Roberto era de los que pensaba que las mujeres eran más inteligentes que los hombres. No le cabía ninguna duda. También pensaba que las mujeres eran más pesadas, igual eso era consecuencia de la inteligencia. No lo sabía con certeza. La cuestión era que lo que acababa de presenciar confirmaba sus sospechas sobre la inteligencia humana. Tras coger la última esquina y disponerse a correr como alma que lleva el diablo en dirección a su coche, una voluptuosa figura sobresaltó su marcha.
Roberto paró de correr en seco tras doblar la esquina. Al lado de su coche había alguien, alguien que Roberto reconoció sin ningún tipo de problema. Sus curvas eran muy sensuales, en otros tiempos apetecibles. Unos apretados tejanos marcaban sus piernas de forma extrema y el jersey, que tapaba todo el torso, no evitaba que la forma y el tamaño de sus pechos se mostrasen en todo su esplendor. La piel de su cara era blanca y el pelo negro y liso caía lacio sobre sus hombros y espalda con naturalidad fastuosa. Solamente fallaba una cosa, que por desgracia resultaba ser muy importante. Aquella joven de cuerpo esperpéntico estaba muerta, desde hacía unos días.
Aquel cuerpo andante, desde los sesenta metros que los separaba, no se parecía apenas al resto de los que Roberto había podido encontrarse anteriormente. Ni el quinqui con el pelo a lo cenicero, ni el pelirrojo gigantesco tenían nada que ver. Aquellos que Roberto había podido ver eran cuerpos sucios y castigados, sin embargo ella era como una ninfa de hombros caídos, como salida de un sueño erótico y algo necrológico. Parecía un milagro digno del más poderoso de los Dioses que aquella mujer se consiguiera sostener sobre los tacones de sus altas botas, del mismo modo que parecía un milagro que sus labios y mofletes no estuvieran manchados por la sangre de aquellos que no habían podido sucumbir a sus encantos postmortem. Y en ese momento el mismo Roberto estaba dudando si no era obra de ese mismo Dios el hecho de que aquel personaje de bizarro cuento de hadas estuviera ante él. Como si fuera la prueba final de algún extraño relato griego, de la que sólo podía salir victorioso o muerto. Sucumbir ante la carne muerta o vencer su embrujo fatal y continuar su tortuosa existencia, en un mundo extraño. Hércules tuvo sus pruebas. Roberto tendría las suyas propias y por todo lo que llevaba vivido desde días atrás, ahora tenía el convencimiento de que ésta no era la primera.
Nada se movía salvo los pensamientos de Roberto. Aquella chica, aquella “femme fatale”, se mantenía en su pesada postura y Roberto, que fruto de su carrera estaba empezando a sudar, se lanzó a su destino con un único objetivo claro. Tenía que llegar a su corcel metálico y luchar contra la ninfa que lo custodiaba.
Sus piernas empezaron a correr de nuevo y la velocidad, facilitada por la pendiente decreciente de la calle, empezaba a aumentar rápidamente. Corría por en medio de la carretera y por el lateral de su campo visual, veía pasar los borrosos coches cada vez más rápido. ¿Qué estaba haciendo? No lo tenía muy claro. Se estaba acercando a su coche, pero su mirada no estaba centrada en el vehículo, su objetivo era otro. La chica. El no-muerto.
A medida que se acercaba, la magia parecía romperse. Aquella chica ganaba en detalles y si su cuerpo se mantenía tan atractivo como antes, empezaban a aparecer manchas de suciedad y mugre sobre su ropa. Las botas estaban polvorientas, el gris jersey estaba manchado con negruzcas medallas alrededor de su cuello, su cara mostraba un tono azulado y repugnante del mismo modo que sus ojos, igual de blanquinosos que los de sus compañeros, se encontraban rodeados por un halo negruzco, como gangrenoso.
La distancia se iba reduciendo y con ella, el embrujo. Ahora Roberto estaba seguro de no encontrarse ante un elemento sobrenatural destinado a la seducción. No más que los otros dos seres que ya había podido engañar dando aquella vuelta a la manzana. Era otro muerto más que no deseaba descansar en paz. Un resignado más. Una vieja decrépita con cuerpo de atractiva joven. Un engaño en todos los sentidos pues ya no era una joven. Ya no era un ser vivo.
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