Episodio XXIII

El pequeño utilitario de Roberto, aun a unos veinte metros de la primera casa, estaba parado en medio de la carretera. A unos ochenta metros de allí, justo antes de la siguiente ondulación de la carretera había un cuerpo erguido que tras escuchar el frenazo (¿realmente lo había escuchado?) se había orientado hacia la fuente del agudo estruendo. Roberto sabía quién era, pues lo había visto la noche anterior. Mejor dicho, lo había creído ver y aquello confirmaba sus sospechas. Por la noche se presentó como una vaga sombra en la oscuridad reflejada en el espejo retrovisor de su coche. Ahora, de día y enfrente de él, la silueta ganaba en detalles. Un hombre delgado y uniformado, de pelo corto y castaño y piel pálida, encorvado como si se tratara de un cuerpo exhausto por el cansancio. Aunque no era el cansancio la causa de aquella postura. Más bien era la muerte, pensaba Roberto, pues aquel cuerpo no estaba vivo. Mejor dicho, no totalmente vivo. Ni totalmente muerto.

Las piernas de ese ser estaban ligeramente flexionadas, sus brazos colgaban de sus hombros perpendiculares al suelo y su mirada estaba dirigida al asfalto. Pese a los metros de distancia, Roberto podía observar los detalles con total claridad. Su uniforme era de una conocida empresa de seguridad. Ese cuerpo, antes del incidente, había sido la persona encargada de subir y bajar aquella barrera que Roberto había sorteado sin dificultad alguna. Sus rasgos físicos espigados y en extremo delgados no conseguían transmitir ni un ápice de “seguridad” aunque su uniforme sí intentara hacerlo. Roberto intuía que aquel ser había tenido otras responsabilidades a parte de subir y bajar una barra de cuatro metros pintada de blanco y rojo, pero también suponía que los vecinos de la urbanización se contentaban con que cumpliera con esa única función con diligencia. El empleado seguramente también se contentara con el conformismo de los vecinos, que le permitirían leer la prensa deportiva mientras se guarecía de las inclemencias del tiempo en la caseta, al lado de la barrera. No sabía por qué, pero Roberto se imaginaba que así había sido su vida.

Tal y como Roberto había pensado la noche anterior, aquella sombra le había seguido en la oscuridad de la noche. De hecho, se había sorprendido de lo lejos que había llegado pues aquel cuerpo inerte se encontraba por lo menos a unos setecientos metros de la caseta donde había creído verlo por su retrovisor. Sin embargo, debía de haber perdido la motivación en aquel punto. La motivación o la memoria. Quién sabe. La cuestión era que allí estaba, un cuerpo de no más de sesenta kilos de peso, en medio de una carretera por la que difícilmente pasaban dos coches sin que sus retrovisores laterales chocaran como el que choca las palmas con un amigo. El “segurata no-muerto” había avanzado correctamente, por la carretera principal, le había costado no se sabe cuantas horas, pero allí estaba. Aquello asustaba un poco. Si había conseguido seguirlo durante setecientos metros yendo a pie, significaba que en igualdad de condiciones aquellos seres podían llegar a ser un auténtico engorro.

Pero para sorpresa del propio Roberto, no estaba asustado. Aquel día no. Se había despertado de un excepcional estado anímico y un solo zombi no iba a amargarle la mañana. Necesitaría una manada de ellos, por lo menos. Ese pensamiento esbozó una sonrisa en sus labios mientras pensaba cómo esquivarlo, pues no quería arriesgarse a llevárselo por delante y que sus huesos le rompieran un faro a su vehículo o le estropearan el radiador. Observándolo desde la distancia, aquella criatura no conseguía asustarlo lo más mínimo. Realmente, aquel cuerpo flojo y apagado a plena luz del día, transmitía más lastima que terror. Era una criatura patética. Triste, decadente y patética. Pero también peligrosa si no se la afrontaba con el respeto necesario. Roberto ya había visto lo que eran capaces de hacer, lo había visto en la puerta del hospital donde trabajaba y también a pocos metros de su piso, cuando atropelló a aquella mujer dejándola postrada en el suelo y sin capacidad de movimiento. Aquel ser había sido muy perseverante y ese era un rasgo que Roberto no quería pasar por alto. Pese a su aspecto apelmazado y hasta cierto punto burlón, eran seres peligrosos. En ese momento Roberto pensó en lo que opinaría Charles Darwin sobre aquellas criaturas.
Su comportamiento podía incluso resultar adaptativo, supervivientes natos. Siempre que aquello fuesen criaturas de la madre naturaleza. Pero a Roberto se le intuía que no lo eran para nada. Aquellos seres se habían levantado tras la muerte, no eran fruto de la evolución. Que le dieran a Darwin. Avanzaría por la carretera a una velocidad prudencial y si aquel ser no se apartaba, lo pagaría caro.

Después de que Roberto reanudara su marcha, no sin antes subir sus ventanillas de nuevo, el zombi levantó la mirada y empezó a caminar lenta e inseguramente hacia el vehículo que avanzaba hacia él. Sus brazos seguían colgando y flácidos, balanceándose pesadamente de un lado al otro. Treinta kilómetros por hora era la velocidad que marcaba el cuentakilómetros del corcel azul metálico con herraduras de caucho que era el coche de Roberto. En frente, su contrincante avanzaba a una velocidad aproximada (siendo optimistas) de unos dos kilómetros hora sin más protección que sus ropas, su piel muerta y su osamenta. Setecientos kilogramos contra sesenta. No era una batalla equilibrada y Roberto lo agradecía.

El “segurata no-muerto” se iba haciendo más y más grande a medida que la distancia entre ambos se hacía más corta. En cuanto el rostro y los brazos del hombre se levantaron lentamente en dirección al coche, Roberto le miró a los ojos. Ahora, desde esa distancia, se veían claramente y observó los detalles de sus corneas blanquinosas. Roberto tenía la impresión de que la boca de aquel engendro se iba abriendo a medida que la distancia se acortaba. En su mente, incluso la baba chorreaba por las comisuras. Esa mirada nublada, como la de un anciano con cataratas, acompañada por unas tremendas ojeras moradas bajo los globos de sus ojos y por el resto de facciones de su pálida cara no conseguían transmitir más que una siniestra sensación de vacío. En ese momento su calma se perturbó severamente y Roberto tuvo que retirar la mirada de la cara de aquel ser. Sin duda, allí no había persona alguna. No había emoción ni pensamiento. Sintió los pelos erizarse en su brazo y cómo brotaban las emociones descontroladas desde lo más dentro de su ser. En un acto desesperado, y un tanto histérico, para intentar retomar el control de la situación Roberto articuló, casi gritando, toda una sarta de estupideces tales como: “¡Estamos en trayectoria de colisión!” o “¡Motores de curvatura a toda potencia, capitán Kirk!”. Después de esto, como si se tratara del botón que lanza los codiciados torpedos de fotón que Roberto hubiera deseado tener instalados en su coche, pulsó con énfasis desmedido el botón de encendido de las luces de emergencia, haciendo centellear sus intermitentes.
A Roberto la situación se le antojó graciosa y rió abiertamente, agradeciendo el efecto catártico de la risa.

Sus carcajadas no sonaron en exceso naturales, parecían algo forzadas, más bien como un método de defensa contra la incipiente locura que notó crecer dentro de él. La distancia entre ellos era de unos pocos metros y la colisión era inminente, tal y como le había reportado al pequeño capitán Kirk alojado en su cerebro. Roberto contuvo el impulso de pisar el acelerador a fondo y hacer que el coche ganara fuerza y velocidad. No quería que el zombi acabara debajo de sus ruedas, quería empujarlo y tumbarlo. A penas diez metros les separaban ahora. Roberto levantó el pie del acelerador y lo puso sobre el freno, incrementando la fuerza muy poco a poco. Aquel ser no parecía dispuesto a apartarse y ya lo tenía prácticamente encima.
Apretó el freno a fondo y el zombi se dobló hacia delante golpeando su cabeza contra el capot del coche y rebotando hacia atrás hasta caer al suelo y quedar oculto tras el morro del vehículo.

Rápidamente Roberto puso la marcha atrás, retrocedió unos metros, vio el cuerpo tirado, cambió de nuevo a la primera marcha y esquivando por la izquierda al cuerpo, se fue de allí intentando no mirar el retrovisor. Volvía a estar tranquilo y había salvado la situación bastante bien. Había conseguido no dejarse llevar por el pánico en aquel momento gracias a las absurdas frases de Star Trek. Volvió a reír, pero ahora no de forma histérica sino natural, y eso estaba bien.

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