Episodio XXXIII

Un pico puede servir para muchas cosas y siendo originales también, entre ellas, para perforar un cráneo con relativa facilidad. Solamente había que golpear en el sitio adecuado con la fuerza adecuada y el peso y la parte puntiaguda del objeto harían el resto. Por ese motivo Roberto consideró que sería más rápido y menos traumático (para él) usar el pico y no la pala para rematar la faena.

Caminó hasta aquella cosa que aun no parecía entender qué estaba pasando. La bordeó y colocó sus pies a unos cincuenta centímetros de sus hombros, dejando la cabeza de aquella cosa prácticamente entre sus piernas. La arenilla y el polvo del suelo se le habían enganchado a las partes húmedas de la ropa y también en los fluidos sanguinolentos que le resbalaban por la cara. Mantenía la boca abierta pero ningún sonido escapaba de aquel cavernoso orificio. Roberto creyó comprender el por qué: Su cuello, por debajo de la barbilla, había sido seccionado por la pala y el poco aire que los pulmones de aquella cosa pudieran exhalar escapaba por aquel corte, haciendo que con él brotaran pequeñitas gotitas de oscurísima sangre que bien podrían haber sido petróleo.

Aquel zombi se retorcía lentamente en el suelo. Eran movimientos descoordinados en los que intentaba con poca fortuna mover las piernas y los brazos, como intentando aferrarse a algo que, sin duda, no estaba allí. Por desgracia para aquella cosa, éstos no tenían efecto alguno salvo por el polvo que levantaban a su alrededor. Roberto no quiso mirar hacia esos blanquinosos ojos pues pensó que si lo hacía perdería la fuerza cual Sansón al perder su melena. Sus retinas se centraron en la herida que tenía en el cuello, aquella herida que supuraba viscosa sangre negra y que pese a resultar sumamente asquerosa, no le hacía sentir el pánico que aquellos ojos provocaban en él. Respiró fuertemente y exhaló una bocanada de aire, intentando serenar su mente, luego, agarró el cigarrillo con los labios y alzó con las dos manos el pico por encima de su cabeza. Sin duda, Roberto intentaría que aquello durara el menor tiempo posible. Aquel “zombi de la tercera edad” parecía no haberse fijado en él desde que había quedado en el plano horizontal y, por si acaso, Roberto pretendía acabar con él lo antes posible. Aquella cosa, tumbada en el suelo boca arriba, le estaba dando más facilidades de las que seguramente le darían otros de su misma especie.

El pico, que ahora se mantenía alzado por encima de su cabeza, vibraba a causa del peso y del nerviosismo creciente. Roberto dudó por un instante hasta que, probablemente por efecto del azar, una mano de aquel ser se acercó a uno de sus pies en uno de sus descontrolados espasmos. Cuando Roberto vio cómo aquellos dedos pequeños y roñosos pasar a pocos centímetros del bajo de su pantalón tejano, emitió un pequeño y agudo quejido dejando caer el cigarro que mantenía entre sus labios. Al tiempo que el cigarro caía livianamente, los brazos de Roberto iniciaron el arco descendente acompañados por el apéndice de madera y metal que había agarrado en segunda instancia, al entrar de nuevo en la caseta.

La punta del pico entró por encima del ojo izquierdo de aquel zombi. El ojo saltó de su orbita para dejar espacio al trozo de metal que se abrió paso hasta el cerebro sin estridencia alguna y quedó colgando, como cayendo por la mejilla. Todo fue muy silencioso. Ni un “crack” del hueso al crujir ni un “chof” de la sangre al brotar. Roberto abrió los ojos algo indeciso y fue en ese momento cuando tomó conciencia de que para efectuar aquel certero golpe los había cerrado involuntariamente. El blanco aunque algo amarillento ojo fue lo que llamó más la atención de Roberto. Sin duda, su brillante y claro color, como el de una perla, fue la pista que guió la mirada de Roberto en un primer momento. El contraste era demasiado tentador como para no mirarlo. Al ver el ojo fuera de su orbita un escalofrío recorrió su espalda y su estomago se contrajo, haciéndole recordar que las magdalenas aun seguían ahí. No había sangre. Sólo ese fluido negro y espeso que de forma tímida, asomaba por las heridas sin llegar a precipitar.

La estampa de la calle desde que había abierto los ojos tras asestar el golpe parecía totalmente diferente a como lo había sido segundos antes. Los torpes movimientos de aquella cosa habían cesado instantáneamente y con ellos, todo parecía haber parado en seco. El único ruido que desentonaba entre tanta calma era el bronco sonido de su respiración, la cual hacía subir y bajar su pecho de forma frenética. Tomó conciencia y se dio cuenta de que aun aferraba con fuerza el mango del pico, lo soltó con algo de repugnancia y éste calló hacia el lado de la cara por el que la punta se había abierto paso, lentamente, haciendo girar el cuello de aquella cosa. Recogió el cigarro que se le había escapado de entre los labios, limpió el polvo que se había pegado en el filtro debido a su saliva y le dio un par de caladas. Le supo a mierda. Sin embargo no se deshizo de él.

Roberto se sentía un extraño para él mismo. No sabía de donde había sacado esas fuerzas, esas ideas, esa brutalidad casi animal. Ahora lo ocurrido hacía unos segundos, parecía una especie de sueño bizarro. En cualquier otra situación, Roberto hubiera pensado que lo más lógico en una situación así sería apartar el bulto de en medio y huir. Aquella cosa no le hubiera podido seguir ni en sueños. Sin embargo no fue esa su respuesta ¿Acaso era ese su instinto “neanderthal”?¿Su lado salvaje? Tras pensar en los antecesores de la humanidad y sentirse identificado con ellos, Roberto recordó cómo le ardían los músculos, los nervios, las venas, debido al efecto de la adrenalina.

Adrenalina. Sin duda, un buen invento. La había estado acumulándola durante casi una treintena de años. Hasta este día. El día en que había quemado tanta cantidad de aquella sustancia que no podía siquiera reconocerse.

Roberto intentó centrarse de nuevo y no perderse en divagaciones sobre el funcionamiento de su cerebro y las sustancias que intermediaban. Se orientó, como si no recordara muy bien qué hacía allí y cómo había llegado y pronto encontró las pistas que necesitaba. Vio su coche, aparcado unos metros atrás, y algo más alejado aun, un cartel azul y rojo con letras enormes encima de una persiana metálica pintaba a su vez también de azul. Aquello era lo que había venido a buscar. Era el motivo por el cual todo esto había ocurrido. Debería intentarlo, sin duda. Sino ¿para qué había llegado hasta allí?

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Un comentario en "Episodio XXXIII"

  1. DAV
    22/01/2010 at 15:12 Permalink

    Se han comido a Roberto???

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