Episodio XXX

Antes de la impetuosa entrada de Roberto en la caseta, antes de reventar la puerta con toda su fuerza y no poder frenar su impulso, aquellos utensilios habían permanecido apoyados tranquilamente contra la pared que se erguía frente a la puerta de la caseta. Sobre las palas y los picos, en una especie de estante rudimentario, descansaban varios cascos de obra amarillos en los que había escritos algunos nombres con rotulador permanente, apilados unos encima de otros. Dentro del cuarto, había también un armario con cuatro taquillas y varias sillas, en las patas de las cuales se encontraba un número indeterminado de pares de zapatos de seguridad, compitiendo por ver cual era el más sucio.

Cuando Roberto entró, su cuerpo golpeó contra el muro de utensilios de obra apilados delante de él. Los cascos que descansaban sobre el estante saltaron tras el impacto y cayeron sobre Roberto uniéndose a la fiesta. Trastabillado en el suelo, Roberto empezó a reír pues había encontrado lo que andaba buscando: Un pico y una pala. Para él, aquellos dos utensilios, resultarían imprescindibles. Eran útiles objetos para saquear y desvalijar comercios o casas y también podrían ser usados como arma en caso de verse en un apuro. El pico era un objeto contundente que podría acabar con cualquier humano de un único y certero golpe. La pala, bueno, seguro que le encontraba un uso digno. Las carcajadas brotaban de su boca abiertamente, se sentía bien pues había conseguido abrir aquella puerta y, además, había encontrado lo que andaba buscando. Cogería un par de ambos y los guardaría en el maletero de su coche. “Mejor que sobre que no que falte”, hubiera dicho su padre.

No había intentado ni incorporarse después de acabar en el suelo, simplemente se regocijaba en el suelo, como un puerco entre la mierda. Reía abiertamente, sin pensar si quiera que del golpe pudiera haberse lesionado. Pero por lo visto estaba en perfecto estado, no notaba ninguna parte de su cuerpo dolorida y tampoco podía parar de reír. Una cosa podía estar clara: No se había roto ninguna costilla, sino, entre tanta carcajada, hubiera notado el lacerante dolor en el costado.

Entre tanta carcajada, puerta rota y utensilio de obra, Roberto hacía rato que había bajado la guardia y, ahora, después de la tonta tarascada, estaba totalmente centrado en sus propios problemas, ajeno a cualquier cosa que pudiera estar pasando fuera de aquella gastada caseta. Fue mientras intentaba incorporarse cuando notó una variación en la luz. Roberto notó de golpe como una sombra se cernía sobre la puerta y se adentraba en la caseta llegando incluso hasta él. El movimiento instintivo fue el de mirar hacia la puerta y pudo discernir cómo bajo el dintel de la puerta se erguía un contorno oscuro que desde la perspectiva de Roberto, sentado sobre palas y picos y rodeado de cascos amarillos, se mostraba monstruosa.

Se había despistado. Había bajado la guardia. Había cometido un error de novato. Y ese tipo de errores se suelen pagar caro, si no los solucionas rápido, claro está. La criatura bajo el marco de la puerta parecía congelada, estática. Durante unos segundos que parecieron eternos, Roberto la miro fascinado esperando que moviera ficha. El tiempo parecía alargarse como si no hubiera un final, como si todo estuviera suspendido en el aire. Aquel ser permanecía allí, bajo la puerta, con los brazos colgando de los hombros como había visto ya en otras ocasiones. Aun no podía verlo, pero Roberto sabía cuál sería el tipo de expresión que su rostro tendría dibujado.

Primero fue una silueta, pues los rayos del sol le golpeaban la espalda y dejaban los detalles ocultos. Pero mientras el tiempo se extendía hasta el infinito, los ojos de Roberto se aclimataron a la luz que le llegaba y pudo empezar a ver multitud de detalles, que seguramente hubiera preferido evitar. “Aquello” era un hombre viejo, enfundado en un pijama de aspecto poco actual, sucio y amarillento, manchado por diversos fluidos que más valía no preguntarse por su procedencia. La camisa del pijama estaba perfectamente abotonada y toda su superficie parecía estar salpicada de manchas oscurecidas. Estas manchas se hacían más grandes a medida que se acercaban al cuello. El pantalón, que antaño debió ser blanco o como mucho veis, mostraba unas manchas marrones en la entrepierna que caían casi hasta las rodillas. Sus pies estaban descalzos y debido a todo el polvo de las obras, estaban polvorientos y ennegrecidos. Sobre la cara se podían identificar rasgos duros y gastados que tenían toda la pinta de ser previos al cambio hacia criatura caníbal. Sobre sus ojos, que desde la perspectiva de Roberto no eran más que oscuras lagunas en su cara, despuntaban unas pobladas y encrespadas cejas canosas bajo una incipiente calvicie fruto de un buen puñado de años de vida. La boca se encontraba envuelta de algún tipo de líquido seco negro que con toda seguridad sería sangre. Sin duda, aquella persona, por su atuendo y su aspecto físico, antes de no-muerto, había sido una persona mayor, de posiblemente sesenta y largos años.

Desde el suelo, Roberto permanecía paralizado mirando aquella silueta dibujada bajo la puerta. La criatura o “zombi de la tercera edad”, concepto que había cruzado la mente de Roberto como un tren bala, parecía no fijarse en Roberto. Se limitaba a permanecer ahí parado, ajeno a todo lo que pudiera ocurrir dentro de la caseta. Sin embargo, a Roberto se le antojaba que sí estaba alerta. Que simplemente estaba evaluando la situación, al ritmo de un cerebro semi-descompuesto por el efecto de algún agente extraño, liberado días atrás. La situación se antojaba absurda pues la mirada de Roberto a aquel “zombi de la tercera edad” había quedado sostenida como por arte de magia, alargándose incómodamente durante segundos.

Otra idea cruzó la mente de Roberto en ese momento. Una idea que había surgido de una de sus películas favoritas, en ella el Tiranosaurio se quedaba observando a su presa y como ésta no movía un músculo, el extinto saurio era incapaz de localizarla. “Si no te mueves, no te puede ver”, rezó la voz del prestigioso arqueólogo interpretado por Sam Neil en la película de Steven Spielberg, “su visión se basa en el movimiento”. Pero realmente no lo creía así. Aquel ser lo estaba viendo. No veía sus ojos, ocultos tras la sombra de sus cuencas hundidas, pero sabía que los tenía encima suyo y que si no había atacado ya era por algún tipo de retraso cognitivo. Tenía mejor vista que el Tiranosaurio, pero quién sabe si mejor cerebro.

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