Episodio V

No tenía intención de quedarse demasiado tiempo en su piso. Roberto quería salir e ir al piso de sus padres, tenía que ver si ellos seguían vivos o si por el contrario (y tal y como realmente pensaba) ellos ya estaban muertos. No quería pensar en ello, no le vendría nada bien perder los nervios en una situación así. Sabía que lo mejor que podía hacer era mantener la mente distraída y, por suerte para él, Roberto había descubierto que eso no se le daba del todo mal. Tal y como habían transcurrido los acontecimientos desde hacía tres días, Roberto tenía la sensación de ser el único hombre en kilómetros a la redonda y, aun así, no sentía desamparo ni excesiva desesperación. Pensó que mientras mantuviera su cabeza y su cuerpo activo, tendría alguna posibilidad de no acabar en la locura, o mucho peor, devorado por alguna de esas criaturas que parecían haber tomado el relevo del ser humano en la pirámide alimenticia.

Se dirigió a la cocina y abrió la nevera para ver qué había dentro. Ya no recordaba qué tenía allí guardado. Lo que encontró no le hizo demasiada gracia. Los tomates se habían empezado a pudrir, así como algunas hortalizas y una bolsa abierta de ensalada ya preparada que había empezado a generar hongos nada apetecibles. Cogió el cajón entero y lo vació en una bolsa. En la parte de arriba encontró más latas de cerveza y refrescos de cola que no le apetecían nada. Por suerte quedaba aun bastante leche y un brik sin abrir de zumo de melocotón. En el cajón donde guardaba los embutidos encontró algo de salami que parecía en buen estado. Con el embutido y con un trozo de pan más duro que un ladrillo, que tuvo que calentar previamente en la tostadora, se hizo un bocadillo que acompañó junto al zumo de melocotón, que bebió directamente del envase. Tras disfrutar del bocadillo, algo aburrido, pero delicioso en aquella situación, decidió ponerse en marcha. La casa de sus padres no estaba muy lejos de allí. En unos quince minutos llegaría caminando, pero supuso que no sería muy buena idea salir a la calle y exponerse de esa forma a los peligros que estaba seguro que acecharían. Aun recordaba a la mujer que atropelló cuando volvía de su último día de trabajo, para encerrarse tres días en el trastero. No le gustaría nada encontrarse a una de esas “personas” sin ningún arma o objeto con el que defenderse. Pensó que cuando volvió del trabajo tres días atrás, no encontró montoneras de coches abandonados saturando las calles e impidiendo la circulación, si acaso, alguno empotrado contra otros coches o muros. Los coches estaban bien aparcados, como si nada hubiera pasado, esperando que alguien los pusiera en marcha, cosa que no llegó a pasar. El coche sería una buena idea. Le daría seguridad y, de paso, le permitía darse una vuelta de reconocimiento para ver cómo estaba la situación. Eso le ayudaría a despejarse. Sobretodo si al llegar a casa de sus padres confirmaba la hipótesis a la que había llegado. Necesitaría un buen paseo y unos cuantos cigarrillos. El primer jueves de su nueva vida iba a ser un día duro ¡Oh sí que lo sería, sí!

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