Al abrir la puerta principal de su piso un aire con un ligero olor a cerrado le golpeó la cara. Todas las ventanas estaban cerradas y se notaba que allí no había habido nadie durante bastante tiempo. El piso de Roberto no era grande en exceso, pero no estaba nada mal. En sus ochenta metros cuadrados (toda una ganga por el precio que pagaba) había sitio para un salón amplio con balcón, una cocina espaciosa, dos habitaciones y un lavabo donde cabían a la perfección muchos más lujos de los que poseía. En verdad su piso estaba a medio amueblar. Roberto tenía facilidad para posponer obligaciones y amueblar el piso completamente era una de esas obligaciones, tan y tan fáciles de posponer.
Cruzó la puerta y el pequeño recibidor y se alegró de ver toda la luz que entraba por la mampara corredera que comunicaba el salón con la espaciosa y alargada terraza y las cortinas. Esa luz iluminaba el no muy grande sofá del Ikea, iluminaba la mesa y las sillas que daban a sus cuatro lados (y que ya venían con el piso cuando lo alquiló), la pequeña librería barra estantería donde guardaba los libros que de vez en cuando disfrutaba leyendo y almacenando, así como películas y videojuegos. También iluminaba la televisión LCD de 32 pulgadas y su Xbox 360. El salón resplandecía con la fantástica luz de ese día y hacía que todas las superficies brillantes le deslumbraran. Se acercó a la mampara con los ojos entrecerrados por el exceso de iluminación y corrió totalmente las cortinas que tan cariñosamente le había confeccionado su madre. Y es que su madre no tenía precio.
Una vez echadas las semitransparentes cortinas, la luz bajó en intensidad y los ojos de Roberto se relajaron. Se acercó a una de las sillas que rodeaban a la mesa. Allí estaba su anorak preferido. “Ropa técnica, amigos”. Y en uno de sus bolsillos, su teléfono móvil. Miró la pantalla y advirtió que no tenía ninguna llamada perdida o mensaje, pero sí cobertura. Buscó el teléfono de su madre, de sus amigos, de su hermano y de Marta. Los llamó a todos, algunos dieron tono, otros no. Pero ninguno contestó a su llamada. Se sintió triste y algo decaído, pero nada sorprendido. En parte, ya estaba convencido de que ese iba a ser el resultado de las llamadas. Se sentía extrañado por la poca reacción emocional, pero no se preocupo. “Después de todo, no lo estoy llevando tan mal”, pensó mientras se dirigía a la cocina y agarraba uno de los pocos encendedores que debía tener. Palpó en los bolsillos el paquete de cigarrillos a medio terminar y sacó uno de ellos. Probó el encendedor mientras se dirigía a la terraza, con la intención de salir fuera a disfrutar del cigarro al aire fresco. Confirmó que funcionaba y cuando estaba saliendo de la cocina recordó lo sediento que estaba. Retrocedió unos pasos, agarró una botella de agua que guardaba siempre cerca de la nevera y luego bebió más de medio litro sin separar los labios del morro de la botella, sin reparar en el agua que le caía por la camiseta. El agua entró en su cuerpo fría y reconstituyente. Roberto lo necesitaba y tras acabar el largo trago se secó las gotas de agua que habían quedado en su cara con la mano, no sin antes emitir un alegre gruñido de autocomplacencia.
Cuando salió al balcón Roberto pudo notar que la temperatura era allí más fresca que en el trastero. El sol sin duda calentaba y allí en el balcón y bajo sus rayos, Roberto se quedó unos segundos disfrutando de los rayos ultravioleta de los que tanto se había privado en los días anteriores, mientras fumaba un cigarro. Allí, en su balcón. Roberto se sentía seguro, estaba a unos diez metros del suelo de la calle. Ningún zombi había saltado tan alto antes, pensó. Desde su terraza, orientada hacia la calle, podía ver los otros edificios de viviendas y cómo todo parecía haberse congelado en algún momento de la madrugada del fatídico día. Las persianas estaban bajadas, las ventanas cerradas. Algunas casas tenían aun colgadores llenos de ropa tumbados por el viento, o de pié, con la ropa tendida ya más que seca. Daba la impresión de que fueran las ocho de la mañana un tranquilo domingo, cuando nadie tenía intención de levantarse, aunque el sol ya brillara. Sin embargo el astro estaba alto en el cielo, debía de ser medio día, pero ¿qué día sería? Era una buena pregunta, sin duda. Había mirado el móvil, pero no con esa intención. Roberto pensó que era hora de conocer cuánto tiempo había estado encerrado.
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