Cuando llegó fuera el fuego aun no hacía más que intuirse por la ventana del lavabo, que daba justo hacia el lado de la calle en el que Roberto estaba. Desde la pequeña ventana se podía vislumbrar una ondulación leve de color anaranjado que resaltaba en la oscuridad. Desde su posición Roberto no creyó estar en peligro, sin embargo, decidió apartar el coche un poco más, por si las moscas.
Así lo hizo. Se subió al coche y notó el fuerte olor de la gasolina. Habían bastado unas pocas gotas sobrantes que quedaron en el trozo de la manguera para empapar el asiento y desprender el olor. No le importó, le gustaba ese olor. La calle donde vivían sus padres no era muy larga, de una punta a otra debían de haber unos sesenta metros, así que encendió el coche y lo condujo unos veinte metros, dejándolo sobre el paso de cebra por el que ya no pasaban viandantes. Recorrió de nuevo esos veinte metros en sentido contrario a pie y para cuando llegó a la altura del piso, las llamas ya iluminaban de naranja intenso la ventana cerrada del lavabo. El humo se escapaba ya desde la ventana y pronto tiznaría la pared exterior.
En la acera contraria al piso de sus padres, había un edificio que delimitaba con la acera mediante un pequeño murete de tochos de un metro y medio de alto. Detrás del muro había una pequeña terraza vacía y la entrada a un bajo que en tiempos anteriores había sido un bar, una peluquería y otro negocio, que ha Roberto siempre le había parecido algo clandestino. Ningún negocio prosperó y ahora no era más que un inútil local abandonado. Roberto pensó que, con un poco de trabajo, hubiera sido un bonito loft. Se dirigió hacia el muro, apoyó el palo, del cual se había encariñado y no se deshacía, y se impulsó con los brazos en lo alto del muro para subirse a éste. Se sentó con las piernas colgando y se olió las manos. Ya no le parecía que olieran tanto a gasolina. Se palpó los bolsillos y finalmente encontró el paquete de cigarrillos. Se encendió uno y cuando se terminó se encendió otro. Aún le quedaban siete.
No estaba nada nervioso. Fumaba su cigarrillo, miraba al cielo y de vez en cuando miraba en dirección al piso de sus padres. Desde allí tenía una visión privilegiada del espectáculo. Cada vez el naranja era más intenso. Durante un momento en que Roberto estaba abstraído mirando al cielo escuchó un crujido de cristales, volvió su mirada hacia la ventana y pudo observar que las llamas ya salían de adentro con fuerza. El cristal había estallado por la diferencia de presión y pronto estallarían otros. Mientras las llamas avanzaban Roberto se vanagloriaba del resultado de sus acciones. Aquella criatura debía estar ardiendo de lo lindo. Seguramente el fuego ya se habría extendido a otras habitaciones, incluso al salón. Solo tenía que esperar, el fuego iría avanzando, consumiría todo lo que almacenara energía y aquellos odiosos seres arderían en el infierno.
El fuego seguía extendiéndose. Los cristales fueron reventando y las llamas se hacían más y más grandes. El humo era considerable. Negro y muy opaco, se alzaba hasta el cielo, contrastando con el azul intenso que poseía ese día. Ese fuego se propagaría a otros pisos. No había duda. Roberto empezó a darse cuenta de ello. Cierta duda empezó a cobrar fuerza dentro de él. Su venganza, de la que estaba tan orgulloso ¿se le iba a escapar de las manos?
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01/12/2009 at 10:13 Permalink
Solucionados los problemas en la publicacion! disculpen las molestias!!
01/12/2009 at 15:39 Permalink
al fin y al cabo tiene mucho que vengar!!