Episodio XXVIII

No quería salir de allí desprotegido y sin duda tampoco tenía intención de llevarse el cuchillo que tan poca utilidad parecía tener. Su majestuoso palo de escoba le parecía mejor opción. Pero le faltaba algo. Y Roberto creía saber el qué. Confirmó finalmente la hora y se percató de que iba sobrado de tiempo ¿Qué prisa tenía? Decidió que ninguna, así que se puso en movimiento y fue a buscar de nuevo el viejo palo de escoba y el cuchillo.

Con los utensilios bien asidos, Roberto se volvió a sentar en la silla de la cocina. Se puso el palo entre las piernas, agarró la punta en la que se encajaba el cepillo y empezó a cortar finas láminas con el cuchillo. Su intención era clara, su “palo de batalla” merecía tener una punta lo más afilada posible ¡Qué importaba si realmente era útil o no! Bajo el punto de vista de Roberto, en ese momento lo importante era hacer algo. Cualquier cosa. Sacarle punta a un palo largo de escoba no era del todo mala idea. Seguro que era más efectivo que acoplar con cinta adhesiva un cuchillo en la punta. Además, seguro que no tenía ni cinta adhesiva.

Cuando Roberto cayó en la cuenta, su frente estaba sudada y las gotas casi se deslizaban por la nariz. Notaba incluso como una ampolla se le formaba en un dedo de la mano con la que estaba agarrando fuertemente el cuchillo mientras lo hundía en la madera y tiraba con fuerza para cortar una lámina de madera ¡Aquel palo era más duro de lo que hubiese imaginado! Esperó que su resistencia no quedara en entredicho cuando le tocara usarlo con uno de aquellos seres de mirada bobalicona y hambre voraz.

El trabajo se le estaba haciendo eterno e incluso dudaba de que consiguiera esculpir en madera una punta honrosa. Al cabo de un rato empezó a contemplar asombrado como aquello empezaba a tomar forma y recibió un ramalazo de motivación. Una especie de frenesí desbocado, que Roberto intentó refrenar para no acabar con uno de sus dedos junto al montoncito de sobrantes de madera que había ya en el suelo.

Cuando el trabajo estuvo acabado, la punta del palo de madera había quedado bastante afilada. Un buen golpe certero con ese palo podía ser fatal y seguía siendo un buen instrumento para apartar objetos incómodos de en medio. El cuchillo podría quedarse en casa esperando la llegada de algo, como un salchichón, para poder realizar su tarea principal. Para Roberto había llegado el momento de continuar adelante. Si el primer paso había sido afilar la punta del palo, el segundo era volver a salir de su casa para realizar su primera tarea de avituallamiento. Cuanto antes comenzara mejor, más experiencia ganaría. Ahora que había empezado a moverse en alguna dirección, hacia un objetivo, Roberto se dio cuenta de que se encontraba más animado. Además, si todo salía bien, podría comer caliente pues en su piso los alimentos en buen estado se podían contar con una mano. Roberto lo vio claro, había llegado la era de la comida en lata y el ya tenía un objetivo para el menú de hoy. Hoy tocaban albóndigas con tomate.

Volvió al coche, que seguía mal aparcado en la calle, y lo puso en marcha. Tenía que recorrer cuatro manzanas pero prefirió usar el coche por si al final cargaba con mucho bulto. También le hacía sentir más seguro ante los comedores compulsivos que podían andar sueltos. No nos engañemos. Se puso en marcha y en menos de tres minutos tuvo que parar su marcha en seco a cuarenta metros del supermercado. Había llegado al cruce de la calle por la que circulaba con la del supermercado y ésta estaba cortada. Estaban de obras y el aspecto que transmitía era el de una calle que acababa de recibir la lluvia de fuego de un bombardeo aéreo. Roberto lo recordó en ese mismo momento, aquella calle estaba en obras porque la estaban haciendo peatonal. Paradójicamente llevaba ya varios meses en que, debidos a las fatigosas y extrañamente largas reformas, era casi imposible transitar por allí a pie. El asfalto había sido retirado y en su lugar había montones de tierra y zanjas infinitas, las aceras habían sido también levantadas en su mayoría y ni un adoquín quedaba allí. En este caso, los agujeros de la polvorienta calle habían sido parcheados por tablones de madera y metal para que los viandantes no cayeran dentro de las pequeñas barricadas. Multitud de vallas metálicas creaban laberintos por los que anteriormente los peatones se arremolinaron y ahora todo aquello estaba vacío, como si jamás un alma hubiera pisado aquella desastrosa calle.

Roberto había salido del coche y permanecía estático, mirando la calle en obras fascinado. Su coche, ahora estacionado en medio de la calle justo antes de que ésta se fundiera con aquel camino de cabras urbano, había visto frenado su avance debido a una enorme valla metálica con una señal de prohibido el paso colgando. La primera idea de Roberto había sido apartarla y apearse del coche en la misma puerta del supermercado. Si hubiese sido necesario, había pensado incluso en reventar la verja del supermercado embistiendo con el coche. “Alunizaje” lo llamaban, a Roberto le encantaba ese término. Alunizaría con su coche sobre la puerta del supermercado, una hazaña a la altura del mismísimo Neil Amstrong” pensó. Pero sólo como última opción. Ahora, al lado de la valla con la señal de tráfico colgando, Roberto observó que lo único que conseguiría metiéndose en aquel campo de minas sería acabar con las ruedas dentro de las terribles zanjas escarbadas. Sería una forma muy absurda de perder un vehículo. Aunque más patético aun sería si una de esas criaturas le sorprendía por detrás mientras intentaba sacarlo de allí. Decidido, continuaría a pie.

Fue ponerse a caminar, apoyando el palo como bastón por su lado romo, cuando empezó a percatarse de la cantidad de objetos que había esparcidos por el suelo. En los metros que le alcanzaba la vista, Roberto podía ver como allí se amontonaban sacos de cemento, arena o lo que fuese, tubos de PVC de todas las medidas, adoquines amontonados sobre palets, alguna carretilla, montones de tablones de madera amontonados y otras placas metálicas usadas para tapas agujeros, maquinaria como pequeñas excavadoras y volquetes e incluso un urinario de esos químicos, que tan buen olor suelen hacer. Aquello a priori no le aportaba nada especial. No haría nada con montones de cemento, por ahora no tapiaría nada con esos tablones de madera, ni se construiría un sistema de cloacas con aquellos tubos. Pero Roberto sabía que allí había algo más interesante que todos aquellos objetos inútiles. Al fin y al cabo, acabar fortuitamente en aquella calle en obras no iba a estar del todo mal.

Sigue leyendo » Episodio XXIX;

2 comentarios en "Episodio XXVIII"

  1. Unx
    30/12/2009 at 20:50 Permalink

    jajajaja no te adelantes a los acontecimientos! todo a su debido tiempo

  2. DAV
    31/12/2009 at 14:03 Permalink

    jajajaja No puedorrrr!!!

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