Tras el incidente en el piso de sus padres Roberto se marchó de allí. Sin mirar atrás. Caminó algo dolorido hacia su coche, usando el palo de la escoba como improvisado bastón. Su coche, intacto, permanecía sobre el paso de cebra alejado a una distancia prudencial del lugar de la explosión. Posiblemente, si no lo hubiera apartado en aquel momento del vado del aparcamiento, no se hubiera librado de acabar con algún cristal roto como mínimo.
No se atrevió a mirar en los escombros de la explosión ¿Qué necesitaba ver de todos aquellos deshechos? Nada bueno encontraría entre la madera quemada, la pared destrozada y los demás restos. Tampoco nada útil. De esta forma, decidió no castigarse más a sí mismo y se marchó. No tenía intención de ir aun a su piso, ya había oscurecido y las luces de las farolas se habían encendido. Aunque no todas, las dos más cercanas al edificio donde otrora residieron los padres de Roberto habían sucumbido a la detonación y nunca se encenderían. Aun así, era sorprendente cómo aun funcionaba toda aquella maquinaria, sin nadie alimentándola. No sería por mucho tiempo, el sistema que los humanos habían creado se fagocitaba a sí mismo y pronto no quedaría nada para mantenerlo. Se colapsaría y Roberto no podría hacer nada.
En los veinte metros de camino a su coche, Roberto tuvo tiempo de arrepentirse de haber estudiado psicología. “Menuda profesión”, pensó “con lo que me ha costado encontrar un trabajo medio digno y ahora resulta que no me va a valer para nada. Un mundo sin personas no necesita psicólogos, necesita un obrero que evite que se le caiga el techo encima, un electricista que se procure electricidad, un fontanero que evite que su cisterna deje de funcionar.” Esto hizo pensar a Roberto en el tiempo que pasó encerrado en su trastero, agazapado sobre ropa vieja y mantas. “Dios, no quiero volver a tener que cagar en una lata de pintura”.
Este último pensamiento le arrancó una ligera sonrisa, con una tímida carcajada de resignación. Abrió el coche, se metió dentro depositando el palo en el lado del copiloto, donde estaba el trozo de manguera de un metro y el cuchillo del Ikea. Seguía oliendo a gasolina. Allí sentado le dolía menos la espalda, sobre la piel de la cual tendría con seguridad un buen morado, debido al golpetazo. Había sido un día muy largo, por lo menos esa era la impresión que tenía Roberto. Esa misma mañana aun estaba encerrado en el cuarto trastero y ahora, ya de noche, parecía que hubiera pasado una semana. Miró el reloj del móvil y observó que eran las siete de la tarde. A esa hora la oscuridad ya dominaba el cielo en invierno y sin embargo, no hacía demasiado frío. No era muy tarde. No lo suficiente como para irse a casa, allí solo conseguiría centrarse en sus pensamientos y estaba seguro de que los primeros que llamarían a la puerta serían los más negativos. Recordó que había cogido el coche no solo para desplazarse hasta su antiguo domicilio, también lo había cogido para luego dar una vuelta de reconocimiento y ver el tamaño de la catástrofe. Tenía un poco menos de medio deposito de combustible y había descubierto que eso de extraer gasolina de los depósitos succionando del tubo no se le daba tan mal. Se podía permitir un buen paseo. Conducir le mantendría distraído y estaba seguro que si se cruzaba con uno de esos zombis o lo que fuesen no se alteraría demasiado. Hoy no. Hoy había acabado con su familia definitivamente. Si eso no había conseguido volverlo majara, una criatura de rostro embobado, piel lechosa y de pies pesados tampoco lo conseguiría.
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