Roberto llegó a la conclusión de que ahora las puertas le daban bastante miedo, “fobia a las puertas… ¡menudo estoy hecho!”. Nunca lo había visto de esa forma. Las puertas le separaban de las cosas que se ocultaban detrás. Antes de lo sucedido días atrás, Roberto no esperaba que lo que hubiera detrás de éstas fuesen vecinos caníbales. Ahora sí lo creía. Tenía la extraña certeza de que así iba a ser. Pero tenía que abrirlas si quería avanzar y si al hacerlo se encontraba con un grupo de pálidos zombis aguardándole, no tendría demasiado margen para maniobrar y escapar. Tenía las manos desnudas, ni una mísera arma que por inútil que fuera, le otorgaría algo de moral. Se sentía desprotegido y cagado de miedo. Contempló la opción de abrir la gran puerta del aparcamiento, por la que salen los vehículos, y salir directo a la calle, pero desechó esa alternativa ya que tendría que cubrir el triple de distancia que si subía por la escalera directamente.
Lo había decidido. Subiría por la escalera. No había más que hablar. Pensó que si detrás de la puerta metálica de acceso a la escalera le aguardaban más de cinco criaturas, volvería a cerrar la puerta rápidamente. Sí eran uno o dos, correría y si hacía falta los empujaría. Por lo poco que había visto antes de encerrarse, aquellos seres no podían catalogarse como especialmente ágiles. Esa era su ventaja. Si el número de seres era de tres o cuatro, improvisaría sobre la marcha. Esperó con todas sus fuerzas no tener que improvisar pues sabía que improvisar cagado de miedo suele dar lugar a catastróficas consecuencias. La peor de ellas, morir devorado por sus vecinos y eso no le hacía especial ilusión.
Respiró rápido para hiperventilarse un poco. Con suerte el oxigeno le envalentonaría un poco. Agarró el pomo de la puerta, flexionó las rodillas preparándose por si tenía que correr o embestir, giró su muñeca y tiró de la puerta hacia afuera.
Allí no había nadie.
Relajó las piernas y exhaló una larga y cálida bocanada de aire de sus pulmones. De nuevo, el cuento de la lechera. Se había creído todos y cada uno de sus peores pensamientos y por ahora, la realidad no había hecho más que descartar, una tras otra, todas sus catastróficas hipótesis. No obstante, Roberto prefería seguir así. Estaba en una situación totalmente nueva y no se sentía nada seguro. Si, por alguna casualidad, sus peores hipótesis se veían confirmadas, prefería estar prevenido. Aunque debía andarse con cuidado, pues esos pensamientos e ideas podían llevarle a acabar dejándose llevar por el pánico.
Roberto empezó a subir las escaleras y mientras avanzaba, intentaba estar atento a cualquier sonido, por pequeño que fuera. Cuando se encontró a la altura de la calle, pudo observar que el día era soleado, pues la luz entraba por las ventanas y por la acristalada puerta que daba acceso del bloque de pisos a la calle. No se paró a mirar, ni se asomó a la calle. El día, con seguridad, sería cálido. Siguió subiendo hasta el primer piso, y sin parar demasiada atención a las dos puertas por las que pasó delante, siguió subiendo hasta el segundo: donde se encontraba su piso. Una vez allí y delante de su piso, Roberto percibió que la puerta de entrada a su piso no era mucho mejor que la de su cuarto trastero. Un piso de alquiler, bastante económico. No podía esperar gran cosa. Nunca estuvo demasiado preocupado en los robos ¿Qué iban a robar? ¿Una Xbox? Roberto estaba seguro de que era el objeto de más valor en ese piso. Ahora mismo no era precisamente a los ladrones lo que Roberto más temía.
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