Aun estaba detrás del muro, de pie justo donde su espalda había topado con el suelo y justo donde su sangre había manchado el suelo. Miraba los restos del piso de sus padres sin entender. Saltó el muro con cierta dificultad, dio unos pasos y pudo comprobar que le costaba caminar recto. Estaba algo mareado y le dolía la cabeza. En el suelo, a unos metros había un palo de madera. Se acercó para cogerlo pues pensó que sería buena idea un tercer punto de apoyo. Roberto tenía que reconocer que no se encontraba en plenas condiciones. Al agacharse para cogerlo, alguna conexión en su cerebro debió reactivarse y recordó que ese palo era suyo. Era el palo de su escoba.
Había cogido ese palo para usarlo como una extensión de su cuerpo, para empujar, apartar o golpear… zombis.
Roberto lo había olvidado. La conmoción había conseguido hacer olvidar a Roberto la situación en la que estaba, en qué se había convertido su mundo, pero un palo de escoba había conseguido hacerlo volver a la realidad ¿Pero por qué había ardido y explotado el piso de sus padres? Tres segundos más tarde lo recordó, con el palo de nuevo bien aferrado en su mano y apoyado en el suelo como un bastón. Había sido él. No le costó reconstruir la escena. Ahora no. El bloqueo que antes obstruía su pensamiento se había quebrado por el golpe. Había sido él. Él había ido a ver a sus padres sin ninguna esperanza de encontrarlos vivos y así había sido. Entró en el piso, maloliente por la descomposición y comprobó que, efectivamente, no quedaba nadie vivo en él.
Pero sí quedaba alguien. O algo. Su madre. “Eso”. Esperaba agazapada en la habitación. Como aguardando en una esquina a tener más hambre para roer alguna de las escasas partes blandas sobrantes en la osamenta del que fue su marido. Pero había encontrado algo mejor que la poca carne que quedaba en el expositor de encima de la cama.
¡Oh! y tanto que lo había encontrado.
Carne fresca había asomado por la puerta y luego la había cerrado de nuevo. No importaba el cómo o el por qué. Era carne fresca. Había aparecido tras un fogonazo de luz y había vuelto a desaparecer en cuestión de segundos. Pero no había duda de ello, algún tipo de instinto no-muerto se lo decía. Con desplazamiento lento y dificultoso había avanzado hasta la puerta, movido por una oscura motivación y cuando había conseguido acercarse lo suficiente a la puerta, ésta se había vuelto a abrir dándole en los morros, haciéndole trastabillar y cayendo al suelo, del que le costó un buen rato levantarse.
Y cuando se levantó aguardó otra vez, quieta e inerte. Pues su atención ya se había dispersado. El objetivo había desaparecido. Se acercó a los restos que quedaban sobre la cama y sin saber que ya estaba condenada volvió a morder carne y hueso, aunque ya era prácticamente más hueso que carne.
“Eso”, su madre, un zombi. Había muerto, se había levantado y ahora se disponía a arder definitivamente. Cuatro días atrás, “Eso” hubiera respondido al nombre de Concepción L., esposa de José Luís M. Pero ahora “Eso” ya no respondería a ningún nombre pues su capacidad para hacerlo había desaparecido. El humo entraba ya por debajo de la puerta mientras “Eso” seguía afanado en mordisquear aquel viejo cuerpo sobre la cama. Roberto M. L. había oficiado el entierro definitivo de sus padres bajo un manto de gasolina y fuego.
“Descanse en paz…” dijo Roberto en voz baja tras recordar lo sucedido y se sorprendió del sonido de su propia voz, pues hacía días que no la escuchaba. En verdad hacía días que no escuchaba la voz de nadie.
24/03/2011 at 2:16 Permalink
Conchi y Pepe… DEP