Eran aproximadamente las trece horas de un jueves de aquel invierno. Por lo visto, había estado tres días encerrado en el trastero. Aislado de aquellas criaturas que había visto alimentarse de otros humanos, encerrado con sus propios miedos y divagaciones. Allí estaba ahora, en su balcón y fumando un cigarrillo como si no hubiera pasado nada. Pero sí que habían pasado cosas. Y tanto que habían pasado. Pese a que ahora se encontraba en una posición de expectante ambigüedad, sin llegárselo a creer del todo, la calma de ahí fuera, en la calle que podía ver ahora desde el balcón, indicaba claramente que las cosas no se podían definir como “normales”. Un jueves “normal”, a la una del medio día la calle sería bulliciosa, con niños volviendo de la escuela, llenándola de vida. La gente andaría de aquí para allá, unos con la barra de pan bajo el brazo, otros aparcando para llegar a casa y comer. Todos ellos cargando con su abrigo como un bulto, pues hacía un día perfecto para disfrutar de los rayos del sol en mangas de camisa. Sol del que ahora solo disfrutaba él, ya que este jueves, el primero de su nueva vida, ni las ramas de los árboles que adornaban la calle se dignaban a ondear al viento.
Las calles estaban abarrotadas de coches y Roberto entendió que aquel día, en la madrugada del lunes, nadie se había levantado para subirse a su automóvil e ir al trabajo. Entre las ruedas de tanto vehículo se acumulaba algo de escombro de la calle. En sus tres días de encierro, si uno se fijaba bien, podía empezar a ver cómo el universo empezaba a desordenar las cosas de nuevo. El desorden siempre entraba en escena cuando el hombre se despistaba en sus labores. Roberto pensó que de estar en otoño, la calle estaría ahora teñida del marrón caduco de las hojas de aquellos pelados árboles. Todo llegaría a su debido tiempo.
Tras pasar unos minutos en el balcón disfrutando de un cigarrillo, Roberto se puso en marcha y se dirigió al lavabo con la intención de darse una ducha y afeitarse. Sería un acto de renovación, más allá de cuidar su imagen, ya que en aquellos momentos pensaba que no sería necesario cuidar demasiado de su aspecto. Tenía ganas de limpiarse tras los tres días. Asearse le vendría bien. Antes de meterse en la ducha, abrió el agua de la pica y tras unos segundos la temperatura del agua empezó a subir. Bien, por ahora las cosas funcionaban como si nada hubiera pasado. Pensó cuánto tiempo pasaría hasta que las cosas como el gas o la electricidad seguirían funcionando. Recordaba haber visto algún documental, algo agorero, sobre ese tema. Quizá, si aun funcionaba Internet igual de bien que el agua caliente, se lo descargaría más tarde. Tras dejarse llevar un rato por sus pensamiento, inició el ritual del aseo tal y como había hecho tantas veces antes. Se miró en el espejo y comprobó el tamaño de su barba, que ahora oscurecía gran parte de su cara. Pudo observar que sus facciones se marcaban algo más en su redondeada cara y tenía unas impresionantes ojeras. La piel de Roberto, antaño morena, parecía haber palidecido bruscamente. Ahora sus oscuras y amplias cejas y la barba de tres días se marcaban intensamente en su rostro.
Invirtió media hora en ducharse y afeitarse. Tras limpiar la pica de los restos del afeitado, se lavó los dientes con saña y abundante dentífrico. Pudo identificar, tras mirarse al espejo desnudo un buen rato, que estaba un poco más delgado. Delgado o demacrado. No sabía muy bien si era una de esas cosas o ambas. Se puso unos tejanos limpios, así como ropa interior y camiseta. Por ahora bastaba, cuando saliera de casa ya se pondría una sudadera. El piso, a la luz del cálido sol, mantenía una temperatura idónea.
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21/11/2009 at 15:01 Permalink
Me esta encantado! Empeze a leerlo ayer, ya que lo vi en patatastraigo.com y espero con hambrienta ansia otro capitulo!
animo y enhorabuena!
DAV.
21/11/2009 at 22:37 Permalink
Gracias por los ánimos, seguiremos publicando no te preocupes! en breve caen unos cuantos capitulitos.
Saludos!!