Episodio XIV

Roberto, mientras divagaba otra vez entre pensamientos, notó como una onda de aire ligeramente caliente le golpeaba la cara mientras los tímpanos le estallaban en la cabeza. El sobresalto fue mayúsculo. Su cuerpo se contrajo y pegó un ligero salto mientras permanecía sentado en el muro. Perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, más por el sobresalto que por la onda expansiva. Cayó por detrás del muro, con las piernas mirando hacia arriba. Su espalda impactó contra el suelo y posteriormente fue su cabeza la que golpeó contra el suelo produciendo un sonido compacto y sordo. Debido al golpe, Roberto perdió la conciencia y se quedó postrado en el suelo, oculto detrás de aquel muro. Allí permaneció por horas, en su mundo interior, desconectado, con una pequeña brecha en la cabeza y en una postura nada cómoda.

Cuando despertó ya estaba oscureciendo ¿Cuántas horas había permanecido allí tendido? ¿Tres horas, cuatro? El sol ya se había ocultado y debían faltar minutos para que el cielo se tornara totalmente negro. Roberto intentó incorporarse y pudo notar como le crujían las articulaciones. La espalda le dolía a rabiar debido al golpe y las piernas estaban algo entumecidas seguramente por la postura, nada natural, en que habían quedado tras caer del muro. Finalmente se puso en pie, con bastante dificultad. No entendía nada. Se apoyó en el muro, con la cabeza gacha y la movió como intentando despertar de una molesta siesta, intentando recuperar el estado de vigilia. Con el movimiento, la cabeza le empezó a zumbar, como si le hubieran metido el cerebro en una túrmix. Apoyó una mano en el muro para afianzar su equilibrio y se llevó la otra a la cabeza. Roberto notó algo en su pelo, aun bastante corto. Había como arenilla, algo húmeda, pero sin duda secándose ya. Miró su mano y pudo ver como ésta estaba manchada por sangre seca, coagulada, de color oscuro. Extrañado, se volvió a palpar la cabeza. Tenía gran parte del pelo manchado por su sangre y en la parte de atrás de su cabeza notó un chichón bastante grande con una costra de sangre aun algo fresca. Al tocar el golpe, notó una punzada de dolor. Se miró la mano extrañado, ahora más sucia de sangre. Empezó a notar un ligero y continuado dolor donde había localizado el chichón en su cráneo, como si éste no hubiera existido hasta que Roberto se percató mediante el tacto de que, en efecto, allí estaba.

Roberto estaba desconcertado, confuso y desorientado ¿Qué hacia allí? ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? Levantó la cabeza y miro más allá del muro. Pudo observar el edificio donde residían sus padres y lo identificó rápidamente. “Bueno, por lo menos no he perdido la memoria” Pensó, ironizando Roberto. Sin embargo, no recordaba por qué estaba allí. Tampoco recordaba cómo y por qué el edificio estaba destrozado y ennegrecido, habían cascotes en la calle, que habían salido propulsados por la pequeña ventana del baño, la baranda del balcón estaba retorcida y deformada y los trozos de pared y mobiliario habían salido disparados a diversos metros, rompiendo incluso algunos cristales de los coches que estaban aparcados en la acera. Era una escena dantesca. Desde su posición, Roberto no podía observar el destrozo en toda su extensión, pero había pistas que le indicaban que allí había ocurrido algo bestial. Como si parte del edificio hubiera ardido y explotado. Más concretamente, como si el piso de sus padres hubiera ardido y explotado.

Ya no había fuego, ni tampoco humo. La explosión había consumido el oxigeno, apagando así las llamas. Aunque Roberto aun no lo había podido observar en toda su extensión, ni comprendido el por qué, la bombona de butano de la estufa se había calentado y explotado en el salón. La energía de la explosión había sido canalizada por las paredes más fuertes del piso hacía la cristalera de aluminio que daba salida al balcón. Ésta no había aguantado la presión, cediendo finalmente frente a la onda expansiva y las llamas, destrozándola y catapultándola estrepitosamente hacia el centro de la comunidad, cayendo finalmente en la piscina. Parte del mobiliario del salón y trozos de paredes menos resistentes habían sufrido la misma suerte quedando finalmente desperdigados por la zona central que formaban los tres edificios en forma de C. La pared frontal que daba al balcón, así como el muro que separaba el salón del dormitorio de sus padres habían desaparecido. Aquello parecía una simulación tragicómica del mítico edificio de la calle “Rue del Percebe 13”, que tanta gracia hacía a Roberto en los clásicos cómics “Súper Humor”. Todos los cristales del edificio que quedaba delante estaban prácticamente destrozados, seguramente por efecto de la onda expansiva o por la metralla resultante de la explosión. El edificio de en medio no había recibido prácticamente daños. Roberto había notado una ligera parte de la detonación ya que la pared exterior lateral había amortiguado la explosión. Sólo algunos trozos de ennegrecida metralla habían salido disparada por la pequeña ventana del baño, junto con el chorro a propulsión de aire caliente que le había hecho caer de espaldas del muro.

Pese a que Roberto en ese momento no entendía nada, había sido afortunado de salir tan bien parado. Si hubiera estado en cualquier otro sitio en el momento de la explosión, podría haber salido achicharrado, propulsado por la onda de aire o golpeado por algún mortal cascote. Sin embargo, miraba el edificio como el que observa la última tropelía de un loco pirómano. Aterrado y fascinado por el desastre. Sin saber aun que el pirómano era él.

Sigue leyendo » Episodio XV;

Un comentario en "Episodio XIV"

  1. DAV
    04/12/2009 at 15:20 Permalink

    !!!espabila!!! que se te van a merendar!

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