Episodio VIII

Se abrió la chaqueta, que por suerte era impermeable y no había permitido empapar la camiseta de sucia agua y se colocó el cuello de la camiseta por encima de la nariz. Pretendía tapar el hedor aunque dudaba de la efectividad del truco, tan efectivo a la hora de confrontarse contra los pedos. Volvía a estar tenso, sus manos sudaban y su espalda también. Abrió la puerta con la mano en la que sujetaba el cuchillo y la intensidad del asqueroso hedor subió desmesuradamente, aun cuando la puerta no estaba más que entornada. Retrocedió un paso sin soltar el mango de la puerta y miró hacia adentro por el hueco que mostraba la puerta medio abierta. Estaba oscuro. Algo de luz entraba por entre las rendijas de la persiana, pero no hacía más que dibujar pequeños rectángulos amarillos asimétricos en las cortinas. Sus pupilas empezaban a aclimatarse a la falta de luz y poco a poco se dibujaban formas delante de él. Notaba el corazón desbocado en su pecho. Su cerebro se puso en marcha. Emociones y pensamientos empezaron a correr de hemisferio en hemisferio. Era imposible centrarse en uno de ellos, pues todos parecían luchar por ser los primeros en emerger. Pero Roberto vio claro que si no cortaba por lo sano, acabaría inmediatamente desquiciado, histérico, llorando y gritando. Ya notaba los ojos llorosos. “¡Joder son mis padres!, ¡joder son mis padres!, ¡joder son mis padres! ”. Su respiración era vertiginosa. Empezaba a ver ciertos contornos en la oscuridad. Roberto no notaba como su puño ejercía más y más fuerza sobre el pomo de la puerta mientras la aguantaba medio abierta. “¿Un cuerpo sobre la cama?” pensó Roberto, pues los relieves sobre la cama solo formaban una única ondulación. “¿Dónde está el otro? ¿Dónde está mi madre?” Estaba totalmente contrariado y tan confuso que perdió el control de su mano derecha, la que sostenía el cuchillo. Ésta se abalanzó contra el interruptor en un acto reflejo, encendiendo las luces de la habitación.

Un leve grito sordo salió de su boca, como una mezcla de sobresalto y pavor. En el tiempo que sus retinas se empapaban de luz, su cerebro envió de nuevo la señal a su mano, apagando de nuevo la luz. La puerta se cerró de nuevo con un sonoro golpe y la mano de Roberto, que había saltado del interruptor al pomo con extrema agilidad sin soltar el cuchillo, agarraba ahora los dos objetos con fuerza, como esperando que una criatura de fuerza sobrehumana arrancara la puerta tirando de ella hacia adentro.

Sólo un cuerpo sobre la cama. Un cuerpo enredado en sábanas y mantas manchadas de un rojo apagado, como de sangre seca por días. No estaba en el centro, sino colocado en un lado de la cama. Un lado que Roberto sabía quien solía ocupar. El cuerpo era irreconocible y si no fuera por la morfología, que indicaba que lo que estaba sobre la cama poseía piernas, brazos y cabeza, Roberto hubiera dudado sobre el qué y no sobre el quién estaba ahí. Entre tanta costra, sangre seca y manta acartonada por los fluidos secos era realmente difícil diferenciar entre un perro de gran tamaño y un ser humano. La cama, de un metro ochenta de largo y uno y medio de ancho, estaba prácticamente teñida de marrón en toda su extensión. En la pared, Roberto vio manotazos del mismo marrón oscuro, así como gotas y salpicaduras. En el momento que se hizo la luz dentro de la pestilente habitación, Roberto creyó vislumbrar cómo una multitud de moscas alzaban el vuelo sobresaltadas. Destapando vísceras y piel desgarrada. Pero no estaba seguro ¿Cuánto tiempo había estado la luz encendida? ¿uno, dos segundos? Puede que incluso menos. Para él había sido un pestañeo y no se quería fiar de lo que había visto. A veces el cerebro es un mal amigo y va más allá en las imágenes que muestra.

Sin embargo no fue el irreconocible cuerpo semi-descompuesto y cubierto de moscas, ni la cama totalmente inundada por fluidos ahora secos y asquerosos, lo que había mandado la señal de alerta. Realmente lo que había hecho saltar su mano de nuevo al pomo de la puerta había sido una extraña figura, situada al final de la habitación, en la esquina más alejada de la puerta, parcialmente oculta por la cama. Un objeto de un metro de alto, teñido del mismo color acre y casi uniforme. Otro bulto sucio y pestilente. Una persona acurrucada en una esquina, dándole la espalda, inerte y familiar. Aterradoramente familiar y posiblemente no tan inerte. Sabía su nombre y por deducción sabía también el de la otra persona, pero notaba un nudo en sus nervios que no permitía que pasase ni una emoción más de las que ya estaba sintiendo. Roberto había superado su cupo de emociones por segundo y éstas tenían que hacer cola, esperando su momento para emerger a la superficie. En cuanto a emociones, el miedo suele tener preferencia y en ese momento Roberto tenía mucho miedo.

No sabía cuanto rato llevaba agarrando la puerta con fuerza. Estaba sudando de la tensión. Su espalda estaba ahora mojada y fría mientras que su vello se había erizado prácticamente por todo su cuerpo. Primigenios mecanismos de defensa, sin duda. Puramente automáticos. Tomó conciencia de que nadie iba a arrancar la puerta y relajó la fuerza que estaba ejerciendo sobre el pomo. El mango del cuchillo, que Roberto estaba sujetando a la vez que el pomo, había dejado ya su marca en la palma de su mano. Habían desaparecido todos los pestilentes olores, no había ya nausea. En ese momento Roberto estaba lejos de allí, aunque su cuerpo siguiera aguantando la puerta. Su mente viajaba a la deriva y cuando paraba de zozobrar sólo una pregunta emergía a la superficie ¿Quién es esa persona? Sabía la respuesta, porque aquello en algún momento había sido su madre. Pero ahora ¿quién era esa persona?

Quería huir, pues ya tenía la respuesta que había venido a buscar al piso de sus padres. Sus padres estaban muertos. Su padre, por lo menos, estaba bien muerto. Estaba seguro que las moscas y los gusanos estaban dando buena cuenta de él. Pero no podía desaferrarse del pomo de la puerta. El cuchillo, el pomo y su mano eran uno. Como si un tercero tomara el control sobre Roberto, la mano empezó a girar de nuevo la manecilla del pomo. La puerta se volvería a abrir. La parte de Roberto que no se creía todo aquello había tomado el control. No podía ser: el olor indicaba que, efectivamente, sus padres estaban muertos. Pero su parte racional le decía que volviera a mirar y que en la cama vería no uno sino dos cuerpos, descansando sobre la cama, que sin duda sería de cualquier color excepto el rojo parduzco de la sangre seca que antes creyó ver. Podía creer muchas cosas sobre los demás, pero su madre… su madre no podía ser un zombi.

Sigue leyendo » Episodio IX;

No hay comentarios en "Episodio VIII"

Deja tu comentario

XHTML TAGS:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Subscribe to Comments