¿Cuánto tiempo había pasado? Nadie lo sabía. La escena parecía uno de aquellos duelos que tanto se prodigaban en los Spaghetti Westerns de Sergio Leone. Por desgracia, allí no había un Clint Eastwood agarrando un cigarro con un lateral de la boca y esa mirada de parpados cerrados tan inquietante, ni un Lee Van Cliff vestido totalmente de negro, con el puntiagudo bigote fino y su espectacular mirada maliciosa de suspicacia. Simplemente estaba él, Roberto, en el suelo y aquella cosa bajo el dintel de la puerta.
Roberto, impaciente y dispuesto a dar el primer paso, hizo el ademán de levantarse y en un primer momento no lo consiguió. Los mangos largos de madera de las palas y los picos se cruzaban por el suelo e impedían que Roberto pudiera levantarse de forma cómoda. Pese a que Roberto estaba intentando incorporarse lentamente el ruido que hacían los utensilios y los cascos, que rodaban por el suelo libremente, resultaba atronador. Intentaba ser sigiloso, pero sólo conseguía hacer más ruido del que hubiera hecho incorporándose rápidamente. Paró en seco su intento de incorporarse, quedando apoyado sobre sus pies y sus manos, y afinó su oído. De forma gradual, aquel “zombi de la tercera edad” empezó a emitir aquel molesto sonido monótono y carente de todo, alzando el rostro, que antes había estado ligeramente orientado hacia abajo. Los ojos, que antes permanecían a la sombra se hicieron visibles y Roberto pudo ver la neblina blanca que parecía cubrirlos, mucho más opaca de lo que había visto nunca.
Roberto se había vuelto a quedar paralizado cuando empezó a escuchar aquel sonido proveniente del cavernoso pecho pútrido de la criatura. Aquella cosa seguía emitiendo aquel monótono gemido, con esa cara de embobado que resultaba tan cínicamente inofensiva. A dos metros de la criatura estaba Roberto a medio levantar, que había abortado su plan de tomar la iniciativa. Entonces fue el turno del no-muerto. Empezó levantando los brazos poco a poco y descolgando la boca aun más mientras continuaba emitiendo aquel gemido tan desagradable. Roberto deseó poder llevarse las dos manos que estaba usando como apoyo en el suelo para taparse los oídos. En cuanto los brazos quedaron orientados en dirección a Roberto, uno de sus pies empezó a adelantarse, en un intento torpe de dar un paso hacia delante. Fue en ese preciso instante cuando algo se encendió en el cerebro de Roberto, algún interruptor pasó del “off” al “on”, y con toda la decisión que le faltó en el intento anterior se impulsó con sus cuatro extremidades dando un salto y quedando finalmente de pie con las piernas flexionadas. Sus brazos, liberados de la tarea de sostener su peso, eligieron al azar un mango de los muchos que habían esparcidos a su alrededor agarrándolo con fuerza.
Ahora desde aquella posición Roberto podía ver que el “zombi de la tercera edad” no medía más de un metro y cincuenta centímetros. Sentado en el suelo su aspecto era más aterrador, ahora desde esa perspectiva y sacándole más de una cabeza, Roberto se sintió más seguro de sí mismo. Apretó las manos sobre el mango del objeto que había agarrado en el suelo y notó como algo le ardía en las venas. Sin duda, aquel era el chute de adrenalina más intenso que había notado jamás.
El arma que Roberto había elegido al azar resultó ser una pala, pero Roberto no se fijaría en eso hasta después, pues tenía la mirada fija en su objetivo. Fuese una pala o un pico, Roberto tenía la intención de estrellárselo en la frente a esa cosa. No esperó ni un segundo. Tras alzarse finalmente y asegurar el objeto entre sus manos, los brazos de Roberto se alzaron y dejaron caer un tremendo golpe de arriba abajo sobre la cabeza de aquel ser estrambótico de metro cincuenta y pijama sucio.
Todo transcurrió en un par de segundos. La pala se paró en seco y el sonido a metal vibrando se extendió por el aire, ligeramente sostenido. Roberto notó como un calambre surcaba sus brazos desde las manos a los hombros. La punta plana de la pala, por su parte convexa, había golpeado la frente de aquel viejo zombi con bastante fuerza. Éste se había parado en seco, habiendo solo avanzado un paso. Roberto estaba seguro de que ese golpe hubiera tumbado a un humano normal al instante. Pero aquella cosa permanecía de pie, inmóvil. Sus brazos habían vuelto a descolgarse sobre sus hombros y su gemido, aquel gemido que llenaba de hastío a Roberto, también cesó tras el sonoro golpe.
Dudó entre retirar la pala o dejarla allí un rato más, tapando la cara de aquel ser mugriento de cejas pobladas. Finalmente retrajo la pala hacia él en posición ofensiva, dejando la punta afilada de la pala orientada hacia el cuello de su objetivo. La frente de aquel “zombi de la tercera edad” después del golpe había quedado aplastada, burbujas de sangre coagulada salían por algunos cortes que habían aparecido en diferentes partes de aquella cabeza. Esta sangre caía lenta y viscosamente por la frente y también por la nariz, como si fuera mermelada de moras. La nariz se había deformado completamente y ahora parecía un boniato o una patata por la que resbalaba aquel denso fluido.
El tiempo volvió a detenerse. Roberto mantenía la guardia mirando a aquella cosa a los entelados ojos, sobre los cuales creía ver ahora minúsculas manchas negras. Mermelada de moras, sin duda. Notó en su frente tremendas gotas de sudor que se le acumulaba en las cejas, evitando que le entrara en los ojos. Roberto estaba como una moto. Esperado no sabía qué, para continuar con su ataque.
El “zombi de la tercera edad” había quedado como desconectado. El golpe había sido potente y aunque la pala no había conseguido fragmentar el cráneo, la inercia había meneado el cerebro dentro de su cabeza bruscamente, como si de gelatina se tratara. Sin saberlo, Roberto le había dado al botón del “reset” y ahora su sistema operativo se estaba poniendo en marcha de nuevo. “Windows para Zombis, XP o algo por el estilo” hubiera pensado Roberto. Aquella cosa aun no estaba acabada. Se volvería a mover, sólo necesitaba unos segundos más…
…segundos que a Roberto le parecían horas. Ahora las manos le sudaban también, pero era un sudor denso y fuerte, cargado de testosterona y adrenalina. ¿Por qué no se movía? Se preguntaba Roberto. Había sido un buen golpe. Y tanto que lo había sido ¿Pero había conseguido acabar con él? Y si era así ¿por qué estaba de pie? ¿por qué no caía desplomado al suelo?
Pero algo le decía que aquello no había acabado. Eran todas aquellas hormonas y demás sustancias que ahora flotaban por su sangre y que estaban deseando explotar. Le hacían sudar, le hacían arder, le impacientaban y le incitaban a más. Habían hecho el esfuerzo de saltar al torrente sanguíneo y se negaban a volver a su madriguera de rositas.
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05/01/2010 at 16:19 Permalink
ESE ROBERTO!!!