Episodio XXII

Los ejercicios habían sido muy leves y no había invertido ni cinco minutos en ellos, sin embargo notó que le sentaron tan bien como un baño caliente. Apoyó sus manos en el cristal de la ventanilla de la puerta del conductor y éstas se mojaron con rapidez. Los cristales estaban bien empapados y movió las manos hacia abajo con la intención de recoger la máxima cantidad de agua posible entre ellas. Con lo que consiguió con esta maniobra se mojó la cara. No le importó lo sucia que pudiera estar el agua al contacto con la mugre del coche. Repitió la operación y con el agua recogida esta segunda vez, se frotó el pelo con fuerza. Mientras lo hacía notó una punzada de dolor en la parte posterior de la cabeza, haciéndole recordar que tenía allí una pequeña herida que más le valdría desinfectar luego, por si acaso. No sería nada bueno si se le acababa infectando ya que necesitaría algún tipo de antibiótico y él no tenía ni idea de farmacia. Mejor ser precavido.

Ahora, con el rostro y el pelo mojados, notaba hasta la más leve brisa enfriando las partículas de agua que tenía extendidas por su cabeza. Le gustaba esa sensación. El frío parecía realizar pequeños cortes en sus mejillas y labios y esa sensación siempre le había ayudado a despejarse. Además ¿Cuántas horas había dormido? Alrededor de nueve horas. Entre el mal hábito de acostarse tarde y la necesidad de madrugar para ir a trabajar, Roberto dormía unas seis horas diarias máximo entre semana. Parecía una tontería, pero fue en ese momento cuando Roberto entendió el por qué de su falta de actividad matinal y parte de su adicción al café. Simplemente tenía sueño. Le pareció mentira que para percatarse de este mal hábito de su anterior vida se había tenido que acabar el mundo. Una ligera sonrisa se dibujó en su boca mientras esa idea cruzaba por su cabeza. No era una idea excesivamente cómica, pero ¡Qué coño! Roberto se sentía bien.

Se paró a mirar la imagen de la ciudad de Barcelona de fondo, pero se desilusionó al ver que la visibilidad era bastante baja. Todo estaba difuminado sobre aquella bruma blanquinosa que, sin duda, se iría disipando a lo largo de la mañana. Sin embargo, él no estaría allí para ver cómo su visión se iba haciendo más y más alargada. El día estaba despejado y Roberto pretendía aprovecharlo, así que se puso en marcha. Se volvió a subir al coche y encendió el motor. Bajó las ventanillas dispuesto a disfrutar del aire fresco y puso la marcha atrás. Salió del camino donde había aparcado esa misma noche y se incorporó a la carretera de nuevo, dispuesto a deshacer el camino de vuelta a su piso.

Avanzó por el camino en dirección contraria a la que había recorrido la noche anterior, conduciendo ahora por la recta carretera que descendía levemente hasta que las curvas empezaran y la pendiente aumentara. Pronto, en un par de minutos, llegaría hasta allí y tendría que aminorar la marcha debido a lo cerrada de las curvas. El sol estaba subiendo rápido y mientras lo hacía perdía gran parte del anaranjado e intenso tono. Mientras el astro ascendía, la bruma se iba disipando poco a poco, permitiendo ya ver el mar de fondo que marcaba la línea del horizonte. No había barcos que lo surcaran esa mañana. Llegó a las pronunciadas curvas que bajaban de forma endiablada. Roberto siempre se había pensado que subir aquella carretera en bicicleta debía de ser un auténtico suplicio, pero mucho peor debía de ser bajarlas. Un fallo en los frenos, un error al inclinar el cuerpo o el nerviosismo de verte embalado entre semejantes pendientes y cambios de dirección podían hacer que te despeñaras por la ladera de roca caliza y espinosos arbustos.

Cada vez que Roberto pasaba por allí, este pensamiento hacía aparición en su cabeza. Era un pensamiento ciertamente catastrofista, no cabía duda, ya que si se vieran en la obligación de hacerlo, Roberto bajaría por aquellas curvas sin problema alguno, disfrutando de la velocidad como sólo se disfruta en bicicleta. Desterró la idea de la bicicleta de su cabeza y se concentró de nuevo en el volante, el cambio de marchas y el freno. El descenso fue rápido. Lo suficiente para notar el cambio de presión en los oídos. Roberto intuía ya la aparición del último giro y se encontraría de nuevo en aquella urbanización. No faltarían demasiadas curvas, ya no veía el mar como la grandísima extensión azul en el horizonte, ahora se veía desde otro ángulo, sin abarcar tanta extensión. Sin duda Roberto estaba ya prácticamente a nivel del mar. Pronto ni lo vería, oculto tras casas u otros edificios. Segundos más tarde, ocurría lo que Roberto esperaba, giró su volante suavemente hacia su izquierda y a medida que el morro del coche iba salvando el terreno, los edificios que quedaban a lado y lado de la calle iban haciendo su aparición en escena. Primero los de su derecha y luego los de la izquierda.

Las construcciones que quedan a los lados, debido a la pendiente, mantenían una arquitectura peculiar, mucho más visible de día. Algunas de las que quedaban a la derecha, tenían el aparcamiento a la altura de la calle y las salas y habitaciones en los pisos inferiores, a medida que bajaba la pendiente. Los de la izquierda se elevaban casi escarbados en la pendiente. Casi todo eran casas de varios pisos, grandes pero compactas y desde fuera, tenían pinta de estar bien distribuidas. La construcción no era nueva, salvo escasas excepciones. Roberto no sabía por qué, pero notaba el toque de los 80 en esos pisos.

Sin embargo, no era la arquitectura lo que centraba la atención de Roberto en esos momentos. Algo en el centro de la carretera atraía sus sentidos. Algo que no le gustaba lo más mínimo. Accionó los frenos de su coche de forma inconsciente. Apretó el pedal con ganas, haciendo rechinar las ruedas contra el agrietado asfalto, que echaba en falta una nueva capita de la alquitranada mezcla y el coche se paró en seco.

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