Episodio XIV

La cerveza hizo su efecto y Roberto agarró una de las latas de pintura que se encontraban debajo de la estantería. La abrió, de nuevo con gran esfuerzo, y orinó dentro de la lata. El olor a pintura se esparció por el cuarto trastero y se mezcló con el tabaco que aun flotaba en el ambiente, creando una atmósfera un tanto complicada de respirar. Tapó la lata de nuevo, intentando no tocarla demasiado pues no se fiaba de su puntería a oscuras. La volvió a su sitio y luego se secó las manos, por si acaso, en las toallas del suelo. Roberto estaba ahora algo más tranquilo, pero el sueño que le había perturbado durante las horas (indeterminadas) en las que se había dormido aun estaba presente en su memoria. Pese a las dos cervezas en ayuno que se había tomado, se encontraba lúcido e intentó centrar toda su atención en los oídos para identificar si realmente había alguien ahí fuera. Desde que se había despertado no había escuchado ningún sonido extraño, ningún terrorífico gemido, ningún grito desconsolado. Sólo silencio. En ese momento, tras confirmar que fuera no se podía percibir nada, Roberto pensó acertadamente que todos aquellos sonidos, todas aquellas elucubraciones febriles, no eran más que su propia imaginería mental, surgida de los nervios. Estrés Postraumático, quizá. No todos los días uno vive una situación como ésta. El estar en cierto estado de shock era algo comprensible, pensó Roberto, e intentó prevenirse de que otro arrebato descontrolado de desorientación y pánico era probable. Tendría que estar atento.

Ahora estaba más tranquilo, más relajado. Pero también era más consciente de que todo lo que había ocurrido era real. El médico que se arrodilló ante aquellos bultos era real. El bulto que se levantó del suelo y se unió al médico en la degustación era real. El cielo azul, despejado y desprovisto de los cientos de aviones que lo cruzaban a diario, era real. Y aquella mujer, atropellada y destrozada, que se arrastraba por el suelo desgarrándose las manos con cara de boba lobotomizada también era real. Sin embargo, él estaba allí. Encerrado en un trastero. En su propia burbuja de cemento, con una puerta de madera y cartón barata. Y eso era lo único que no era real, pues no podía estar allí metido eternamente. Si, afuera, una horda de zombis rabiosos y hambrientos deseaba limpiar sus huesos como los de un pollo asado, la puerta no opondría mucha resistencia. Que aquella puerta era una soberana mierda, también era real.

Tenía que asumir que sus horas dentro del trastero estaban llegando a su fin. Cogió una de las manzanas que había en su bolsa de víveres y la apuró a grandes mordiscos pese a que ya estaba algo blanda y había perdido la turgencia de días anteriores. Se percató de lo poco que había comido durante su encierro porque aun quedaban cosas en la bolsa que bajó de su piso. Aun había pan de molde y alguna manzana, y la bolsa de patatas a medio terminar ni la había probado. Tenía sed, necesitaba agua. Solo había bebido refrescos y cerveza. Sin contar con el whisky, que poco duró en sus manos. Roberto deseaba meter su cabeza bajo el agua y beber sin reparar en la cantidad. Empezaba a sentirse sediento y bastante sucio. Deseaba mojarse el pelo y que el agua le cayera por encima empapándolo, pese a estar en invierno. ¡Qué demonios! Deseaba incluso recrearse lavándose los dientes poco a poco.

Pese a que en su situación el tiempo tenía un valor relativo, pues había perdido la cualidad de notarlo pasar, Roberto permaneció un buen rato pensando en cómo debía afrontar su salida. Estaba seguro, pues también estaba más lúcido, que allí afuera no había nadie esperándolo. Sus divagaciones e incluso sus alucinaciones escuchando sonidos tras la puerta que no existían habían dejado paso a un estado de relativa calma mental. Relativa, por supuesto, ya que aun continuaba encerrado, a oscuras, sin saber bien qué hacer y con miedo, que le calaba hasta en los huesos. Sabía que ese estado de cordura en el que se encontraba podía durar un buen rato más, pero si no se alimentaba correctamente, ni bebía agua u otros líquidos menos adulterados y permanecía privando a sus sentidos de estimulación, éstos se volverían de nuevo en contra suya. Sentado en medio del pequeño trastero empezó a idear un plan de escape, nada detallado. Más bien un concepto general del qué y del cómo hacerlo.

Sin embargo, tenía que convencerse de que ahí afuera no había nadie. Era el momento de experimentar. Y para tal hazaña, lo mejor que podía hacer era un experimento. La luz. La solitaria bombilla colgando del techo. Esa bombilla no brillaba ya desde hacía un buen rato. Roberto no se atrevía a encenderla, pues igual algo de luz se filtraba por debajo de la puerta delatando su posición. Tenía que demostrar si eso era real y ahora francamente se decantaba más por el “no” que por el “sí”. Además, si encendía la luz podría buscar algún utensilio, algún objeto, que le pudiera ser de utilidad: un arma principalmente. Más bien algo que pudiera hacer las veces de un arma, maticemos.

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