Episodio XIII

Saltó del suelo como salta un gato cuando se le da un susto. Aun no se había percatado de que aquello había sido un sueño. Había sido tan real y se había quedado dormido de forma tan natural que Roberto aun se imaginaba dentro del sueño, buscando alguna referencia visual. Pero no encontró ninguna, pues volvía a estar sumido en la oscuridad de su trastero. Movió las manos desesperado y con fuerza, lo que no encontraba con la vista lo buscaba ahora a tientas con las manos. Roberto pensó que, al igual que él había aplastado los ojos de Teresa, ella podría haber hecho lo mismo con los suyos. Pero entonces ¿cómo era posible que se viera reflejado en aquel espejo? En ese momento su mano chocó violentamente contra las estanterías donde estaban las latas de bebida y algunos víveres, tambaleándose y produciendo un ruido espantosamente elevado. El dolor despejó su mente rápidamente y le proporcionó un punto de apoyo sobre el que aferrarse. Volvió a darse cuenta de dónde estaba realmente. Estaba en el trastero de nuevo. En verdad, jamás había salido de allí. Aquello había sido un sueño. Por suerte. Se tocó con ambas manos la cara, buscando heridas o restos de sangre, la mano que chocó con la estantería aun le dolía con locura cuando la dirigió en busca de su labio inferior, que aun seguía ahí. Resopló aliviado y pensó en fumarse un cigarrillo en honor a su labio no-amputado.

Eso fue lo que hizo. Lo encendió con avidez y éste no duró ni dos minutos entre sus dedos. La pequeña punta encendida, de un vivo color naranja, se tornaba más intensa con cada calada. Finalmente acabó el cigarro y el habitáculo del cuarto trastero se llenó con el aroma sucio del tabaco y el papel quemado. Seguía nervioso, muy nervioso, así que buscó una de las latas de bebida de las cuales aun quedaban bastantes y abrió una al azar. Cerveza o refresco. No le importaba demasiado. Pensó que agradecería tener suerte y que le tocara una de esas “refrescantes” cervezas a temperatura ambiente. Así fue. Una rica y deliciosa cerveza nada fría. No duró mucho en sus manos y pronto aplastó la lata con la mano y buscó otra. Seguía nervioso. Estaba seguro de que no quería un refresco de cola así que buscó en interruptor, lo encendió, localizó las cervezas hasta quedarse seguro de que sabría encontrarla a tientas y apagó la luz de nuevo. Esta cerveza duró algo más. Lo suficiente como para acompañarla con otro cigarrillo, con el que usó la penúltima cerilla. Y ya puesto, tras acabar con éste, acabó con la última cerilla disfrutando con largas caladas de ese cigarro. Una vez saciado de nicotina y sin cerillas, pensó incluso que podría dejar de fumar. Pocos minutos después lo descartó. El Fin del Mundo merecía alguna caladita más.

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