Episodio XXXVIII

Aquella cuesta se le hizo más correosa de lo que hubiera podido esperar. No sabía bien si lo costoso del esfuerzo era debido a la falta de fondo, el nerviosismo derivado de la situación o la auténtica pendiente de aquella puñetera calle. No importaba, seguramente los tres factores estaban influyendo. Lo realmente importante era no parar y Roberto lo tenía muy claro. Llevaba ya la mitad del recorrido y sus pies se arrastraban rascando por el asfalto. Corría por en medio de la carretera sin ningún miedo a ser atropellado y atento a los portales que pasaban a sus lados, por si aparecían nuevas siluetas que se sumaran a su persecución. Por suerte nadie se había sumado a la fiesta, aunque no podía estar del todo seguro porque Roberto se había autoconvencido de no mirar atrás por lo menos hasta llegar al siguiente cruce, donde la pendiente se estabilizaría y sus pulmones recibirían su merecida ración de oxígeno.

El silencio que imperaba entre aquellas calles propiciaba que Roberto pudiera escuchar como su respiración se hacía más intensa. El aire estaba fresco y su garganta se había quedado seca como una mojama, haciendo que el molesto sonido de su respiración se hiciera más evidente. Hacía ya días que miles de vehículos no soltaban su ración de contaminación a la atmosfera, ¿Sería posible que el sistema respiratorio de Roberto no estuviera acostumbrado a un aire tan puro? No era probable, pero cabía esa posibilidad.

Finalmente Roberto llegó hasta el cruce con la siguiente calle. Por fin podría volver a recuperar su aliento ya que la pendiente desaparecía un poco más adelante, hasta que finalmente tuviera que volver a girar de nuevo a la derecha y descender la última calle cuesta abajo para finalizar la vuelta a la manzana y llegar hasta su vehículo. Lo difícil ya estaba hecho. Bien por él. Sin parar de correr al trote, miró hacia abajo y se alivió de no ver a nadie. Aprovechó para mirar en dirección contraria. En la calle en la que se encontraba ahora, que era más bien una avenida amplia y anteriormente muy concurrida, se encontraban tanto la comisaría de policía nacional como el centro ambulatorio de su zona. Ambos edificios estarían a unos trescientos metros en dirección contraria a la que Roberto se dirigía. Estaba seguro de que en esos edificios habría otros seres de aquellos pues eran unos edificios en los que, incluso a altas horas, habría personal de guardia. Ese personal ahora podrían ser criaturas errantes, deseosas de probar un bocado de su tierna carne viva.

No sabía si la visión que creía tener era fruto de su imaginación o no, pero a Roberto le pareció ver diferentes figuras en la lejanía, vagando por en medio de la calle como manchas negras casi indistinguibles. Sin embargo no se asustó. Estaban muy lejos y seguramente no había sido visto. Y en caso de haber sido descubierto, no importaba, Roberto llegaría a su coche antes de que ellos ni siquiera hubieran avanzado unos treinta metros. Ya estaba muy cerca.

Intentó subir el ritmo, pues Roberto estaba ansioso por largarse de allí. La idea de aquellas manchas oscuras en la lejanía era, lo menos, perturbadora. Ahora acompañando su marcha con el movimiento de sus brazos empezaba a notar cierto dolor punzante sobre el hombro derecho. El que había recibido el impacto tras la caída, al lanzarse al suelo para esquivar el agarre de aquel zombi pelirrojo y gigantesco. Roberto se convenció de que ese dolor era un precio bastante bajo para lo que podría haber sido. Roberto claudicó de esprintar en ese tramo final pero no dejó de avanzar, a zancada amplia, para llegar cuanto antes a su coche y concluir aquella maniobra de escapismo tan rudimentaria. Tenía que irse de allí cuanto antes. Roberto no tenía certeza sobre ese pensamiento, pero intuía que las cosas habían cambiado respecto a días anteriores. Ahora las calles no parecían estar tan desiertas.

Roberto llegó a la última esquina. Ahora la calle tenía una inclinación descendente leve que le permitiría llegar antes a su coche, el cual le esperaría al final de la calle, donde ésta quedaba cortada por las obras. Solamente tenía que girar en esa esquina. Era fácil. Girar y seguir corriendo.

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