Aun quedaba algo de café en la cafetera, así que lo apuró totalmente en el vaso, que aun mantenía algunos restos de magdalena desecha en el fondo. Esta vez lo tomaría sólo. Nada de leche. Únicamente lo acompañaría con uno de esos cigarros que ya le estaban empezando a escasear. Normalmente no fumaba en el desayuno, pero aquello eran circunstancias especiales. Además, la nicotina y la cafeína le ayudarían a pensar en qué hacer ahora. Estimulantes del sistema nervioso, aprendió en la carrera. Miró el móvil con la intención de ver qué hora sería y se fascinó al ver el día de la semana que éste marcaba en su pequeña pantalla rascada y gastada por el paso del tiempo: Era viernes.
El día anterior había sido tan largo que Roberto no había caído en el paso real del tiempo. Había salido al nuevo mundo un día jueves y el tiempo se había dilatado de tal forma que Roberto tenía la sensación de estar ahora en un día indeterminado un mes, o dos, después. Había conocido a la nueva versión de sus padres en este extraño mundo, los había incinerado, había estado inconsciente por horas, había recorrido su ciudad de noche en coche notando la soledad en toda su extensión, había contemplado toda la iluminada zona de Barcelona y las estrellas desde uno de sus lugares preferidos. Por último, había dormido en su coche, pues el miedo le pudo a la hora de volver a su piso.
Se palpó la zona del golpe que tenía en la parte posterior de su cabeza como para confirmar que el corte aun seguía allí y notó un ligero dolor al apretar. La herida era reciente. Tal y como estaba sospechando, sólo había pasado un día.
Era viernes y los viernes habían sido para Roberto uno de sus mejores, si no el mejor, día de la semana. El viernes plegaba al medio día del trabajo y sus mejores amigos pocas horas después. Las tardes de los viernes en su anterior vida era tardes de confraternización, de tomar un café o una cerveza y hablar del fin de semana, de si se saldría esa noche o la siguiente, de si se iría al cine a ver la última película de desastres o ciencia ficción o simplemente de sortear en casa de quién se echaba una partida de póker, totalmente amateur, donde apostarían cinco euros por cabeza, pues sus economías no eran precisamente boyantes, y de donde, con bastante seguridad, alguno de ellos acabaría con algo de resaca al día siguiente. Esas eran las contraindicaciones de la variante del póker que ellos solían jugar. “Sin límite de Whisky” habían bromeado alguna vez. Las novias, de los que tenían, se integraban a la perfección en el grupo y aportaban su toque femenino a las reuniones, cosa que a Roberto no le disgustaba en absoluto. Marta, la única mujer que había estado con Roberto más de dos semanas, no solía confraternizar bien con sus amigos y eso nunca le gustó demasiado, aunque nunca tuviera valor para decírselo. Bueno, ahora Marta debía estar criando malvas junto a su actual pareja.
En resumidas cuentas, los viernes en la vida anterior de Roberto habían sido días extremadamente sociales y ahora, en su nueva situación, se estaba dando cuenta de lo que significaba ser un animal social. Significaba sentirse mal cuando uno se queda solo. Así que este sería un viernes muy solitario y sospechaba que los siguientes no se quedarían cortos. Sus amigos habían muerto (debían de estar con Marta). No lo sabía a ciencia cierta, pero algo dentro de él le decía que no intentara buscarlos a menos que tuviera ganas de repetir la experiencia del día anterior. Los echaba de menos. No era lo mismo tomarse un café solo, que tomárselo en compañía comentando las noticias deportivas del diario. Joder ya no podría volver a leer la prensa deportiva. Ni siquiera existía el fútbol.
Al final no había visto la hora en su teléfono móvil pero no debían de ser ni las diez de la mañana y Roberto ya empezaba a sentirse bastante hundido, pese a que aquella mañana, al despertar, se había sentido excepcionalmente bien. Era impresionante la velocidad a la que cambiaban las tornas desde que había salido de su escondite, unos cuantos pisos más abajo. Y Roberto tenía la impresión de que lo peor aún no había comenzado. Ahora estaba luchando contra sí mismo, contra la desesperanza, la desorientación y el aburrimiento. No obstante, intuía que los edificios estaban llenos de criaturas deseando salir de sus cárceles y cuando esto ocurriera, a todos los factores psicológicos que estaba sufriendo ya, se sumarían el acoso y derribo al que esas criaturas empezarían a someterlo. No querría estar en ese piso cuando la cosa empezara a ponerse complicada. Sólo tenía una salida, una vía de escape, una puerta, y eso era como jugárselo todo a una sola carta. Tendría que hacer algo al respecto. Se le estaba acumulando la faena.
Si se quedaba en casa tenía la impresión de que acabaría totalmente enajenado, paranoico, sin capacidad de superar el miedo a salir fuera y afrontar los problemas que implicaba el mundo zombi en el que parecía estar. Pero ¿Cómo conseguiría colarse en los comercios, cuyas persianas estaban bajadas? “Bueno, hay un super a cuatro manzanas de aquí. Habrá que empezar a hacer prácticas” pensó. Prácticas en hurto, desvalije y pillaje. La idea se le antojó más divertida que cualquier otro periodo de prácticas realizado en su época universitaria. Quizá se le diera mejor que la psicología, quién sabe.
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