Cuando Roberto se despertó, la bruma cubría el cielo. Era de día, pero el sol aun estaba bajo y la luz era tenue. Notaba los ojos pegados y estaba algo desorientado. Eso no pareció desconcertarle demasiado, desde hacía cuatro días, las cosas se habían vuelto muy extrañas y empezaba a acostumbrarse a esa desorientación matinal. Roberto estaba seguro de que las mañanas seguirían así, mientras no asimilara totalmente las nuevas circunstancias.
Notó cierta rigidez en sus músculos, pero no estaba, ni por asomo, tan destrozado como hubiera esperado. En el fondo, no había estado tan mal dormir en el coche. El sueño había sido reparador y pese a no recordar haber soñado con nada, se sentía… extrañamente… bien. Levantó la espalda del respaldo, que seguía en posición horizontal y lo retornó a su posición original. El golpe que se había dado en la espalda ya no le dolía apenas y Roberto estuvo seguro de que la rigidez que notaba se desvanecería con rapidez a lo largo del día. Algo de actividad pondría su musculatura a tono.
Tanto la chapa como el cristal de su vehículo estaban salpicados por una multitud de pequeñas y uniformes gotas, formadas por el rocío de la mañana. Accionó el limpiaparabrisas y la fina capa de gotas de la luna delantera se deshizo tras el paso de las escobillas, dejando la típica marca en forma de abanico en el cristal. A través de esas marcas, Roberto pudo observar lo brumoso del día y la escasa iluminación que aun predominaba en el ambiente. El sol estaba aun bajo, algo rojizo. Seguramente hacía pocos minutos que había cruzado la línea del horizonte. Se había perdido el amanecer por poco, pero no le importó demasiado. Estaba vivo y tendría algunos amaneceres más por delante. Miró el reloj de su teléfono móvil y pudo observar que eran las siete y cuarto. Algunos, antes de morir, hubieran asegurado que las calles, a esa hora, aun no estaban puestas.
Abrió la puerta del conductor del coche y asomó la cabeza como comprobando que allí fuera no había nada ni nadie que pudiera comprometer su seguridad. Era una mañana bastante fría y la respiración se le condensaba cuando exhalaba. Miro alrededor girando la cabeza todo lo que pudo y luego salió del coche. Una vez fuera Roberto realizó burdamente unos cuantos ejercicios de estiramiento para desentumecerse mientras se le escapaba algún bostezo que otro. Abrió un poco las piernas, en un ángulo de noventa grados y buscó las puntas de sus pies con sus manos. Al principio le costó un poco llegar pero tras unos cuantos segundos notó como la musculatura de la espalda cedía y vio como sus dedos podían alcanzar finalmente la punta de sus deportivas. Luego, manteniendo las piernas abiertas, alzó el tronco y apoyando los puños en las caderas, realizó unos cuantos movimientos de rotación del torso. Su columna crujió de lo lindo con esos movimientos de calentamiento. Mientras llevaba a cabo estos ejercicios, Roberto se dio cuenta de que la noche anterior se había quedado dormido antes de las diez y media de la noche. Era normal que se hubiera despertado tan temprano de forma natural ¿Cuánto tiempo hacía que Roberto no se iba a dormir a una hora similar a esa? No lo recordaba. Lo único que recordaba era que a los trece años ya estaba enganchado a los programas nocturnos de radio, aunque se quedara dormido a los cinco minutos de su entradilla. Esa era una costumbre que aun perduraba en él y, sin duda, la echaría de menos ahora que las tertulias deportivas, los programas de misterio o los de línea telefónica abierta habían desaparecido. Le ayudaban a dormir.
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22/12/2009 at 0:52 Permalink
Bueniiisimo, me encanta. Poco a poco, les felicito por la iniciativa.