Episodio I

La puerta se abrió y la luz tenue del aparcamiento llegó hasta Roberto después de tanto tiempo. Tal y como había pensado Roberto después de su sobrecogedora y excitante pesadilla, allí fuera no había ni una sola alma. Ni su vecino Bernardo, ni la guapa Teresa, ni el hijo de los del cuarto. No había manchas de sangre ni de otros fluidos corporales o supuraciones que hicieran pensar en que en algún momento alguna criatura en descomposición hubiera pasado por allí. Todo estaba tan limpio como parecía estarlo cuando se encerró en su cuarto trastero. Roberto respiró aliviado.

Se había armado de valor para girar de nuevo la llave y abrir la puerta. No se había permitido darle demasiadas vueltas en su cabeza para evitar pensamientos intrusos sobre qué o quién le esperaba fuera y había hecho bien, pues ya se sentía lo bastante cobarde como para acabar volviendo dentro de su refugio, con el rabo entre las piernas. Dinamita para su autoestima. Sin embargo, sus pies aun no habían cruzado la imaginaria línea que proyectaba el marco de la puerta, la línea que dictaminaba el estar dentro o fuera del trastero, así que no quiso cantar victoria. La mano había girado la llave, pero el pie aun no se había movido. Permaneció quieto con la puerta abierta unos segundos, como para confirmar que realmente no había nadie. Tomó aire. Cruzó la puerta. Ya estaba fuera. Los coches permanecían en la misma posición, o eso le parecía a él, que cuando entró en el habitáculo dos, tres o cuatro días atrás. Se acercó lentamente y con paso algo indeciso a esos coches, mirando a izquierda y derecha, y pudo ver que todos los coches habían acumulado una ligera (ligerísima) capa de polvo sobre su metal y sus cristales. Pasó el dedo por encima de la luna de uno de ellos dejando un surco entre el homogéneo acabado polvoriento.

La temperatura allí abajo, en el parking, era más agradable de la que seguramente haría un piso más arriba, en la salida a la calle. Encerrado en el trastero, en algunos momentos había pasado algo de fresco, pero no demasiado. Incluso había dormido usando su jersey y algo de ropa con olor a cerrado como apoyo para la cabeza. Sin duda, tendría que subir a su piso y preparar algo de ropa de abrigo si quería salir fuera, a la intemperie y continuar con su vida. Mejor dicho: Empezar una nueva.

“¿Cuál era el plan ahora? ¿Qué se hace normalmente cuando todo el mundo parece desaparecer y le dejan a uno solo?” En eso estaba pensando Roberto cuando con su dedo dibujó la pequeña línea en el cristal delantero del coche de algún vecino, probablemente muerto. Supuso que el plan pasaba por subir a su piso, cerrar bien la puerta, beber agua hasta saciarse y pensar de nuevo en plan a seguir. Todo a su debido tiempo. Supuso, con muy buen criterio, que bien comido y bien bebido elaboraría un plan mejor. No obstante, para llegar a su piso tenía que subir los tres pisos que antes había bajado escopeteado. Se giró lentamente y allí estaba la puerta que comunicaba el aparcamiento con la escalera principal de su bloque. Una puerta blanca, metálica, con el típico fuelle que evita que se quede abierta aunque algún despistado se esmerase en ello. Jamás se había fijado tanto en aquella puerta. En otros momentos de su vida ese misero trozo de metal no había tenido ningún valor. Roberto estaba casi seguro de que ahora, esa puerta, pesaría mucho más.

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