Roberto intentó incorporarse mientras el fornido zombi de pelo rojizo giraba sobre sí mismo para abalanzarse sobre él e hincarle su mortal dentadura. El no-muerto tenía una fuerza portentosa y Roberto aun no podía llegar a entender cómo podía haberle tumbado con esa facilidad. Con la velocidad que aquellas cosas no parecían poseer, Roberto retrocedió medio arrastrándose por el suelo usando brazos y piernas, intentando poner tierra de por medio respecto a aquel forzudo. Se levantó finalmente con un rápido salto y, como de forma instintiva y sin saber muy bien por qué, Roberto se giró mirando a sus espaldas.
La sorpresa fue mayúscula. Detrás de él, a menos de diez metros, una espectacular chica con un pecho prominente y unas curvas de escándalo junto a un garrulo de pelo rapado, piercings en la ceja y enfundado en un purulento pijama se le acercaban lentamente con los brazos abiertos y sus bocas, sucias de sangre seca, abiertas y desencajadas de forma antinatural. Ambos, al igual que el pelirrojo de gran fuerza, estaban muertos pero ni mucho menos descansaban en paz. Tenían ganas de mucha guerra.
En ese momento Roberto lo entendió. Le habían seguido. Segundos atrás, al mirar alrededor para ver si le seguían, había olvidado mirar a sus espaldas, esas cosas habían acudido hasta él por su retaguardia. Cualquier estratega militar hubiera procurado cubrir ese punto débil, pero Roberto no era militar y ni mucho menos estratega. Y por ese motivo, ahora se encontraba asediado por unos enemigos que jamás hubiera imaginado.
Aquellas cosas continuaban acercándose y Roberto permanecía allí de pie. Sin saber que hacer. Su desplazamiento era lento y torpe pero la distancia entre esas cosas y Roberto se reducía segundo tras segundo, dos cargando desde atrás y uno, sin duda, el más peligroso, acercándose por delante. Roberto sabía que podía huir por izquierda o derecha, pero su cuerpo parecía haber claudicado ante el acoso de aquellas criaturas. Sus piernas estaban como clavadas al suelo y su cabeza parecía poseída mirando hacia delante y hacia atrás indiscriminadamente, sin decidir el objetivo sobre el que prestar más atención. Con cada giro del cuello, aquellos zombis se acercaban más y más.
Fue cuando volvió a centrar su vista sobre el grandote irlandés cuando por fin pudo hacer reaccionar sus piernas. Los brazos de aquella cosa estaban peligrosamente cerca, a unos pocos palmos, y sus dedos se movían ya como anticipando el agarre que pretendían hacer sobre su presa cuando Roberto saltó torpemente a su derecha.
Su cuerpo calló sobre el hombro derecho y sin dejar transcurrir ni un segundo, Roberto apoyó ambos brazos para incorporarse. Justo en el momento en que sus manos se posaban sobre el polvoriento suelo una punzada de ardiente dolor le atravesó el hombro sobre el que había caído. Roberto estuvo a punto de tropezar y dar de bruces en el suelo pero consiguió mantenerse en pie y salió corriendo como alma que lleva el diablo. En ningún momento Roberto contempló mirar atrás hasta estar seguro de haberse distanciado por lo menos veinte metros. Cuando por fin lo hizo, consciente de que estaba huyendo en dirección contraria a su vehículo, observó que aquellas cosas ya estaban persiguiéndolo de nuevo. “Son persistentes” pensó Roberto en ese momento, aquellos condenados podían acabar con la paciencia de cualquiera, eran una especie de expertos en guerra psicológica. Más le valía a Roberto ser fuerte y estar preparado para huir en todo momento ¿Acaso aquellas cosas le gritarían “cobarde” o peor aun, “gallina”, mientras ponía pies en polvorosa? Roberto lo duda.
Mientras Roberto pensaba esto, volvió a ponerse en marcha. Podía dar la vuelta a la manzana corriendo y llegar al coche mientras aquellos estúpidos zombis se esforzaban en seguirle por el camino más largo. Corrió a la máxima velocidad que sus piernas le permitieron y por fin llegó al cruce con la siguiente calle notando un dolor atenuado, como anestesiado, en el hombro sobre el que había caído.
Para dirigirse hasta su coche debería girar a la derecha otra vez y subir unos ochenta metros cuesta arriba hasta el siguiente cruce. Antes de afrontar la cuesta buscó a sus perseguidores con la mirada y se alivió al ver que avanzaban a un ritmo desastroso. Sin parar la marcha de su carrera, empezó a subir aquella cuesta bajando ligeramente el ritmo para no desfondarse. Años atrás, Roberto había practicado bastante deporte, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Mucho tiempo y muchas cajetillas de cigarrillos, todo suma a la hora de perder la forma física.
Sigue leyendo » Episodio XXXVIII;
No hay comentarios en "Episodio XXXVII"