Allí dejó el coche. Donde otras veces lo había dejado, pues quedaba oculto tras la espesura de los espinosos y secos matorrales. Antaño, si un coche subía, estos matorrales y arbustos tapaban a la perfección la luz de los faros. Ahora, Roberto pensaba que lo ocultarían de algún valeroso zombi que osase adentrarse en esa zona. Pese a esto, Roberto estaba bastante seguro de que eso no pasaría. Salvo la sombra que creyó ver, nada más había llamado su atención durante el ascenso.
Apagó el motor y salió fuera. Hacía más frío que antes, lo notaba principalmente en las manos. Se sentó sobre el capó y miró hacia el nordeste. Se volvió a maravillar de ver todas aquellas luces, funcionando solas. Sin embargo, algo contrastaba con toda esa iluminación, pues las calles estaban iluminadas pero los pisos y casas se mantenían oscuros, con las ventanas totalmente en negro. Esa mezcla de luz en las calles unida a oscuridad dentro de las casas se extendía hasta donde la agudeza visual de Roberto se lo permitía. Miró al cielo, buscando aviones que sabía que no iba a encontrar. Nada en los cielos, no había luces verdes y rojas contrastando con las estrellas. En el mar tampoco había barcos, que usualmente se veían cruzar el mediterráneo. Una vez, Roberto viajó en uno de esos barcos. Fue en un viaje de fin de curso, de vuelta de Italia, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Desde la extrañeza que sentía allí arriba, en la montaña, Roberto tenía la impresión de que al menos habían pasado cien o doscientos años.
Cientos de aviones pasaban a diario por el aeropuerto del Prat del Llobregat. Desde la playa era normal verlos hacer cola en el cielo, esperando su turno para aterrizar. Pasaba uno por encima y a los cinco minutos otro seguía su estela. Multitud de vecinos se quejaban por el ruido de los chorros de propulsión de éstos al cruzar el cielo cuando bajaban la altitud para acercarse a la pista de aterrizaje. Ahora esos vecinos ya no se quejarían aunque los aviones pasaran a cinco centímetros de sus orejas. Cruel ironía. Sin embargo, la pregunta que se formulaba Roberto sentado en sobre coche era: ¿Qué habrá sido de todos aquellos aviones que estaban en el cielo cuando la gente no despertó?¿Se habrían desmayado pilotos, tripulación y pasaje, cayendo al mar o en tierra? Desde allí, Roberto no veía restos de accidente aéreo alguno, pero era de noche y la iluminación artificial no muy efectiva. Si algo pudiera remarcar un accidente así de noche, serían las llamas producidas por el queroseno ardiendo tras la caída del aparato. Sin embargo habían pasado ya cuatro días y era más que probable que las llamas se hubieran extinguido por sí solas. A Roberto se le ocurrió que a la mañana siguiente ya no tendría en la cabeza el dilema de los aviones. Seguro que encontraba otros muchos problemas que le evitaran pensar en él.
Cierto era que de noche, con toda la iluminación callejera funcionando, el aspecto de la zona rozaba la normalidad. Se veía alguna zona a oscuras, seguramente producida por un apagón que jamás se repararía, pero a parte de eso nada parecía especialmente raro. Allí arriba Roberto dudaba que allí, en Barcelona, no quedara un alma. Sin embargo, rápidamente pensaba en la radio y la televisión que no emitían nada y toda su esperanza de ser rescatado se desvanecía. Puede que, al igual que él, aun quedaran otras personas, supervivientes, recluidos en sus casas esperando igual que él. Roberto ya había pensado que en algún momento debería hacer misiones de exploración, buscando otros refugiados, pero de momento no se sentía preparado para hacerlo. Quizá si sobrevivía un poco más.
Como de forma intuitiva, Roberto volvió dentro del coche. Puso la radio y se encendió un cigarro. Buscó entre las hondas hertzianas y tal y como había sospechado, no encontró nada. No tenía ni idea del funcionamiento de una radio ¿Cómo se emitía un equipo de radioaficionado? ¿Qué coño era eso de la onda corta? ¿La radio de su coche podría recibir esa señal? Tras formularse toda una sarta de preguntas del estilo, Roberto se cagó en la madre que parió a la FM y también en la AM. Fumaba y daba vueltas al dial sin encontrar nada hasta que, algo crispado y contrariado, cesó en su empeño y pulsó el botón de “mode”. El CD empezó a girar. De nuevo, Rock de los 70, los 80 y los 90. La música ayudó a que su mente se calmara. Los cristales se empañaban dentro del vehículo mientras sonaban los Deep Purple, los Black Sabbath, los Lynyrd Skynyrd así como sus queridos Kiss y Judas Priest. Dentro del coche, con la atmosfera cargada con el olor del tabaco, la temperatura era bastante agradable y Roberto empezó a amodorrarse mientras miraba al horizonte sin centrar su vista en nada. Roberto empezó a pensar que quizá debiera volver a su piso, meterse en la cama y descansar hasta el día siguiente, sin embargo, no conseguía guiar su mano hasta la llave del contacto. Tenía miedo. Además, empezaba a sentirse cansado y somnoliento. Allí arriba, no sabía por qué, Roberto estaba cómodo y se sentía seguro.
Roberto empezó a pensar en lo curioso que resultaba ese hecho. En su anterior vida, no había sido una persona demasiado valiente y el quedarse solo y por la noche dentro del coche en medio de la nada no le hubiera resultado una idea nada tentadora. Sin embargo, las cosas habían cambiado, y mucho, así que ahora no le parecía tan mala idea. Allí arriba nadie le había molestado, sin embargo en su piso… dormiría rodeado de caníbales. De acuerdo, estaban encerrados en sus respectivos pisos, sin embargo ¿y si gemían o gritaban? Roberto ya los había escuchado una vez y la idea de repetir dicha experiencia no le resultaba nada atractiva. Aquel gemido había puesto todos sus pelos de punta. Era aterradoramente inhumano, falto de toda emoción.
Además había otra cosa, mucho peor que escuchar sus quejidos y lamentos. Otra cosa que a Roberto no le hacía ni una pizca de gracia: La incertidumbre. La duda de saber cuánto tardarían esos zombis en liberarse de los muros que ahora mismo los encerraban y que antes fueron sus hogares. Estaba seguro de que en su piso estaría rodeado de ellos. Temía que notaran su presencia y empezaran a buscar la forma de llegar hasta él ¿Y si estaba dormido cuando se liberaran de su prisión? ¿Y si tapaban su única salida, amontonándose a la espera en su puerta? Quizá no fuese tan buena idea hacer de su piso su cuartel de operaciones. Eso tendría que replanteárselo, pero no ahora. No era el momento. Se estaba quedando dormido. Estaba cansado y le dolía la cabeza ligeramente. Tenía ganas de dormir en una cama, pero no tantas, pensó. Sin duda podría esperar. Estaban pasando muchas cosas y muy rápidas desde que todo se había ido a la mierda.
Con bastante acierto por su parte, Roberto se acordó de apagar la radio del coche, luego echó el asiento del conductor para atrás hasta casi quedar en horizontal y con el volante entre las piernas cerró los ojos. No tardó ni cinco minutos en quedarse dormido en la casi absoluta oscuridad de aquel paraje. Al día siguiente Roberto tendría una nueva y dura jornada a la que enfrentarse, pero ahora tocaba descansar. Mañana sería otro nuevo día en su fantástica nueva vida.
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