Episodio XXIX

Treinta y tantos metros en dirección contraria al supermercado al que Roberto tenía intención de ir, había una caseta de obra, polvorienta y sucia, como suelen estarlo este tipo de casetas. Era una caseta prefabricada de esas que se transportan en camión y que luego una grúa baja y deja plantada donde se la necesita. Seguramente estaría llena de botas sucias, pantalones azules sucios, petos amarillos sucios y cascos de obra sucios. Todo dentro de esa caseta debía de estar sucio y sudado pero Roberto tenía la intuición de que allí dentro habría algo más que, con suerte, resultaría de interés.

Se acercó caminando en dirección a la caseta y cuando llegó se dio cuenta de que la puerta no tenía tan siquiera pomo. Tal y como había imaginado, la caseta estaba cerrada con llave. La palpó y la golpeo con el puño cerrado para comprobar lo resistente que era. Para sorpresa y alivio de Roberto, aquella puerta parecía menos resistente de lo que hubiera imaginado en un principio. El resto de la caseta, sin duda, tenía pinta de ser mucho más resistente que la endeble puerta. Aquella caseta no había sido diseñada para guardar nada importante dentro. Sin duda, nadie hubiera guardado allí la fortuna de la familia Onasiss.

Volvió a golpear la puerta varias veces más. Ahora con menos fuerza, solo para probar su resistencia. Primero golpeó cerca de la cerradura, luego en la parte superior e inferior de la puerta y pudo comprobar que la puerta sonaba diferente en las zonas más alejadas de la cerradura. Esa puerta no aguantaría repetidos golpes secos propinados con fuerza. Roberto tenía unas piernas fuertes y largas, no tenía dudas de que fuera capaz de ejercer la fuerza necesaria para someter a esa puerta de madera contrachapada bajo su poder. Hacía tiempo que no practicaba deporte de forma habitual y bien sabía que sus piernas ahora eran mucho más delgadas de lo que fueron antaño. No importaba, sabía que podía hacerlo.

Tomó unos metros de distancia y miró fijamente la puerta. Tenía pensado golpear la puerta unos centímetros por debajo de donde se encontraba situada la cerradura. Rezó para no errar la patada y acabar golpeando el marco de la puerta, pues tenía la impresión de que si eso pasaba, su rótula saldría propulsada hacia el cielo azul que se seguía manteniendo desde el día anterior.

Cogió aire y se impulsó con fuerza contra la puerta, levantó la pierna derecha y descargó su mejor patada contra la puerta. Acertó relativamente sobre la zona en la que tenía intención de golpear y el sonido fue aterrador, como si toda la caseta se quejase del golpe. La puerta se tambaleó y quedó ligeramente doblada en la zona del golpe hacia adentró. Sin embargo, la cerradura no había saltado de su sitio y la puerta seguía cerrada. La otra parte de la ecuación, su pierna, vibraba como si la estuvieran golpeando con un martillo percutor, pero la notaba entera. Sin duda tendría que volver a usarla. Primer asalto para la puerta. Roberto pisó con fuerza el suelo un par de veces y luego saltó con sus dos piernas. La notaba bien, aunque ligeramente resentida. Bueno, era hora del segundo asalto, no quería perder demasiado tiempo propinando patadas a una puerta que emitía unos alaridos sordos que escucharía una abuelita encerrada en su piso, incluso sin su audífono.

Tomó de nuevo carrerilla y volvió a golpear la puerta con vigor. Roberto se maravilló al ver lo acertado del golpe, el cual había ido a parar prácticamente al mismo lugar que en su primer intento. Ahora algo crujió y notó como no toda la fuerza del golpe era repelida en dirección a su rodilla. La puerta cedió unos centímetros, pero milagrosamente, se mantenía sujeta al marco, como por fuerzas mágicas. No obstante, Roberto sabía que aquel golpe había sido casi perfecto. La puerta no aguantaría otro como ese, ni mucho menos. Con suerte aguantaría una carga con el hombro.

Roberto recibió un chute de autoestima al comprobar lo bien que estaba saliendo todo. Levantó la pierna y la zarandeó lateralmente. Luego volvió a apoyarla y no la noto, ni de lejos, tan resentida como tras el primer golpe. Tomó de nuevo carrerilla y se dispuso a efectuar el golpe maestro. Volvió a coger carrerilla y centró su atención en su objetivo. Tras lanzarse en dirección a la puerta y levantar la pierna para poner la planta del pie paralela a la puerta vino el golpe. Esta vez la puerta cedió fácilmente. Demasiado fácil. El impulso de Roberto fue excesivo y con todo su peso echado hacia delante, no pudo frenarse. La cerradura saltó y la puerta giró despendolada sobre los pernos, golpeando bruscamente en un colgador de madera vacío que había enganchado con tornillos a la pared. Roberto calló torpemente dentro de la caseta, con una pierna por delante y con cara de tonto por lo desconcertado que estaba tras la poca resistencia de la puerta. Había esperado más de ella, o menos de él. No importaba, la cuestión es que había acabado descalabrado contra la pared de enfrente de la puerta, golpeando contra unos objetos apoyados en esa misma pared. Tras unos segundos de desconcierto Roberto despertó del trance del golpe y palpó con sus manos los objetos que habían quedado tirados alrededor y encima suyo. Palpó durante un rato y luego no pudo reprimir las carcajadas. Había encontrado lo que estaba buscando.

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