Roberto no se paró esta vez. Continuó conduciendo, girando sólo ligeramente el cuello para ver a aquel hombre encerrado. Luego volvió a centrarse en la carretera, pues llegaban una serie de rotondas que requerirían su atención al cien por cien, sin dejar de mirar de soslayo los espejos retrovisores. Tomó dichas rotondas a una velocidad ligeramente alta y el automóvil brincó bruscamente debido al defectuoso y bacheado asfalto. Su cabeza se balanceó de izquierda a derecha y algo de la tensión que le había producido el hombre de la gasolinera se esfumó, como si del meneo éste se hubiera diluido por el aire. Consiguió no volver a mirar atrás pero se alejó de aquella gasolinera pensando si aquel zombi conseguiría o no salir en algún momento de su actual prisión. Ciertamente, dudaba que lo consiguiera.
El camino de vuelta a casa se le antojó largo y algo pesado. No paraba de mirar hacia todos los lados, buscando cosas fuera de lo común, buscando otros zombis o cuerpos por el suelo. Durante el trayecto vio algunos coches más estrellados, pero no se atrevió a parar e inspeccionarlos. Estaba seguro de que aquellos coches tenían “sorpresa” adentro, como aquellos huevos de chocolate que tanto se prodigaban en su infancia.
Hubo otra cosa que llamó la atención de Roberto. Otra cosa que antes del incidente no le hubiera extrañado lo más mínimo, pero que ahora sí lo hacía. Había llegado ya al centro de la población y allí se encontraban la mayoría de comercios. Tiendas de todo tipo plagaban los locales comerciales, con seguridad allí encontraría objetos que le vendrían muy bien de cara a su supervivencia y sabía que tarde o temprano tendría que empezar a abastecerse de alimentos y utensilios para mantener su nuevo estilo de vida. Pero viendo el panorama Roberto se dio cuenta de que quizá no fuera una tarea tan sencilla como habían retratado multitud de películas sobre hecatombes postapocalípticas. A Roberto le acudían a la mente imágenes de personas rompiendo escaparates y saliendo de los negocios con grandes televisores y otros absurdos artilugios que, obviamente, resultaban del todo inútiles. Sin embargo, en las calles de su ciudad, todas las tiendas estaban cerradas a cal y canto, con sus grandes persianas metálicas bajadas. Eran pequeños fortines, que protegían mediante chapa y rejas los preciados bienes que dentro permanecían. Sin duda, Roberto no disponía de la contraseña necesaria para garantizar su entrada. No aun. Necesitaría una llave maestra que le permitiera abrir todas las puertas posibles.
En ese momento deseó que todo hubiera ocurrido a las doce del mediodía, así todas las tiendas estarían abiertas, con sus jugosos objetos esperando a ser recogidos sin armar el más mínimo alboroto. Era una idea tentadora, pero tenía un hándicap, que a Roberto se le ocurrió segundos más tarde.
Sí, era probable que de haber ocurrido todo aquello a plena luz del día, recoger víveres sería una tarea mucho más fácil. Tan fácil como empujar una puerta o quizá ni eso, pues no eran pocos los negocios que ya las tenían automáticas. Sin embargo, las calles estarían ahora abarrotadas de aquellos seres pálidos y hambrientos, esperando a que el pobre de Roberto saliera feliz y canturreando a buscar unas cuantas latas de comida para echarle el guante y darse el festín con la carne más fresca del mercado, la suya. Esa idea no le hizo mucha gracia. Después de todo, Roberto llegó a la conclusión de que debía de sentirse afortunado. Si el mundo se hubiera acabado unas horas más tarde, a día de hoy Roberto sería ya un fiambre más entre muchos. “Alá, Dios o quién quiera que mueva los hilos debe de estar de mi lado” se dijo Roberto a sí mismo y la idea de que él fuera uno de esos “elegidos”, al estilo de Matrix, le debió de resultar bastante graciosa porque Roberto rió con ganas. Y se sintió mejor al percatarse de que su sentido del humor, por absurdo que fuese, le seguía acompañando.
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21/12/2009 at 16:09 Permalink
cuando va a coger una escopeta o una sierra mecanica o una palanqueta estilo half life???