Episodio XXXV

Desde aquella diferente perspectiva, Roberto parecía un poseso. Una persona que parecía luchar a patada limpia contra una persiana metálica inofensiva, sin capacidad para devolverse. El ruido que provocaba era ensordecedor. Desde allí, se veía a lo lejos la pequeña figura del hombre que golpeaba a la puerta con furia. Mucho más cerca, como a unos pocos metros había un coche azulado parado delante de una valla de obra metálica con una señal colgando. El motor de aquel coche, aun debía de estar caliente. Sin embargo, la cosa que estaba presenciando la escena no llegaría en ningún momento a fijarse en esos detalles, pues no era ya una persona. Anteriormente sí lo fue, pero ya no era una persona. Ahora era otra cosa, muy parecida y a la vez tan diferente.

A aquella cosa no le importaba la temperatura del motor, tampoco el significado de aquel cartel que colgaba en la valla y ni mucho menos el por qué aquella persona golpeaba con desenfreno la persiana, ni siquiera se había fijado en esas cosas. Simplemente había acudido a una llamada, que no había sido otra que Roberto en su coche conduciendo y parándose allí, al final de la calle.

Por culpa de su torpe forma de desplazarse, el camino hasta alcanzar su objetivo había sido tortuoso y lento, pero ¿qué importaba? Ya había llegado. Su recompensa estaba al otro lado de la calle sin siquiera percatarse de que estaba siendo objetivo de miradas furtivas. Le había costado lo suyo seguir a aquel coche. Ni siquiera sabía cómo lo había hecho. Lo había visto pasar unos cuatrocientos metros atrás, a la altura de una gran rotonda que hacía las veces de plaza también en la que antes jugaban multitud de niños. Sin saber muy bien por qué, su limitado y casi semidescompuesto cerebro le había ordenado seguir aquel trozo de metal con ruedas y ni siquiera se planteó duda alguna sobre aquella orden. Aquella masa viscosa y gris situada dentro de su cráneo mandaba las órdenes, el resto de aquella cosa, simplemente las cumplía.

Tras iniciar su lenta marcha, otros como él se habían sumado a la persecución. En total habían sido tres los que se encontraban ahora allí, al lado de aquel coche azul. Ahora sólo tenían que poner la puntilla a la ardua tarea y cobrarse la recompensa. El pionero en la exploración y el que se encontraba en cabeza era un hombre robusto, de amplio torso, prominente panza y fuertes extremidades que debía de contar con unos treinta y tantos años. Su rostro era áspero y duro, sin duda el de un hombre que en su otra vida había trabajado duro largos años. El color rojizo de su pelo contrastaba con la pálida piel confiriéndole rasgos irlandeses. Sin embargo ahora sus expresiones faciales eran las de un bobo subdesarrollado cuya edad mental no superaba los siete años. Si no fuera por el aro rojo que rodeaba su boca, cualquiera hubiera pensado que aquel hombre no era más que un amigable retrasado mental que tomaba poco el sol. Pese a ser invierno, vestía una sucia camiseta junto a unos calzoncillos holgados de indescriptible color que, sin duda, constituían su pijama. El resto del cuerpo que no cubrían estas prendas estaba desnudo y presentaban un color aun más blanco.

Él bobo irlandés fue el que abrió la marcha. Luego se sumaron una mujer joven de pelo negro y busto prominente, vestida con botas altas, tejanos gastados bien ajustados y un jersey de cuello alto y un adolescente esmirriado de pelo rapado y un corte realizado con la cuchilla de afeitar en la misma ceja que mostraba un piercing inflamado y supurante, que vestía un pijama a rayas con prominentes manchas de fluidos sobre la entrepierna. Estos dos se habían sumado sin saber el por qué al ver pasar a su compañero no-muerto y para sorpresa para ellos (aunque su rostro no la indicaba lo más mínimo), habían topado con la carne más fresca de toda la barriada. Los tres ya habían rapiñado la carne de varios cadáveres. A causa de esta ingesta compulsiva de carne muerta, sus abdómenes se encontraban algo inflados, aunque donde más se notaba era en la panza del joven y escuálido chaval de pelo rapado, que se había inflado sobremanera respecto a sus delgadas extremidades. Ahora pretendían dar caza a aquella persona que les daba insultantemente la espalda.

Clavaron su mirada en aquella persona que se batía en ardua batalla sin cuartel contra la persiana y continuaron su lenta marcha para darle alcance. Lentos y silenciosos, eran como una tormenta de verano que se forma sin avisar. Roberto, mientras tanto, miraba a izquierda y derecha para confirmar que nadie le había descubierto, obviando completamente mirar a sus espaldas. Error fatal.

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