Episodio XXIV

Paró el vehículo a la salida de la urbanización. Era un espacio abierto y con visibilidad, así que Roberto pensó que era un sitio seguro para realizar algunas comprobaciones en el morro de su coche. Estaba seguro de que los daños recibidos habían sido mínimos. Bajó del coche y se puso en frente de él. Como si lo mirara a los ojos. El parachoques había perdido algo de pintura, aunque Roberto no podía asegurar que esa rascada no estuviera ahí antes. Un poco más arriba, ya en la chapa, había una pequeña abolladura con una mancha oscura que debía de ser algo de sangre coagulada del “segurata no-muerto”. Unos centímetros al lado, había una marca en el lateral que procedía del primer atropello que Roberto había llevado a cabo. Pensó en que ahora podría realizar dos muescas en el salpicadero de su coche. Cuando hiciera cinco, cruzaría una línea en diagonal sobre las cuatro marcas anteriores.

Roberto no se lo creía del todo, pero en ese momento empezó a pensar que no se le daba tan mal eso de sobrevivir a los envites de aquellos muertos vivientes. Luego pensó en la explosión que había causado la tarde anterior, en el piso de sus padres y volvió a dudar. Había sido algo imprudente. Ahora tenía que desayunar algo, pues parecía que después del avistamiento zombi sus tripas se habían despertado y estaban demandando calorías ¿quedaría algo digno de comer en su casa? No importaba demasiado, quería volver a su piso y preparar una buena cafetera de café recién hecho, seguro que tendría galletas o pan en el congelador con el que hacerse unas buenas tostadas untadas con algún sucedáneo de Nocilla de dos colores. La idea de un festival de tostadas con Nocilla y café le pareció una idea demasiado tentadora como para no tenerla en cuenta. Sus tripas empezaron a rugir y Roberto notó como se le humedecía la boca.

De vuelta a su casa, Roberto volvió a coger por el paseo marítimo. Ahora a plena luz del día podía ver la playa, totalmente desierta, y como el mar se mantenía en calma. Hacía un día fresco pero claro y desde dentro del coche parecía hasta cierto punto primaveral, aunque aun quedaran dos meses para abrazar esa estación. Se percató de la presencia de algunos coches estrellados en las calles que surgían del paseo, sin duda, sus ocupantes debían de estar dentro. No vio más de tres o cuatro coches en ese estado. La absoluta mayoría estaban aparcados en los laterales de las calles como si no hubiera pasado nada. La luz diurna daba un aspecto más cálido a aquel paseo que en la noche anterior le había parecido bastante más lúgubre. Justo en la calle de antes del desvío que Roberto tenía que tomar, observó unos de estos coches estrellados. Algo más llamó su atención así que detuvo su marcha y puso la marcha atrás hasta quedar de nuevo a la altura de esa calle. Allí había una berlina de cinco puertas de color verde botella estrellada contra los coches que estaban aparcados. Su morro había hundido el lateral de una furgoneta de pequeño tamaño. De pie y al lado del coche había dos cuerpos. Desde su posición Roberto no era capaz de distinguir demasiados detalles pero tuvo la sensación de que esos dos cuerpos erguidos y rígidos estaban mirando a través de las lunas quebradas pero aun resistentes del automóvil. Miraban como si de un expositor se tratase. Eran muñecos de cera esperando que por alguna casualidad se abriera el expositor y la mercancía quedara a su abasto. Sólo así se moverían. Bueno, quizá si otro trozo de carne se pavoneara por delante de ellos, también se animaran a moverse. A Roberto un calambre le cruzó la espalda de arriba abajo. Sin dudarlo continuó su marcha.

Dos. No uno de ellos, sino dos. Mientras continuaba la marcha pensaba en la idea de que a medida que pasaran los días, iría viendo cada vez un número mayor de estos seres de aspecto horrible. Roberto había podido estudiar mínimamente su comportamiento. Se mostraban muy pasivos, incluso inmóviles. Pero cuando algo les llamaba la atención, se ponían en marcha de forma lenta y parsimoniosa, arrastrándose sobre dos piernas, pero sin pausa. Eran como esos zombis de las películas. Aquello le daba un miedo tremendo. En esas películas, cientos de ellos, vagaban buscando carne humana en una marcha fúnebre incansable y terrible. En esas películas los supervivientes siempre acababan muriendo por dos razones: la arrogancia o el agotamiento.
Esos no-muertos que ahora vagaban tímidamente por su ciudad se parecían asombrosamente a sus homónimos cinematográficos. Querían carne, viva o muerta, pero no querían carne de sus compañeros. Aquello resultaba desconcertante. Lo acababa de presenciar. Esos dos muertos vivientes, al lado de aquel coche, parecían ajenos a la presencia de otros como ellos. Sus ojos estaban mirando hacia el fastuoso banquete que se encontraba en el interior. ¿Cuánto tiempo podían estar allí fuera, esperando? A Roberto le daba la ligera impresión de que mucho. Seguramente ya estaban allí la noche anterior e incluso ¡Puede que llevaran días! Eso hacía pensar en que no era hambre precisamente lo que esos seres sentían. Debía de ser otro instinto lo que los mantenía allí, si es que se le podía llamar instinto.

Cruzó el puente que pasaba sobre la desierta autovía. A su derecha quedaba una gasolinera con ocho surtidores y multitud de servicios extra, que permanecía cerrada salvo por la pequeña ventanilla que ofrecía servicio las veinticuatro horas y pudo observar de reojo que, dentro del edificio, había otro de esos engendros, encerrado dentro, detrás de la acristalada puerta. A Roberto se le antojó que todos los desafortunados que habían estado trabajando en el turno de noche habían sufrido una suerte similar a la de su amigo el “gasolinero zombi” o el “segurata no-muerto”. Resultaba entristecedor pensar que todo había ocurrido tan rápido y que aquella gente había pasado de estar trabajando una fría noche de invierno a convertirse en bestias lobotomizadas en un santiamén. Roberto no tenía ni idea de lo que había sucedido realmente ¿Cuántas noches hacía ya de eso? Había estado tres días encerrado y afuera, sólo llevaba uno, aunque parecía que hubieran pasado semanas. Antes de todo aquello, él se había ido a dormir tarde, como siempre, tras tomarse una cerveza en su nuevo piso aun por terminar de amueblar y se había levantado temprano en un mundo totalmente diferente, en el que la televisión, la radio y un montón de cosas más ya eran historia. Quizá aquellas personas vieron un cometa pasar o una bomba estallar en el horizonte, quizá había venido Satanás y los había enviado al cuerno a todos, olvidándose de algunos desafortunados como él y zombificando al resto. A Roberto se le antojaba que la respuesta para este “por qué” adquiriría el estatus de “pregunta existencial”. Del estilo de si la vida tenía sentido, si existía Dios o si Elvis estaba vivo.

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