Episodio VII

Pese a mirar por los retrovisores mientras bajaba poco a poco por aquella calle, no consiguió encontrar a aquella mujer mutilada. “Mejor así” pensó Roberto. Continuó con mucha calma, sin sobresaltarse en exceso. Todo estaba tan tranquilo como parecía antes, cuando Roberto estaba en su terraza contemplando la quietud de ese nuevo mundo. Sólo un coche empotrado contra otros cuantos, aparcados en un cruce en T, hacía intuir que algo no iba bien. Aquel coche parecía haberse precipitado directamente contra los coches que tenía en frente, como si el conductor se hubiese quedado dormido, o como si hubiera muerto allí mismo, con el motor en marcha. Sólo el muro de coches frenó el avance fúnebre de aquel coche. A Roberto le sobresaltó la idea de ir a confirmar su hipótesis. Quería ver si el conductor estaba allí, sentado, con el cinturón de seguridad puesto, como si tal cosa. Descartó la idea pues ya estaba a dos manzanas del piso de sus padres. No quería perder más tiempo.

No se imaginó que le costara tanto aparcar en aquella zona. En condiciones normales no le extrañaría dar un par de vueltas para encontrar un sitio donde meter su pequeño automóvil. Sin embargo, una vez llegado el fin del mundo Roberto se dio cuenta de que no había ni un solo hueco. Era como intentar aparcar a las tres de la mañana, cuando ya todo el mundo estaba en su casa y todo el pescado vendido. Mientras daba un par de vueltas a la manzana cayó en la idea anterior. También cayó en que no importaba donde dejara el coche: Ningún policía le multaría, nadie le increparía por cortar el tráfico. Roberto pensó que “tráfico” había pasado a formar parte del grupo de palabras que ya no tendrían demasiado sentido. Estaba seguro que con el tiempo iría encontrando otros términos que, como éste, habían perdido ya su significado.

Finalmente dejó su vehículo en el vado del aparcamiento del bloque donde residían sus padres. Aun sabiendo que nadie le increparía por ello, fue incapaz de dejarlo en medio de la calle. Aun no estaba preparado para eso. Metió el coche de cara, cortando gran parte de la acera ya que para eso sí estaba preparado, bajo del coche y cogió de nuevo su palo de escoba y el cuchillo del Ikea. Cerró el coche por acto reflejo sin reparar en que nadie le robaría ya la radio. El bloque de pisos donde vivían sus padres era un edificio compuesto a su vez por tres bloques, que formaban una especie de C, donde los balcones estaban orientados hacia dentro. En el centro de la C se encontraba un pequeño descanso con algunos bancos, un jardín con una milenaria palmera y una piscina de unos doce metros de largo que, sin duda, había causado envidias entre los vecinos de otros bloques. Roberto había crecido allí y hasta siete meses atrás, seguía residiendo allí. De su grupo de amistades, había sido el último en abandonar el cómodo seno materno. Conocía a todos y cada uno de los vecinos que vivían allí, los había visto envejecer al igual que ellos le habían visto crecer a él. Por esa razón, se conocía aquel edificio como la palma de su mano. Por eso ahora también se sentía tan extrañado.

Entró rápidamente, cruzando la puerta que daba entrada al recinto y que siempre estaba abierta. Pudo observar al entrar que casi todas las persianas y ventanas estaban totalmente cerradas. Era el aspecto que tenían normalmente a las seis de la mañana, cuando Roberto volvía de alguna de esas noches en que, saliendo a “tomar algo”, acababa “tomándoselo todo” y alargaba la hora de vuelta a casa lo más tarde posible, hasta que la caraja se le bajaba un poco, a veces ya despuntando el alba.

La puerta del primer bloque, donde vivían sus padres, estaba a unos quince metros de la puerta de entrada y Roberto los cubrió volando, mirando hacía arriba, intentando ver algún tipo de indicio de vida en las terrazas. No las vio. Abrió la puerta de la escalera y subió hasta el primer piso. El olor era familiar. Con las llaves en la mano, se dispuso a abrir la última puerta que le daría entrada al piso donde había vivido tantos años. No lo hizo automáticamente, se frenó, reflexionó y entre la maraña de pensamientos que estaban deambulando por su cabeza en ese momento sólo salió a relucir una acción concreta: Roberto acercó la oreja a la puerta y la pegó con fuerza a la madera lacada. Intuía que su intento por escuchar algo sería en vano y así fue. Nada perceptible detrás de la puerta.

Finalmente la abrió y un sobrecogedor olor a putrefacción le asaltó, haciéndole retroceder un paso atrás. Se tapo la cara con una mano y se preguntó qué era lo que podía oler tan horriblemente mal. Todo estaba muy oscuro. Algo de luz entraba por los ventanales de la cocina y aun así la oscuridad predominaba pese la hora. Debían de ser las cuatro de la tarde, incluso más tarde. Recogió el palo de la escoba, su majestuosa lanza, que había dejado apoyada en la pared para taparse la nariz, y entró poco a poco. Accionó el interruptor para iluminar el salón pero no hubo respuesta. Probó con el interruptor de la cocina con el mismo resultado. La cocina y el salón eran las primeras zonas de la casa a las que se accedía cuando entrabas en el piso. Las habitaciones, a las que ahora Roberto tenía algo más de respeto, estaban situadas al fondo. Volvió atrás en sus pasos, hasta el cuadro de plomos y observó que éstos habían saltado. Los colocó de nuevo en la posición adecuada y se alivió al ver como la luz volvía al accionar los interruptores. Imaginó que el causante del pestilente olor podrían no ser los cadáveres putrefactos de sus padres, así que se propuso comprobar primero esa hipótesis. Se dirigió a la cocina y al entrar en ella, resbaló en el suelo y cayó de espaldas sobre el suelo. El cuchillo voló por los aires cayendo varios metros hacía el fondo. Lo propio hizo el palo de la escoba. Pudo comprobar con sus propios huesos lo duro de las baldosas y al apoyar las manos en el suelo para incorporarse entendió la causa de su aterrizaje. El suelo estaba mojado. Un charco maloliente de agua surgía de debajo de la nevera, la cual había dejado de funcionar tras el apagón y todos sus alimentos se habían descongelado y posteriormente podrido. El pensar que estaba tendido sobre un lecho de agua pútrida le hizo intentar levantarse rápidamente. Había sido una caída más aparatosa que dañina. Tras un par de resbalones y posturas absurdas producidas por la falta de adherencia de la suela de sus zapatillas, consiguió incorporarse. Sabiendo lo que se encontraría, Roberto abrió la puerta de la nevera y un fulgor de cálida pestilencia casi le hace caer de nuevo al suelo. No tardó ni un segundo en cerrar definitivamente la puerta.

Pese a haberse empapado en aquel oloroso fluido, se sintió aliviado de que fueran las chuletas, las verduras y todos los demás alimentos anteriormente congelados y no sus padres, los que emitían aquel nauseabundo olor. Recogió sus “armas” y salió de la cocina, algo reconfortado. Entró un poco más adentro en el piso con paso firme pero cauto, dirigiéndose a la habitación de sus padres, pues sus suelas aun estaban mojadas. Cuando la puerta quedó a la vista, vio que ésta estaba cerrada. A mano derecha quedaban su antigua habitación y al lado de ésta la que en su día ocupó su hermano. Enfrente estaba el servicio, a su izquierda, la única puerta cerrada, la del dormitorio de sus padres. El alivio que había sentido mientras recorría los metros que separaban la cocina del dormitorio se diluía a medida que iba entrando más y más en el piso. Sumándose al olor de los alimentos en descomposición y al propio olor a cerrado que exhumaba el piso, allí frente la puerta, se podía intuir un tercer olor, dulzón y macabro, parecido pero muy diferente al que había percibido en la entrada. Aquello no pintaba nada bien.

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Un comentario en "Episodio VII"

  1. DAV
    24/11/2009 at 12:03 Permalink

    uff… o no estan en casa…. o mejor que Roberto no tenga mucho reparo en hacerles un favor a sus padres.

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