No era muy tarde, debían de ser las veinte horas. Sin embargo, daba la impresión de ser las tres o las cuatro de la mañana. Sólo a esa hora la calma era similar. Condujo tranquilo por las calles de su ciudad, pasó por casa de David, el que de toda la vida, había sido su mejor amigo, y vio su turismo de color plata aparcado donde siempre. Seguramente, David y su chica, Esther, estarían en la cama, pudriéndose. Aceleró y se marchó rápido de allí. No sabía por qué había acabado pasando por allí. Podría perfectamente haber evitado esa ruta. Ya era demasiado tarde, no se pararía. Quizá otro día. Quizá llevara gasolina, por si acaso.
Tras dejar atrás la calle donde vivía su amigo, Roberto enfiló una de las avenidas que llevaban directo al paseo marítimo. Pasó por un pequeño túnel que le permitía cruzar la autopista por debajo y posteriormente por un puente que cruzaba la autovía. Roberto se detuvo encima del puente. Salió del coche y miró a ambos lados de la autovía que pasaba por debajo. Efectivamente, estaba totalmente desierta. Se alivió al pensar que si en algún momento debía huir del pueblo, podría hacerlo sin problema en coche. Pero ¿dónde iría? Esa era una pregunta que ahora no le hacía falta contestar. “Todo a su debido tiempo” pensó, mientras se subía al coche de nuevo y reanudaba la marcha.
Condujo por la tranquilidad del paseo. El mar quedaba a la izquierda y al otro lado, la ciudad. El alumbrado estaba encendido pero en los pisos y casas no había luz alguna. El mar estaba en calma, cómo si no se atreviera a romper la apaciguada atmósfera que se respiraba. La luna, ocultada parcialmente en la oscuridad, se reflejaba sobre las aguas mientras Roberto conducía lentamente hasta el límite sur de su ciudad.
No vio nada extraño, ningún cuerpo, ningún muerto, solo le pareció ver un coche estrellado contra otro que estaba aparcado, al fondo de una intersección. Sin embargo, Roberto no hizo un alto en su camino para ver lo ocurrido y siguió con su marcha. Recorrió unos cuatro kilómetros hasta llegar al final del paseo. Allí los caminos se bifurcaban. Uno permitía la entrada al puerto, donde aguardaban amarrados multitud de pequeñas embarcaciones, desde algunas bastante lujosas a otras más modestas y pequeñas. Las barreras de la entrada estaban bajadas y aunque no ofrecerían demasiada resistencia si decidía embestirlas con su coche, pensó que ese no sería el mejor momento para investigar la zona. Siempre había oído que algunas personas vivían en sus barcos, un estilo de vida diferente, así que no tenía ganas de comprobar si aquello resultaba cierto o no. Lo que menos le apetecía en ese momento era encontrarse a alguno de aquellos zombis caminando lentamente hacia él. Realmente Roberto pensaba que escapar de aquellas mini-prisiones flotantes debía de ser más fácil que lidiar contra las puertas cerradas de los pisos. “Bueno, hoy no lo comprobaré. Misión de reconocimiento, no nos salgamos del plan” pensó Roberto, y decidido, tomó el otro camino. El que se internaba en la urbanización. Si seguía por ese camino, pasaría de largo la urbanización y llegaría al parque natural. Esa era su intención.
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