Puso el motor en marcha y se fue calmadamente de allí. Sin estridencias. Dentro de lo que cabía, Roberto había tenido bastante suerte. Fuese lo que fuese, aquello que había ocurrido días atrás, había ocurrido de noche, mientras prácticamente todo el mundo dormía. El Apocalipsis había transcurrido entre sueños, la gente se había ido a dormir, con sus preocupaciones y tareas esperando al día siguiente, sin saber que todo eso a la mañana siguiente habría perdido toda su importancia. No había bajando ningún ángel. Ningún demonio había surgido del suelo entre ríos de lava incandescente. No habían sonado trompetas, ni el cielo había sido rasgado por cadavéricos jinetes infernales. La gente se había ido a dormir y ya está. Simplemente no despertaron y los que lo hicieron fue en forma de cadáveres andantes. Salvo Roberto, claro.
Por esta razón, las calles estaban tranquilas, más tranquilas de lo que Roberto hubiera visto nunca. Los coches estaban bien aparcados y la mayoría de la población permanecía dentro de sus camas, fríos y tiesos. Salvo aquellos extraños resucitados de tez pálida. Esos seres estarían encerrados en sus habitaciones o casas. Incapacitados mentalmente para abrir una puerta. Mientras Roberto circulaba de forma intuitiva, pensando en cómo había imaginado él el fin del mundo. Las películas siempre mostraban carreteras atestadas de coches, autopistas colapsadas, gente masacrada por el suelo. Pero la realidad había resultado ser mucho más “Zen”. Todo desprendía una calma inusual. Circulaba por el asfalto sin problema, cuando a esa hora, un día normal, estaría parado en medio de una fila de humeantes coches. En ese momento Roberto hubiera apostado a que las autopistas estarían tan tranquilas y desérticas como aquellas calles y no se hubiera equivocado.
Dejó de pensar en desastres, muerte y zombis y se reconfortó pensando en que la situación, después de todo, no estaba tan mal. Aun estaba vivo. Se dirigió hacia el mar. La playa. Conduciría por el paseo marítimo en dirección al sur, hacia el parque natural del Garraf. Se daría una vuelta, vería como estaba en general la ciudad y si le quedaban ganas, subiría al macizo de roca caliza, desde donde podría disfrutar de una vista privilegiada de todo el delta del río Llobregat. Le gustaba ese sitio, a veces solo, con sus amigos o con alguna chica, se había dirigido allí a ver las estrellas cuando hacía buena noche. Con los amigos siempre llevaban algunas cervezas y esterillas y se tumbaban a disfrutar del cielo estrellado, incluso alguna vez habían conseguido llevar un telescopio con el que contemplar la luna o algún planeta mayor, como Júpiter y sus lunas. Con las chicas, solían volver al coche rápido. Roberto no solía ser muy bueno en el arte de encandilar mujeres, sin embargo el truco de las estrellas le funcionaba bastante bien. No conocía demasiados astros, pero podía identificar con facilidad la estrella polar. Eso se le daba muy bien para no haber sido Boy Scout.
Conduciría hasta allí por el paseo y luego decidiría si subía o no. Tendría que cruzar una urbanización y luego internarse en sinuosas y ascendentes carreteras, pero estaba seguro de que allí arriba, ningún zombi le molestaría. Además, sentía curiosidad por ver la panorámica desde allí. Algo le decía que después de un desastre como el acaecido, el resultado merecería la pena.
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09/12/2009 at 15:53 Permalink
Maaaaaaas! MAAAAAS!!!
24/03/2011 at 2:19 Permalink
Jejejejee, el viejo truco de las estrellas !!