Episodio XV

No lo pensó demasiado. Su mano se desplazó hacia la pared en la que debía de estar el interruptor y cuando sus dedos tocaron la fría pared, éstos empezaron a buscar el pequeño botón con ansia. Temía que durante el tiempo que lo buscaba, su cerebro se convenciera de que era mejor continuar así, a oscuras, un rato más. Tocaba y tocaba la pared hasta que finalmente notó el relieve y el cambio de textura en la yema de sus dedos. Lo accionó. La luz inundó la habitación cegando momentáneamente la vista de Roberto. Tras unos segundos, su mirada se acostumbró a la luz y pudo observar con toda claridad el antro en el que realmente se encontraba. Vio las toallas por el suelo, haciendo la función de una esterilla, eso le recordó lo mal que había dormido y de golpe, empezó a darse cuenta de que le dolía todo el cuerpo. Vio también algunas latas aplastadas por el suelo y junto a ellas, algunas colillas. En ese momento, al ver las colillas y los restos de ceniza se percató del olor rancio del tabaco. También vio la estantería, allí aun quedaban bastantes latas, unas cuatro de cerveza y cinco de refresco de cola. Debajo de la estantería estaban las tres latas de pintura. Los retretes móviles improvisados. Por suerte, hacían su efecto y el olor a pintura y la tapa debían ocultar el de sus propias defecaciones, pues no olía a mierda. En ese momento, Roberto empezó a pensar seriamente en lo absurdo de su encierro.

Se incorporó sobre sus dos piernas y se estiró la espalda durante un rato. Le dolía a rabiar cuando la forzaba. También notó el cuello tenso y en un intento de recuperar la movilidad, osciló la cabeza de lado a lado dando también algunas vueltas sobre el eje del cuello. Al acercar las manos a la cara notó también la incipiente barba, que le cubría bastante parte de la cara, pues Roberto no era precisamente barbilampiño. El afeitarse a diario no se prodigaba demasiado en él, así que el tamaño de su barba no le servía para ver cuánto tiempo podía llevar allí encerrado. Por lo menos no hasta que lo viera reflejado en el espejo.

Al encender la luz, Roberto tenía la sensación de haber abandonado un largo proceso de letargo y tras comprobar que su cuerpo, pese al entumecimiento general, estaba funcionando correctamente, posó su mirada en la puerta. La miraba fijamente, concentrándose en ella. Quería ver a través de ella o por lo menos escuchar a través de ella. Pasaron unos segundos. Nada hizo vibrar sus tímpanos. Aguardó un rato más. Sin novedad en el frente. Soltó aire, como si lo hubiera estado guardando durante todo el proceso de escucha y descolgó los hombros. Gestos de alivio.

Era el momento de buscar el preciado utensilio y Roberto recordó que tenía algunas herramientas allí en el trastero, encima de la estantería tal vez. Encontró la caja de cartón y alzando los brazos se hizo con ella. No pesaba demasiado para contener objetos de metal contundentes. Mala señal pensó. La abrió y efectivamente, en aquella caja encontró destornilladores, algunas llaves de pequeño tamaño, tuercas, tornillos y arandelas sueltas, un par de tenazas de calidad pobre y, sorpresa, un martillo. Sin duda ese martillo pesaba más que el resto de utensilios juntos y al cogerlo entre sus manos Roberto notó que le ardía la sangre. Obviamente no era la mejor baza contra zombis, pero qué más daba. Le subía la moral y con eso bastaba. Lo acercó hacia él y lo inspecciono para ver su estado. Un trozo de metal robusto unido a un trozo de madera, por lo visto bastante resistente, de un tamaño de unos treinta y cinco centímetros, con una parte plana para destrozar cráneos (o clavar clavos) y otra curva y acabada en pico para perforar cabezas (o sacar clavos). Como un samurai que recibe su nueva katana, Roberto empezó a blandir el martillo en el aire, emulando los golpes que asestaría a sus enemigos no-muertos, y al hacer oscilar la cabeza metálica del martillo de arriba a abajo, ésta se soltó del mango, saliendo disparada contra la puerta y cayendo luego contra el suelo. El estruendo producido al caer el trozo de metal en el suelo no fue nada comparable al tremendo sonido provocado por el impacto con la puerta. Amplificado por el aire y el cartón almacenados dentro, el sonido había sido grave y extendido y daba la sensación de haber llenado todos los espacios del pequeño trastero y, seguramente, también los del aparcamiento. Toma experimento. Si realmente había alguien o algo ahí fuera, sin duda acudiría a la fuente de aquel estruendo. Era infalible.

Para sorpresa y alivio de Roberto, nadie pareció acercarse a la puerta. Su cuerpo, congelado tras el golpe, empezó a moverse y se aproximó a la puerta. Como incrédulo por el nulo efecto del reclamo que había lanzado involuntariamente mientras hacía el gilipollas con el martillo, acercó la oreja a la puerta y la apoyó con sumo cuidado. Nada. Vacío. Allí afuera no se escuchaba nada ni a nadie. Obviamente, se había quedado sin su arma cuerpo a cuerpo, pero gracias a eso se convenció de que había llegado el momento de salir fuera. Ver qué se estaba cociendo fuera. Acabar con su encierro voluntario. Roberto se palpó los bolsillos de sus pantalones y allí estaban. Las llaves.

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