Se levantó sin quitar ojo a la chica que estaba en el suelo retorciéndose entre espasmos y pataletas. Noto cierto hormigueo en las palmas de las manos y las levantó al aire para observarlas. Roberto no se sorprendió de ver que le sangraban ligeramente y que tenía piedrecitas clavadas en la carne blanda de sus manos. Eran los efectos secundarios de realizar patadas acrobáticas “fuera del ring”. Con un movimiento rápido Roberto se frotó tímidamente las manos y las piedrecitas más superficiales cayeron de forma fácil e indolora. De nuevo compuesto y con el trasero algo dolorido, se acercó a su coche mirando de soslayo a aquella cosa tumbada en el suelo. Seguía retorciéndose y Roberto se tranquilizó al ver las botas de tacón que llevaba. “Con eso en los pies sería imposible que consiguiera volver a levantarse”, pensó. En ese momento sintió una especie de pena, como la que se siente por las tortugas cuando quedan panza arriba, pero para nada pensó en ayudar a esa cosa a levantarse. Tenía claro que aquel perro mordería la mano del que le da de comer.
Llego a la puerta y se dio cuenta de que para entrar en su coche tendría que usar la llave para abrirlo. Entre tanta excitación había olvidado ese pequeño detalle. Miró atrás y se alivió al no ver a nada más que una calle vacía y tan muerta como el mundo en el que ahora se encontraba y al cual empezaba, extrañamente, a acostumbrarse. Empezó a palparse los bolsillos del pantalón y posteriormente los de la chaqueta que llevaba entre abierta y encontró lo que andaba buscando. Abrió el coche y antes de meterse dentro una última idea, algo descabellada, pasó por su cabeza.
Volvió a mirar atrás y luego hizo una vuelta completa para comprobar que no había moros en la costa. Salvo por aquella chica, que continuaba con su eterno baile horizontal. Roberto se encontraba más solo que la una, así que respiró aliviado. Aquellos dos se deberían haber tragado por completo su maniobra de despiste y ahora debían estar enfrascados subiendo por la cuesta que anteriormente él subió a la carrera. Sin pensarlo ni un segundo más, en un acto de impulsividad desenfrenada, Roberto se lanzó a correr de nuevo en dirección a la polvorienta caseta de obra de la que, minutos atrás, había salido arrastrando delante suyo a aquel purulento viejo. Allí había algo que no podía permitirse el lujo de dejar atrás. No quería volver de su pequeña aventura con las manos vacías, pues hubiera sido un fracaso con el que no estaba dispuesto a cargar.
Corrió sin distraerse por nada, ni los dos cuerpos tirados en el suelo le distrajeron un segundo. Ni el muerto, ni el no tan muerto. Ni el viejo, ni la joven. Llegó a la caseta rápidamente, aunque en ese momento Roberto notaba como si el tiempo pasara muy, muy despacio y las piernas le pesaran como si sus zapatillas no fueran de tela y goma, sino de cemento armado. Frenó en seco y entró en el interior de la caseta. Durante unos segundos no vio nada pues su vista se tenía que acostumbrar a la oscuridad de nuevo. No importaba, lo que buscaba estaba ahí mismo. Sólo tenía que agacharse y agarrarlo con la mano. Así lo hizo, se agachó y casi sin ver, agarró un mango. “Que sea un pico, que sea un pico, por Dios”, tiró de él sin reparar siquiera en mirarlo y volvió a cruzar el marco de la puerta para encontrarse de nuevo en la soleada calle, que decorosamente el sol había decidido iluminar aquella mañana.
Mientras volvía corriendo en dirección al coche que aguardaba abierto esperando a que Roberto tirara del pomo, pudo comprobar que lo que llevaba en las manos era lo que andaba buscando. “Bingo”, pensó. Un sucio pico había tenido el detalle de posarse entre sus manos y, no sabía porqué, el no volverse con las manos vacías le infundía cierto optimismo.
Agarró la maneta del coche como el que se agarra a lo que puede para no caer por el desfiladero. Con ganas locas de marcharse de allí, Roberto no se permitió el lujo de mirar a otro sitio que no fuera aquella puerta metálica azul. Las manos le sudaban ligeramente, creando una especie de leve barro mezclado con el polvo y algo de sangre que se había acumulado en sus palmas. La puerta se abrió y Roberto se precipitó en el interior de su vehículo a la vez que lanzaba el pico en el asiento del copiloto, lugar que otrora ocupara su palo de escoba de madera. Se sentó, cerró la puerta con violencia y agarró el volante con ambas manos mientras sus ojos revisaban los dos retrovisores que quedaban en su coche. Sin novedad en el frente. Todo se mantenía en calma, ese tipo de calma que hace que bajes la guardia y acabes confiándote. Pero eso no le pasaría a Roberto, no esta vez. No más por hoy.
Desde dentro del vehículo, la chica que seguía retozando por el suelo sufriendo un acuciante “síndrome de la tortuga panza arriba” quedaba ahora fuera del campo de visión de Roberto. Algún espasmódico brazo lanzado al aire o alguna torpe y lenta patada eran la forma de decirle a Roberto que aun estaba ahí fuera. Pero Roberto no estaba muy por la labor en ese momento. Introdujo la llave de contacto, la giró, el motor de arranque rugió y mientras Roberto pensaba que en las películas el coche siempre se estropea en el momento menos oportuno, el motor se puso en marcha con toda la normalidad del mundo.
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