Episodio VI

No quería salir de casa sin llevar un objeto que le ofreciera algún tipo de protección. Roberto pensaba que ir “armado” le daría algo de moral por si se encontraba algún zombi en el trayecto de su piso al coche y luego desde su coche al piso de sus padres. Obviamente, no iba a intentar usar esa arma a la primera de cambio. Simplemente Roberto quería estar seguro de que si la situación se ponía muy fea, podría tener cierta capacidad de respuesta. No obstante, en el piso no había nada realmente útil salvo algún cuchillo en su cocina. Se decidió por el más contundente de ellos. Un cuchillo de unos 25 centímetros de hoja. Era del Ikea, así que supuso que su calidad no sería excesivamente alta. Sin embargo, le serviría para salir del apuro, con él podría asestar un par de golpes y salir pitando. Cogió las llaves de su piso, las del piso de sus padres y las del coche, luego se puso su anorak. Al final no usó una sudadera. El anorak era de buena calidad y por algún motivo que Roberto desconocía, le hacía subir la moral. Quizá la forma y el color le conferían un toque militar. Quizá se sentía algo guerrillero con él. Quizá Roberto era un poco rarito.

Tampoco olvido los cigarrillos y esta vez no cogió cerillas sino un encendedor. Cuando se disponía a salir, se le pasó por la cabeza que el palo de la escoba le podría ser de utilidad. Igual con él podría empujar a uno de esos zombis si se los encontraba, manteniendo cierta distancia de seguridad. Pensó que no era, para nada, una mala idea. Incluso, en otro momento, podría ingeniárselas para confeccionar una rudimentaria lanza. Volvió atrás, hasta la terraza, allí estaba la escoba con su palo de madera. No quedaban ya muchas escobas con palos de madera así que Roberto se sintió afortunado por poseer una de ellas. No se fiaba nada de los tubos de metal de un milímetro de grosor. Por suerte, aquella escoba estaba ya en el piso cuando Roberto llegó. Con seguridad, sería el inquilino más antiguo del cochambroso piso. Desenroscó el cepillo del palo y reanudó su marcha, ahora con un palo de escoba en una mano y con un cuchillo del Ikea en la otra. No pudo hacer otra cosa que sonreír al imaginarse de esa guisa. Menudo héroe estaba hecho. “El último hombre sobre la tierra…” dijo, “…armado con su cuchillo y su palo” añadió, “… el guerrero definitivo”, sentenció. Era bueno mantener el sentido del humor. Mientras giraba el pomo de la puerta de su piso que comunicaba con la escalera, pensaba en lo cómico que resultaría si alguien le viera ataviado con tales objetos. Sin embargo, no creía que hubiera demasiadas posibilidades de que eso ocurriera.

Bajó las escaleras con bastante cautela. Un escalón tras otro, lentamente. Con el palo de la escoba orientado hacia delante, preparado para empujar con la punta de éste a quienquiera que se pusiera en su camino. No encontró a nadie en su camino hasta la calle. El silencio reinaba en aquella escalera y al salir a la calle pudo observar que lo mismo pasaba en la calle. Todo allí era calma. Desde allí abajo, la sensación aun era más extraña que desde su balcón. Incluso parecía oler diferente. El aire era fresco y húmedo e impregnaba los pulmones con su olor a limpio, como si no hubiera circulado un coche en días y los árboles hubieran hecho su humilde pero importante función de liberar oxigeno al doscientos por cien. Roberto supuso que así había sido. Sin embargo, el nuevo aroma de la calle hacía que todo resultara aun más novedoso, diferente. Eran las mismas imágenes, pero al mismo tiempo eran diferentes. Se notaba, se olía.

Caminó por la calle hasta donde había aparcado bruscamente su coche. Miraba constantemente de lado a lado, pero no titubeaba al avanzar. Su paso era rápido y firme. No vio nada, ni a nadie. Su coche, un turismo de tres puertas ahora con algo más de polvo sobre la chapa se abrió sin problemas haciendo el típico destello de intermitentes al darle al botón de apertura de su llave. Depositó el cuchillo y el palo de escoba en el lado del copiloto, sentándose él en el asiento del conductor. Al darle al contacto Roberto se fijó en que aun disponía de un poco menos de la mitad del deposito de gasolina. No era demasiado, pero Roberto estaba acostumbrado a ir siempre bajo mínimos. Para él, medio depósito era más que suficiente. Se consideraba un maestro en el arte de ahorrar combustible.

Cuando se puso en marcha el ruido del acelerador sonó más fuerte de lo que creía recordar. Entre tanto silencio, su coche parecía atronador.

Circulaba cautelosamente, parándose en los “ceda el paso” y los “stops”. Roberto no se percataba de ello y miraba en cada cruce, por si tenía que frenar su vehículo para dejar pasar a otro vehículo. Era más probable que tuviera que ceder el paso a un gato o a un perro. Antes de darse cuenta, Roberto estaba descendiendo la misma calle que había ascendido tres días atrás, cuando corría cual poseso para encerrarse en su trastero. No tardó demasiado en percatarse y en ese momento aminoró la marcha. Ahora estaba justo donde, días atrás, había atropellado a aquella mujer. La mujer a la que le había destrozado la cadera y vaporizado una rodilla y que, aun así, no cesaba en su empeño de apresar el bulto que se encontraba un poco más adelante y que posteriormente centró su atención en el mismo Roberto. Circulaba despacio. Había reducido a la segunda marcha y se dejaba caer por la poco pronunciada cuesta sin apretar apenas el acelerador. Se encontraba a unos quince metros de la mancha oscura de sangre y fluidos resecos y ennegrecidos que, visiblemente, pintaban el asfalto en la parte en la que aquella mujer había estado tumbada, intentando desplazarse con sus desgraciados brazos. Roberto estaba seguro que si se bajaba del coche e inspeccionaba la zona, encontraría alguna uña arrancada de los dedos que aquella mujer se había dejado al arañar insistentemente el asfalto. El bocadillo de salami se revolvió en el estomago de Roberto.

Sin embargo, el cuerpo no estaba. ¿Había conseguido finalmente aquella mujer arrastrarse fuera de la carretera? Parecía que sí. No obstante, Roberto no tenía la menor intención de pararse e inspeccionar la zona para cerciorarse. Las cosas estaban bien así. Él en su coche y aquella mujer destrozada y mutilada dónde quisiera que estuviera. Prosiguió con su cautelosa marcha, mirando de soslayo a los laterales, entre los coches aparcados que, estaba seguro, serían los mismos desde la última vez que pasó por allí. Bajo ellos, Roberto imaginaba que aquella mujer, que no anda sino repta, le contemplaba marchar cuesta abajo en su coche. Mirándole con aquella expresión aterradora de retrasado mental profundo.

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Un comentario en "Episodio VI"

  1. Serjon
    23/11/2009 at 14:20 Permalink

    El capítulo 7 no funciona!! En espera de más capítulos!!!! Muy bueno!!

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