Episodio XXXII

El movimiento iniciado por aquel viejo que ahora pasaba las horas convertido en zombi fue más rápido de lo que Roberto hubiera esperado. Esta vez los gestos descoordinados y toscos dejaron paso a un latigazo torpe y espasmódico de sus brazos que se lanzaron hacia delante con ansia, como si el golpe recibido le hubiera despertado de un letargo sobrenatural. No hubo gemido alguno. No en ese momento. Sólo sus brazos y la mandíbula, la cual se descolgó mostrando los gastados dientes de aquella persona, parecían tener un ápice de vida. Era como si actuaran por voluntad propia pues el resto del cuerpo no acompañó para nada, cayendo hacia delante propulsado únicamente por la inercia de los brazos al salir disparados en busca de su presa. En ese momento Roberto recordó a aquella mujer que cayó al suelo tras ser arrollada por el su coche. Pese a perder la movilidad de las piernas, aquella cosa se estremeció y rascó el asfalto con las manos hasta prácticamente lijárselas. Sin duda, aquellas criaturas eran más peligrosas de lo que parecían y, si bajabas la guardia, podían darte caza haciendo gala de unos movimientos sorprendentes.

A punto estuvieron aquellas pequeñas y mugrosas manos de agarrar las mangas del anorak de Roberto. Sus brazos estaban adelantados agarrando la pala y guardando la guardia hacia el frente. En un acto instintivo Roberto dio un paso hacia atrás inclinando el peso de su cuerpo hacia esa dirección. Uno de los mangos de un pico que había en el suelo trastabilló con el talón de Roberto y por un momento pensó que se desequilibraría, volviendo a dar con sus huesos en el suelo. Finalmente consiguió rectificar el movimiento defensivo y mantenerse en pie. Roberto se había librado por los pelos de aquel sorprendente agarre que le había lanzado el “zombi de la tercera edad”.

El corazón le golpeaba el pecho desbocado y notaba como le palpitaban las sienes. De forma inconsciente Roberto lanzó un grito de furia, muy diferente del que antes había emitido aquel muerto viviente, enfundado en su desfasado pijama amarillento, y notó como toda aquella adrenalina empezaba a quemarse dentro de sus venas. Su grito, su cántico de batalla, estaba lleno de vida y también de miedo a perderla.

Roberto ardía por dentro. Milésimas después de lanzar su grito de guerra, Roberto se lanzó hacia delante alargando los brazos y empujando a aquella cosa con la punta de la pala que se clavó en el cuello de aquel viejo muerto, aplastando la garganta de aquella cosa.

Roberto y el viejo cruzaron la puerta de la caseta. Uno empujando y el otro siendo empujado. Aquel viejo de metro cincuenta no debía pesar más de cuarenta kilos, pues Roberto era capaz de empujarlo con relativa facilidad. En un gesto final de furia, hizo fuerza con los hombros y lanzó sus brazos hacia delante. La pala se hundió un poco más en aquel flojo cuello y luego se separó en el momento que en Roberto paró en seco.
Sus pies derraparon unos centímetros en el terroso suelo, sin embargo, el viejo prácticamente voló por los aires y calló tres metros más allá de donde Roberto había parado. El pecho de Roberto subía y bajaba con ansia. Notaba los brazos pesados e inflados por la conjunción del esfuerzo y toda aquella adrenalina quemada. Sin embargo, aun no consideraba que el trabajo estuviera acabado pues mientras Roberto clavaba la mirada en el bulto tirado en el suelo, vislumbró como éste aun se movía de forma errática.

Al caer en el suelo, se había levantado una ligerísima nube de polvo que para nada ocultaba el cuerpo tumbado en el suelo. Aquella cosa parecía intentar caminar como si no hubiera caído al suelo y aun mantuviera la verticalidad. Sin duda, no tenía ni idea de la posición en la que estaba. Roberto vio ahí la oportunidad perfecta de acabar de quemar aquel exceso de adrenalina sobrante y, de paso, poner la primera muesca en su fusil. Obviamente lo ocurrido en casa de sus padres no contaba. Se giró sobre sí mismo y se dirigió hacia la caseta de nuevo, desapareciendo de la escena al cruzar el marco de la puerta del sombrío cuarto de trastos de obra. Después de unos segundos, en los que aquel “zombi de la tercera edad” continuaba intentando descifrar por qué sus movimientos no tenían efecto alguno, Roberto emergió de la sombra con un objeto asido con la mano derecha. Con la izquierda encendía un cigarrillo mientras entornaba los ojos para que el humo no le entrara. Cuando lo consiguió, volvió a centrar su mirada en su objetivo, que continuaba rebozándose en arena y piedrecillas. Aferrado fuertemente a su mano derecha había un objeto doblemente puntiagudo. Para finalizar la contienda, resultaba mucho más eficaz que la pala. Y Roberto no tenía ganas de que aquello durara mucho más. Se le estaba revolviendo el estomago.

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