Episodio XXXIV

Antes de dirigirse a la entrada del supermercado, la cual estaba protegida por una persiana metálica estándar, igual a la de millones de comercios, Roberto volvió a la caseta para hacerse con otro de aquellos picos. El que acababa de usar estaba bien clavado en aquella maltrecha cabeza y prefería que siguiera allí. Roberto no temía que al recuperarlo aquella cosa intentara atraparle de nuevo, sin embargo sentía una extraña repulsión por aquella cosa. Repulsión inducida por una mezcla de miedo, vergüenza y asco. Roberto evitaría por todos los medios acercarse a aquella cosa, ni tan siquiera osaba mirar en esa dirección.

Por ese motivo sólo recorrió unos metros, sin acercarse lo mas mínimo al inerte señor mayor del extraño apéndice sobresaliendo de su cabeza. Dio un absurdo rodeo respecto a la posición del muerto y se hizo con otro de aquellos picos que permanecían desordenadamente esparcidos por el suelo de la caseta de obra.
Al salir de la caseta se percató de la presencia del palo de la escoba que había quedado tumbado en el suelo cuando se dispuso a patear la puerta de la caseta. Había encontrado un utensilio bastante más útil que aquel palo, no obstante no descartó en un primer momento volver a recogerlo cuando volviera al coche, aunque eso implicaría acercarse de nuevo al muerto, cosa que no le hacía la más mínima gracia. Mientras caminaba alejándose de la caseta y del palo de escoba, Roberto decidió olvidarse por un rato del palo y continuó caminando hacia el supermercado. Posiblemente jamás volvería a ver ese palo de escoba al que le guardaba un especial cariño, tenía faena por hacer.

Se paró a un par de metros de aquella persiana. La caseta quedaba ahora a relativa distancia y el bulto que antes fue el “zombi de la tercera edad” no parecía más que un inofensivo montón de escombros, en el que alguien había clavado un pico con bastante mala saña. Se detuvo para ver qué podía hacer él para levantar aquella losa metálica que le separaba de los víveres que pretendía recoger. Desde aquella posición Roberto se cercioró de que la persiana estaba compuesta en realidad por dos persianas independientes que sellaban la amplia puerta del comercio, unidas por un riel metálico pintado del mismo color azul en el centro.

Bajo su punto de vista, Roberto no podía hacer gran cosa salvo la que ya tenía en mente. Sin embargo intentó estrujar sus neuronas al máximo para ver si sonaba la flauta, la cual, por supuesto, se negó a sonar rotundamente. No quedaba otra, intentaría introducir una de las puntas del pico cerca de la cerradura que anclaba cada persiana al suelo y, haciendo palanca con su peso, intentaría reventarla a pulso. Con suerte funcionaría, si no, a Roberto no le quedaría otra que abortar la misión de abastecimiento.

Acercó la punta plana del pico a la cerradura de la persiana, la pegó justo donde la persiana tocaba con el suelo, dejando justo unos milímetros por los que Roberto pretendía meter la punta del pico. Lo intentó inicialmente con delicadeza, sin embargo la persiana se resistía a dejar pasar la punta metálica que pretendía reventar su cerradura. Finalmente, Roberto colocó lo más cerca que pudo el pico y, tras levantarse de la encorvada postura que había adoptado, golpeó el palo de madera que hacía de mango con la suela de sus zapatillas deportivas. La persiana vibró con ganas produciendo un metálico sonido y la punta plana finalmente entró tímidamente por debajo de la persiana y Roberto. Viendo lo efectivo que había resultado ser su golpe Roberto propinó repetidos nuevos golpes con su pie sobre el pico, cada vez más fuertes, sin importarle que el sonido que producía aquella persiana estuviera siendo atronador.

Con cada golpe, el pico penetraba un poco más por debajo de la persiana. Mientras esto ocurría, Roberto alucinaba viendo cómo su improvisado plan parecía funcionar de maravilla. Al tiempo que la punta se hundía más y más, al tiempo que Roberto se animaba a golpear más y más fuerte, la persiana que vibraba con fuerza debido a las acometidas de Roberto emitía su singular sinfonía destartalada que se propagaba por todo lo largo de la calle y quién sabe por donde más.

Finalmente Roberto paró en seco, tomando conciencia del estruendo que estaba montando. Giró su cuello rápidamente a izquierda y derecha mirando hacia ambos lados de la calle con avidez. Nada. Seguía estando sólo y, por lo visto, la aparición de aquel viejo zombi era la excepción y no la norma. Quizá las calles no llegaran nunca a infestarse de aquellas criaturas. Quizá los que acabaron convirtiéndose en seres aberrantes y caníbales eran tan pocos que podrían ser sorteados sin problemas. Roberto albergó cierta esperanza que hacía ya muchos días que no sentía. Ni siquiera estaba seguro de que jamás sintiera tanta esperanza como en aquel momento. Quizá, incluso, los zombis no existan y fueran sólo producto de su imaginación. Pero Roberto no se atrevió a mirar atrás, donde sabía que yacía el cuerpo de una de esas criaturas. Quizá, sólo quizá.

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