Roberto, aferrando su torso al suyo con los brazos y la cintura a la suya con la pierna, empezó a arañarle la espalda suavemente con sus uñas mientras seguía propinándole mordisquitos en los labios. Roberto se estremecía con cada zarpazo y debido a la excitación, blandía un témpano entre las piernas. No obstante, Teresa parecía entregada únicamente a arañarle y a morderle. Si antes, tras descubrir quién era la misteriosa acompañante de su sueño, ambos se habían entregado al placer de forma lenta, pausada y cariñosa, ahora la escena resultaba mucho más brutal. Los dos cuerpos excitados se estremecían: Él intentando penetrarla y ella entregada a desgarrarle la espalda con sus uñas. Los movimientos de Teresa, cada vez más salvajes, no permitían que Roberto, excitado como si fuera la primera vez, tuviera libertad de movimientos. Sin embargo, su mente volaba dispersa entre tanta estimulación y pronto desistió de intentar penetrarla. Con un movimiento rápido ella le tumbó boca arriba sobre la cama mientras seguía besándole y mordisqueándole, luego pasó una pierna por encima suyo colocándose, al fin, encima de él. Ahora, las manos de Teresa se aferraban a los hombros de Roberto ejerciendo fuerza hacia abajo mientras con la boca recorría su cara y cuello, besando y mordiendo. Extasiada, salvajemente excitada, igual que él.

Por circunstancias ajenas a cualquier explicación, pues era un sueño, Roberto era incapaz de abrir los ojos y solo recibía estimulación de su piel. Pero vaya estimulación. Aquel sueño era un torrente de información. Su cerebro se estaba dando un atracón de estímulos en la intimidad del sueño. De esta forma, todo transcurría en la oscuridad del que cierra los ojos y se deja llevar y Roberto notaba como los besos iban a menos mientras que los mordiscos, pese a seguir siendo placenteros sobremanera, iban in crescendo.

Uno de esos mordiscos, más furtivo y sorpresivo que los demás, fue a parar al pezón izquierdo de Roberto haciendo brotar lentamente unas ligeras gotas de sangre. Él gritó, pero no de dolor. Teresa, tras separarse inicialmente de la zona, volvió a aferrarse al lacerado pezón, ejerciendo succión sobre él. Acto seguido, los labios de ella se juntaron con los de él y se fundieron en un profundo beso impregnado en el metálico sabor de la sangre. Sin que se llegaran a separar los labios, Teresa se esforzó por atrapar el labio inferior de Roberto y cuando lo consiguió tiró de él hacia arriba. El labio se separó de la boca de Roberto, haciendo que la sangre brotara, inundando su boca y rebosando por la comisura de los labios. Ella se tragó el trozo de labio y volvió a besarlo y a succionar su sangre directamente de la boca de Roberto. Notó también como las uñas de ellas se clavaban en la piel y cuando tiró de las manos hacia abajo, la piel de Roberto se rasgó, mientras percibía como los dedos pasaban de costilla a costilla llevándose piel tras su paso. El grito quedó ahogado por la sangre y la lengua de ella, que se introducía en su boca una y otra vez. Ella luego agarró el labio superior de Roberto entre sus dientes y estiró hacia arriba, repitiendo la maniobra. Pero esta vez no consiguió desprender el labio de la cara de Roberto. No contenta con el resultado de este último movimiento, ella posó su boca en el cuello de Roberto, clavó los dientes con fuerza y, con más éxito que en la anterior intentona, arrancó una buena porción de piel. Roberto extendió los brazos y las piernas, estremeciéndose, como resultado de la impresión causada por la última caricia de la amante. El chorro de sangre que brotaba del bocado en el cuello de él fluía y encharcaba las sabanas blancas. Poco a poco Roberto notaba como se le empapaba la espalda primero y luego el cogote, mientras su sangre iba filtrándose por debajo de él y calando en el colchón.

Que Roberto estaba disfrutando ya no era tan evidente, pues su boca, manchada de rojo, inflamada y mutilada, era incapaz de mostrar la sonrisa que otrora poseía. Sus ojos seguían cerrados como por algún mágico efecto, sin embargo, tras el espasmo producido después del mordisco que había desgarrado las arterias y venas del cuello de Roberto, sus manos quedaron liberadas del sortilegio y se alzaron para coger la cabeza de Teresa, aferrándose con fuerza a los laterales de ésta. Roberto notaba las delicadas orejas de Teresa entre sus dedos. Colocó sus pulgares sobre las órbitas de los ojos de ella y con fuerza, presionó hacia adentro. Notó cierta dificultad inicial, pero tras incrementar la fuerza, apretando toda la cabeza de ella, ambos pulgares entraron íntegros dentro de la cabeza de ella a través de las cuencas oculares.

Negra sangre brotaba burbujeante entre los dedos pulgares y los agujeros de entrada a la cabeza de ella. Al retirar estos dedos un torrente de sangre de temperatura tibia bañó la cara y el pecho de Roberto. El sabor de la sangre, que antes resultaba metálico y potente, ahora rezumaba un toque agrio y viejo. La sangre recién vertida de las heridas de Roberto sabía como debe de saber la esencia de la vida, fuerte, cálida, densa e incluso atractiva. La vertida de las cuencas de los ojos de Teresa era grumosa y envejecida, como un producto caduco, que produce repugnancia de forma casi instantánea. Al notar la mezcla de sabores en sus papilas gustativas, Roberto pudo separar los párpados que antes permanecían unidos y abrió los ojos de forma espasmódica.

Primero no vio nada, pues sus ojos estaban anegados por la sangre de Teresa. Movió la cara y pestañeó fuertemente, haciendo que el líquido que le tapada los ojos cayera y despejará su mirada. Luego empezó a ver de nuevo. Lo que vio fue piel pálida salpicada por sangre, mucha sangre. Ésta era de dos colores, roja y negruzca, pues la suya y la de ella se mezclaban en torso y cara, creando contrastes imponentes en el blanco de la piel de Teresa. De los ojos de ella aun brotaba algo de fluido ennegrecido, pero era puramente testimonial comparado con la cascada que se había producido al reventar los globos oculares e impulsarlos hacia adentro del cráneo. Cómo un globo repleto de agua al reventar, toda la sangre había caído rápidamente sobre él y ahora, viendo la escena, ya solo goteaba. El cuerpo entero de Teresa permanecía inmóvil y las manos de Roberto aun permanecían aferradas a los laterales de la cabeza de ella. Sus dedos pulgares ya estaban fuera de los ojos de Teresa y lo que quedaba de ellos no era más que una argamasa oscura indiferenciable. Su boca permanecía entreabierta y las encías estaban enrojecidas por la sangre de Roberto. Pequeñas perlas blancas despuntaban dentro de ésta entre tanto rojo. Bien alineados los dientes, demostraban que Teresa tenía una buena dentición. La boca desgarrada de Roberto podía dar fe de ello.

Él la miraba a los ojos, como si aun existieran. Pestañeo de nuevo pues aun quedaban fluidos que le molestaban en los ojos y volvió a fijar su mirada en los negros agujeros de Teresa. Entonces fue cuando el velo calló de sus ojos. Como recuperando la conciencia de lo que había ocurrido y de lo que estaba pasando en ese momento, Roberto emitió un grito sordo, como si lo hiciera para adentro. Todo su cuerpo tembló y en los brazos la fuerza pareció desvanecerse. La gravedad hizo que el cuerpo de Teresa se abalanzara sobre el de Roberto y las cabezas se volvieron a juntar pero esta vez, provocando un tremendo asco a Roberto. Con un movimiento rápido empujó el cuerpo y lo apartó de encima suyo. Éste cayó como un pelele sobre un lado de la cama. Roberto se incorporó sobre la cama y delante de él vio su rostro reflejado en un espejo que estaba sobre los pies de la cama. Si antes estaba allí, Roberto no se había percatado de su presencia. Estaba a la altura justa para que, con el tronco levantado de la cama y apoyado sobre sus brazos, se viera reflejado desde debajo de los hombros hasta un palmo por encima de la cabeza. Primero no reconoció su rostro en la superficie del espejo, imaginando que era otro extraño el que miraba a través de una especie de ventana. Unos segundos después, Roberto reconoció sus facciones reflejadas en la superficie de cristal. Y Roberto volvió a gritar.”

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