El camino hasta su piso se había resuelto sin problemas, de forma que volvió a dejar el coche sobre un paso de cebra y se apeó de éste. Caminó hasta la puerta del copiloto y la abrió sin demasiada delicadeza. Dentro, sobre el asiento, estaba el cuchillo del Ikea y cruzando en diagonal desde el hueco hasta sobrepasar el asiento por encima del freno de mano estaba el palo de escoba. Antes de cogerlos se palpó los bolsillos y en uno de los varios que poblaban su chaqueta notó el bulto de las llaves sobre la tela. Acto seguido agarró las dos armas y cerró el coche con el botón de la llave. Miró en todas las direcciones, una costumbre que había cogido desde el día anterior, y tras percatarse que no había moros en la costa prosiguió hacia la entrada de su edificio.
El edificio donde vivía estaba allí al lado, a unos veinte metros máximo, así que en unos minutos podía estar desayunando plácidamente en su cocina. Caminó rápido hasta la puerta de entrada del portal y la abrió con las llaves. Una vez dentro del recinto vio las pequeñas ventanillas tapiadas a la altura del suelo, aquellas que daban a los diferentes trasteros. En uno de ellos Roberto había estado encerrado la nada despreciable cifra de tres días. No se sentía demasiado satisfecho de aquel cobarde acto, así que Roberto se hizo el loco, haciendo como que no las había visto, y se dirigió hacia la escalera. Entró de la forma más silenciosa que supo e intentó agudizar su oído para ver si conseguía escuchar algún sonido que se saliera de lo normal. Creyó no escuchar nada y empezó a subir los escalones de dos en dos. Sólo tenía que subir dos pisos, pero el ascenso se le hizo eterno y no pudo evitar girarse un par o tres de veces para mirar tras de sí, como cuando volvía aterrado de ver alguna película de terror del cine y no paraba de mirar una y otra vez tras sus espaldas, esperando que algo le asaltara por sorpresa.
Cuando por fin llegó al segundo piso, llevaba ya en la mano las llaves junto con el cuchillo del Ikea. Mientras intentaba seleccionar la llave adecuada con la misma mano que las sujetaba, el cuchillo se deslizó y calló al suelo. Como en un acto reflejo, Roberto puso el pie para evitar el ruido del golpe y la hoja hizo una pequeña muesca en la tela de la zapatilla deportiva. Por cinco segundos, Roberto se quedo petrificado dando gracias por ser invierno y no ir calzado con chanclas, luego aprovechó que la mano había quedado liberada del engorroso objeto y con un par de movimientos de dedos consiguió aislar la llave de la puerta de entrada e introducirla en la cerradura. La puerta se abrió sin problema, Roberto se agachó para recoger el cuchillo y aprovechó para pasar la yema del dedo pulgar por el pequeño corte que había aparecido en la zapatilla. Volvió a erguirse y entró en su piso cerrando la puerta con bastante cuidado. Por desgracia para él, Roberto seguía teniendo la sensación de que no estaba solo en el edificio.
En el armario sobre la encimera había una bolsa con galletas maría y otra con magdalenas. Aquello estaba muy bien. Buscó la cafetera, la preparó y la puso al fuego. En el armario no había Nocilla, la cual se le antojaba sobremanera. Una auténtica pena. Pensó que debería hacer una lista con todas las cosas que necesitaría saquear de los supermercados. En esta lista, la Nocilla, estaría en las primeras posiciones. Mientras la cafetera se calentaba al fuego, Roberto se fue al lavabo y buscó el agua oxigenada que se encontraba debajo de la pica, junto a otros medicamentos, de los cuales sólo reconocía el Ibuprofeno. No era agua oxigenada lo que encontró sino alcohol de 96º. Lo cogió y lo dejó al lado de la pica. Abrió el grifo del agua y ésta empezó a brotar fría como el hielo. Con las manos, Roberto se limpió primero la cara y luego la parte posterior de la cabeza, donde tenía la herida. Notó como la sangre seca sobre su pelo se deshacía y vio mancharse la pica de una ligerísima tonalidad marrón oscuro. Palpó con los dedos la herida y notó como el chichón ya había prácticamente desaparecido. Mientras mantenía gacha la cabeza para no salpicar fuera de la pica, cogió a tientas el desinfectante y roció la región del golpe abundantemente, sin reparar en la cantidad que gastaba. El alcohol le empapó hasta el cogote y Roberto empezó a notar el escozor típico de las desinfecciones. “Si pica es que es bueno” se dijo a sí mismo, y volvió a regalarse un buen chorro de alcohol en su cabeza. Esperó un buen rato con la cabeza agachada y los ojos fuertemente cerrados a que la sustancia hiciera su efecto. Al principio el escozor fue intenso y notó como los ojos, apretados con vigor por sus parpados, se humedecían hasta casi hacer brotar algunas lágrimas. Poco a poco el leve pero molesto dolor fue cesando hasta desaparecer definitivamente. Como para confirmar definitivamente que el proceso de desinfección había terminado, lanzó un tercer y último chorro sobre la herida que apenas le escoció.
Tras zambullir la cabeza debajo del chorro de agua que caía del grifo, dejar que corriera el agua sobre sus cabellos y secarse la cabeza con una pequeña toalla, volvió a la cocina donde la cafetera estaba empezando a emitir su típico zumbido acompañado del aroma del café recién hecho. El estomago de Roberto emitió un rugido ensordecedor. Cogió la bolsa de magdalenas y sacó la leche de la nevera, que por suerte y a diferencia de la de sus padres, seguía funcionando a la perfección. Se preparó un café con leche en un amplio vaso y allí mismo se puso a devorar magdalenas que pese a estar un poco duras, eran perfectas para ser mojadas en el café. Cuando acabó con cuatro de ellas, el vaso estaba prácticamente vacío. Las virtudes absorbentes de las magdalenas eran realmente sorprendentes. Volvió a verter café en el vaso y un poco de leche más y se comió tres magdalenas más acabando definitivamente con ellas. Aquello había estado muy bien, sí señor, Roberto se había quedado más que saciado.
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