Episodio XI

Se enjuagó la cara en la ducha de la piscina y se frotó las manos con insistencia bajo el chorro de agua helada. No quería salir ardiendo justo en el momento en que las llamas hicieran aparición. Eso no estaba dentro del plan. Así que se lavó aplicándose con ganas aunque solo fuera con agua. El pantalón y el sol se repartieron las tareas de secado de las manos de Roberto y pese a la persistencia a la hora de dejar el agua correr, el olor a gasolina permanecía en sus manos. No obstante, supuso que sería suficiente para evitar que aquellos restos se encendieran al prender el encendedor en el momento clave.

Había dejado el cuchillo y el trozo de manguera en el coche. Ahora no los necesitaba. Sí que cogió el palo y la botella con casi un litro de gasolina en su interior. También había cogido una gamuza que tenía en el coche con la que solía limpiar el salpicadero de polvo cada seis meses como poco. Pensó que no la echaría demasiado de menos.

Sus pasos le llevaron de nuevo a la entrada del piso de sus padres y antes de entrar se puso la camiseta de nuevo por encima de la nariz. No tenía ganas de volver a notar aquel intenso olor a descomposición conjunta y sin duda, ahora el olor de la gasolina echaría una mano. Abrió de nuevo la puerta y no pasó del recibidor. Seguía oscuro y no se escuchaban gemidos ni arañazo alguno. Sin duda aquella criatura, que no podía recibir el nombre de “madre”, no había conseguido abrir la puerta. Roberto tampoco tenía intención de ponerla a prueba, se quedaría allí. No creía necesario avanzar más adentro. “¿Para qué?” Pensó, “para lanzar un coctel molotov no necesito acercarme más”. Y era cierto, desde el recibidor podía ver la zona, a oscuras, donde convergían las puertas de robusta madera de los dormitorios y el baño, las cuales Roberto esperaba que ardieran y crepitaran con ganas. Lo que no era del todo cierto era que lo que Roberto tuviera entre manos fuese un coctel molotov. Aquello era más bien una versión barata y mal elaborada del conocido y revolucionario coctel. Manipular aquello iba a ser arriesgado, la botella estaba empapada de gasolina no solo por fuera y era de plástico. No se fiaba un pelo. Sería rápido, de eso Roberto no tenía duda. Más le valía serlo. Con un lado de la gamuza limpió la botella por fuera, acto seguido, introdujo el lado que había sido usado por el cuello de la botella hasta que éste empezó a empaparse lenta pero progresivamente con la gasolina de dentro. Roberto siempre se había fascinado con la habilidad de los fluidos para escalar y subir en dirección contraría a la fuerza de la gravedad cuando éstos se ponían en contacto con una tela o un papel, pero en ese momento no hubo fascinación alguna. La gasolina subía por el trozo de tela, mientras Roberto se aseguraba de que quedara un buen trozo fuera de la botella. Estiró de una punta de la tela y la alejó del plástico, metió su mano en un bolsillo, sacó el encendedor y prendió esa punta con cierto temblor de manos del cual, en ese momento, no era en absoluto consciente.

“El espíritu de Mcgyver. Menuda posesión” pensaría más tarde. Pero no ahora. Era el momento de la acción, del movimiento. El tipo de cosas que tenían ocupado a Roberto en ese preciso instante son el tipo de cosas que hay que pensarlas antes o después, no mientras. “Hazlo o no lo hagas, no dudes” y en su mente volvió a aparecer la cara achicharrada de Freddy Krueger.

Esperó unos segundos que parecieron eternos hasta que Roberto pudo confirmar que la gamuza había prendido bien y no se apagaría en el lanzamiento. Cuando la llama creció bajo la mirada de Roberto, éste realizó el lanzamiento de su vida. La botella salió disparada de su mano con fuerza pero con delicadeza para evitar un desastre y se estrelló contra la puerta del lavabo que quedaba enfrente de él. Para cuando la botella cayó salpicando en el suelo, el trozo de tela fibroso y empapado ya ardía con vigor. Antes de que la botella dejara de rebotar y moverse en el suelo, el contenido del interior se inflamó y se produjo una ligerísima explosión, casi imperceptible, y la gasolina ya ardiente se propagó por el suelo creando un lecho de fuego mucho más perfecto de lo que Roberto hubiera esperado. Se sorprendió y maravilló del resultado al mismo tiempo. La puerta del lavabo ya ardía por efecto de la gasolina y pronto el fuego se alimentaría de la madera. Pronto otras puertas y objetos se unirían a la fiesta. El resultado había sido excepcional. Matrícula de Honor para Roberto en manufacturación de cócteles improvisados.

Mientras el fuego brillaba en sus retinas, Roberto recordó un libro que había leído años atrás. Era de Ray Bradbury y le sorprendió lo acertadas que resultaban algunas de las frases que el protagonista, Montag, afirmaba sobre el fuego. El fuego, iluminando la oscuridad del piso, resultaba totalmente hipnótico. Purificador. El libro era Fahrenheit 451. Cuando recordó el final del libro Roberto se asustó. Por la espalda le recorrió un calambre y salió corriendo del que ya jamás volvería a ser el piso de sus padres.

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