No lo recordaba, pero allí estaba. Aquella urbanización tenía a la entrada una caseta de seguridad y una barrera de seguridad, igual que las que había encontrado abajo en el puerto. Aquel elemento de seguridad consistía en un tramo transversal de madera pintada de blanco y rojo que bajaba y subía por un motor eléctrico. Roberto se paró delante de la barrera, que estaba bajada. Observándola le resultó un objeto bastante inútil. Subió medio coche a la acera y pasó por su lado aprovechando el hueco que la barrera dejaba para las motos y los ciclomotores. Por lo visto, estos vehículos tenían acceso libre a la elitista urbanización. Pensó en hacerse con uno de esos vehículos a dos ruedas. Había llevado alguna vez un ciclomotor, pero poco más. Estaba seguro de que ahora tendría más tiempo para perfeccionar sus habilidades cómo motorista y, además, estaba seguro que eso le daría un plus de carisma.
Por ahora sólo disponía de su automóvil y le bastaba. Ya superada la barrera, Roberto continuó su camino ascendiendo por la carretera que ligeramente iba ganando metros respecto al nivel del mar. Justo antes del primer viraje, Roberto miró al retrovisor y le pareció ver la sombra de un hombre al lado de la caseta de seguridad que acababa de sortear. Fue una mirada de reojo, nada clara. No se dejó interrumpir y cogió la curva con seguridad, no quería tener un accidente al despistarse cogiendo la curva. Pensó que sería crítico quedarse sin la protección de su vehículo. Luego paró el coche y volvió a mirar el retrovisor. Ya no tenía ángulo de visión. Era imposible saber si aquello había sido una ilusión. No se bajo del coche, simplemente volvió a acelerar y se fue de allí. Aun tenía varios kilómetros hasta llegar a donde quería ir. En el caso de que aquello realmente fuera uno de esos zombis, ¿cuánto tardaría en recorrer dos o tres kilómetros, con subidas bastante pronunciadas? Roberto estuvo seguro de que aunque aquella visión fuese real, el no-muerto perdería la motivación antes de encontrarlo.
Dejó atrás la urbanización y allí quedaron también los pensamientos sobre aquella silueta que había creído ver. Las casas desaparecieron del borde de la carretera y la pendiente se iba incrementando. Pronto, Roberto estaba trazando cerradas curvas en las que tenía que poner primera para que no se le calara el coche. La vegetación baja, arbustos principalmente, sustituía cualquier resto de obra humana. Cinco minutos después, la pendiente se reducía drásticamente y la carretera se estiraba hasta convertirse en una línea recta. Más adelante, la carretera volvería a retorcerse y a ganar pendiente, pero Roberto ya no tenía que subir mucho más, la zona a la que él tenía intención de ir ya estaba cerca.
Pasó al lado de un edificio de los bomberos de la zona, que poseía un heliopuerto y un perímetro vallado con muro de piedra bastante grueso y verja metálica. La arquitectura no era para nada la típica de los edificios de bomberos de la zona. Era como una masía vieja, bien reformada, a la que habían anexado un heliopuerto. La primera vez que Roberto vio ese edificio fue de noche, sin iluminación, tal y como se presentaba ahora ante sus ojos, y le pareció como si aquello fuese la residencia estival del Conde Drácula. Cuando se enteró de lo que era realmente, entendió lo del heliopuerto y se sintió bastante tonto. También algo defraudado, por qué no decirlo. La idea de la mansión de un vampiro resultaba, bajo el punto de vista de Roberto, bastante más interesante que un vulgar cuartel de bomberos.
Aquella zona había ardido en diversas ocasiones, era totalmente comprensible que los bomberos la controlaran desde cerca. Aquella masía sería un muy buen refugio si las cosas se ponían feas, sin embargo ¿cómo entraría? Seguramente las medidas de seguridad superarían a las habilidades de infiltración de Roberto por bastante. Por lo que había visto ese día, la situación por ahora no era tan crítica, todo estaba muy calmado, en su piso se apañaría de momento y aunque fuese tentador tener un helicóptero ¿para qué lo necesitaría si no sabía hacer volar ni un avión teledirigido?
Dos o tres minutos separaban “la masía del Conde Drácula” del punto al que quería llegar Roberto. Allí la oscuridad era total, salvo por la tenue luz reflejada en la luna. La carretera empezaba a serpentear ligeramente de nuevo. Roberto bajó la velocidad para poder centrarse en encontrar la zona donde aparcar su vehículo. Por fin encontró el sitio. Un pequeño camino de montaña que surcaba todo el parque natural cruzaba la carretera y dejaba un pequeño trozo de terreno despejado de dura vegetación a la derecha. Allí era donde aparcaban normalmente el coche cuando subía con sus amigos y ahí era donde Roberto quería ir. Desde allí, gracias a la altura y a la ligera pendiente, se podían ver incluso las luces de Barcelona, así como las del aeropuerto y el resto de poblaciones circundantes.
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11/12/2009 at 15:49 Permalink
como puede ir tan calmado con zombis danzando por ahi!!!!
11/12/2009 at 15:49 Permalink
me tiene de los nervios!!